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martes, 13 de octubre de 2015

La memoria de nuestra Iglesia se moldea en caucho.

11/10/2015 - DIÓCESIS DE MÁLAGA
El sacerdote Miguel Vega Martín (Málaga, 1949), párroco de Santa Rosa de Lima y archivero de la Diócesis de Málaga, ha dedicado gran parte de su vida al estudio de los sellos de las parroquias. Es autor de un curioso y extenso estudio bajo el título: “Los sellos parroquiales de la Diócesis de Málaga”, en el que recorre la historia de la Diócesis a través de estas pequeñas improntas.
Las partidas de bautismo, las actas de matrimonio y otros documentos de la Iglesia Católica llevan una impronta en tinta, propia de cada parroquia que genera estos documentos. Sellos que se extendieron en la Diócesis de Málaga a partir del siglo XIX y que conocemos gracias al trabajo del archivero diocesano Miguel Vega.
El amor de Miguel Vega por la sigilografía, que consiste en el estudio de los sellos empleados para autorizar documentos, está muy relacionado con otra de sus pasiones, como él mismo explica: «El estudio de los sellos tiene relación también con la numismática que siempre me ha interesado. La sigilografía fue la materia más completa que encontré en el archivo diocesano e histórico para recuperar la memoria de la Diócesis. Y rescatar de algún modo la falta de datos tan enorme que supuso la pérdida de documentos durante la Guerra Civil. Por ello, hay muchas parroquias que carecen de documentación, pero de otras hemos podido recuperar una parte importante de su historia gracias a estas pequeñas marcas».
Aunque muchos puedan considerar los sellos como algo estático, estanco y carente de vida, nada más lejos de la realidad. Están vivos y van cambiando con el paso del tiempo. Incluso reflejan las tendencias   de la época a la que pertenecen, como es el caso de los años 60, con una estética esquemática y expresiva que se refleja a la perfección en el diseño de estos sellos, lo que se aprecia, por ejemplo, en la

parroquia del Espíritu Santo, tanto de Málaga capital como de Ronda.

El sello es fedatario, es decir, da fe y legaliza. Lo que sitúa a los párrocos como notarios de la vida de la parroquia, certificando los cambios en las vidas de muchas personas, cuando se bautizan, se casan... 
«Los símbolos utilizados son de lo más variopinto. Desde luego, el más utilizado es el de la cruz, identificador del cristianismo por excelencia. Pero también presenta curiosidades: la etapa de la Guerra Civil por ejemplo, supuso un vuelco en la evolución de los sellos de la Diócesis. Una de sus consecuencias más destacadas es la proliferación de la cruz como única representación no verbal de los sellos. En parte, debido a la destrucción o pérdida de muchos cuños. Cuando se recuperaron, la cruz fue uno de los iconos más utilizados por su sencillez. Que si bien se ha mantenido en el tiempo, otras parroquias han recuperado la iconografía de sus titulares», explica Vega.
«Otras veces estos cambios en la estética o iconografía responden a una moda, como fue el caso de san

Miguel matando al diablo, escena que se extendió en el siglo XIX por toda la geografía española. A veces encontramos sellos hechos por verdaderos artistas, como el sello de Periana, en la parroquia de San Isidro, diseñado por el pintor Francisco Hernández», concluye.

Tierra de María
La Diócesis de Málaga es una tierra muy mariana. Ya en su origen, la mayoría de las parroquias de la provincia estaban dedicadas a Santa María de la Encarnación, por la especial devoción que tenía la reina Isabel la Católica por el misterio de la Encarnación. Posteriormente, las parroquias fueron cambiando de nombre como podemos ver en Alfarnate, cuya parroquia estaba dedicada a la Purísima Concepción en 1863 y pasó a ser de Santa Ana en 1935. La azucena blanca, por ejemplo, que aparece en numerosas ocasiones es el símbolo de la pureza de la Virgen. 
Si buceamos en los archivos de la Diócesis no deja de ser curioso que, al contrario de lo que se pudiera pensar, los sellos más antiguos que se conservan no pertenecen a la capital, sino a los pueblos. El de Ntra. Sra. de la Encarnación en Alhaurín el Grande, datado el 10 de abril de 1851, es el sello más antiguo del que se tiene constancia. Los dos siguientes proceden de la parroquia de Santa Ana de Algarrobo y la de San Juan de Vélez-Málaga.
«El archivo diocesano también conserva los cuños en desuso» explica Miguel Vega, quien como buen apasionado de estas pequeñas improntas afirma que «a finales del siglo XX podemos ver cómo se llega a una simplificación de estas imágenes que raya lo poco aceptable, para unos iconos que habría que proteger, porque son la historia viva de nuestra Iglesia. Debemos ser conscientes de que hay que cuidar la estética de los sellos, para que conserven algunas de las características que los hacen sellos. Es descorazonador cuando pasan a ser un simple membrete que no representa ningún tipo de arte».

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