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martes, 11 de diciembre de 2012

Sucedió en Periana tal día como hoy hace 63 años. EL OBISPO DE MÁLAGA VISITÓ PERIANA.

SUCEDIÓ HACE 63 AÑOS

DOMINGO 11 DE DICIEMBRE DE 1949

EL OBISPO DE MÁLAGA VISITÓ PERIANA

    El Excmo. y Rvdmo.    Sr. Obispo de de la diócesis, doctor Ángel Herrera Oria, acompañado de su secretario particular, don José María Eguará, y del presidente de la Asociación de la Prensa de Málaga, don Juan Villar Ortega, visitó el pueblo de Periana, donde llegó a las cuatro y media de la tarde, siendo objeto de un cariñosísimo recibimiento.

Cuentan las crónicas que el Prelado fue recibido por el pueblo en masa, que le aplaudió calurosamente. Los niños de las escuelas nacionales, con sus maestros al frente, ocupaban largas filas a derecha e izquierda de la carretera.

A la entrada a Periana se levantaron arcos con expresivas dedicatorias.  Esta demostración de cariño se vio realzada por el lanzamiento cohetes, repique de campanas y engalanamiento de los balcones de las casas con vistosas colgaduras.

El Prelado, en la iglesia bendijo una preciosa imagen de la Virgen de Fátima que recibirá culto en la parroquia. A continuación tuvo lugar en el mismo templo la bendición de la bandera e imposición de insignias a las mujeres, jóvenes y aspirantes de Acción Católica, actuando de padrinos en esta ceremonia el alcalde de Periana, don Francisco Molina, y su distinguida esposa.

El Sr. Obispo visitó tres casas de otras tantas familias pobres de la localidad, a quienes hizo importantes donativos, y la escuela nacional aneja a la iglesia que dirige doña Adelaida Fernández.

    Finalmente el Prelado, acompañado del párroco y autoridades, fue obsequiado con un refrigerio en el domicilio del alcalde. Y a las ocho y media de la noche, el Obispo y acompañantes emprendieron el regreso a la capital, siendo despedidos con las mismas muestras de entusiasmo que a su llegada.
   

JOSÉ MANUEL FRÍAS RAYA

lunes, 9 de junio de 2014

El obispo de Málaga visitó el pasado sábado la iglesia de Periana durante el sacramento de confirmación.



















Fotos: NOELIA MUÑOZ Y JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ ORTÍZ.


El pasado día 7 de junio un total de 136 vecinos y vecinas de Periana, Mondrón, Los Marines y otras parroquias, recibieron el sacramento de la Confirmación en la Iglesia de San Isidro Labrador.
La ceremonia fue oficiada, a partir de las 20 horas, por nuestro obispo de Málaga, Rvdo. D. Jesús Catalá Ibáñez.



DiócesisBiografía

Biografía



Publicado: 11/04/2014: 2347

Mons. Jesús Catalá Ibáñez

Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez nació en Villamarchante, archidiócesis y provincia de Valencia (España) el 22 de diciembre de 1949.
Ingresó a los once años en el Seminario diocesano de Valencia, donde cursó el bachillerato elemental y superior (1961-1967) y los estudios eclesiásticos (1968-1974).
Fue ordenado diácono en 1973, ministerio que ejerció durante tres años.  Obtuvo la Diplomatura en Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca (1973) y la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer”de Valencia (1976).
Recibió la ordenación sacerdotal, el 3 de julio de 1976, siendo nombrado párroco de los pueblos de Rotglá y de la Granja de la Costera. Simultaneó este ministerio con el de profesor de Religión en un Instituto de Enseñanza Media y en el Seminario Menor, en Xátiva.
En 1978 fue destinado a la Delegación diocesana de Pastoral Vocacional, colaborando al mismo tiempo con el equipo de formadores del Seminario Diocesano y con la Delegación diocesana del Clero. Fue profesor de Religión en el Instituto de Enseñanza Media "Luis Vives" de Valencia.
Obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de Valencia (1981), donde colaboró en investigaciones publicadas por el Departamento de Historia de la Psicología. Participó en los Congresos Internacionales de Psicología celebrados en Alicante-España (1981) y en Munich-Alemania (1985).
En 1982 fue nombrado párroco de "San Carlos Borromeo" de Albal, colaborando simultáneamente con las Delegaciones diocesanas de Pastoral Vocacional y de Catequesis.
Enviado a Roma para ampliar estudios, residió en el Pontificio Colegio Español de San José y colaboró en la parroquia romana de “San Paolo della Croce". En la Pontificia Universidad Salesiana realizó los cursos de doctorado en Teología Pastoral y Catequética (1984-1986).
Participó como asistente de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos (Vaticano) en la Asamblea Extraordinaria de 1985, colaborando a tiempo parcial hasta 1986 y desde 1987 como Oficial de dicha Secretaría.
Desde entonces, y hasta su nombramiento episcopal, participó en todas las Asambleas sinodales: sobre los Laicos (1987); sobre la Formación sacerdotal (1990); para Europa (1991); para África (1994); sobre la Vida consagrada (1994); para el Líbano (1995). Ha publicado varias colaboraciones y artículos sobre temas sinodales y dado diversas conferencias sobre estos temas.
En 1996 obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, con una tesis sobre el análisis de revista “Concilium”. Ha acompañado al Santo Padre en tres viajes apostólicos a África: Costa de Marfil (1990), Angola (1992) y Uganda (1993).
El 25 de marzo fue nombrado obispo titular de Urusi y auxiliar del Arzobispo de Valencia, siendo ordenado el 11 de mayo de 1996 en la catedral de Valencia (España).
El 27 de abril de 1999 fue nombrado Obispo de Alcalá de Henares.
En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión episcopal de Relaciones Interconfesionales (1996-1999), de la de Seminarios y Universidades (1999-2002), de la Doctrina de la Fe (2002-2005) y de la de Enseñanza y Catequesis (1996-2005).
Ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral (2005-2011). Desde 2011 es Presidente de la Comisión Episcopal para el Clero. Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española desde 2005.
El 10 de octubre de 2008 es nombrado Obispo de Málaga, tomando posesión el 13 de diciembre de ese año.
El 2 de marzo de 2011 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal del Clero y miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española.
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DiócesisBiografía

Biografía



Publicado: 11/04/2014: 2347

Mons. Jesús Catalá Ibáñez

Mons. Jesús Esteban Catalá Ibáñez nació en Villamarchante, archidiócesis y provincia de Valencia (España) el 22 de diciembre de 1949.
Ingresó a los once años en el Seminario diocesano de Valencia, donde cursó el bachillerato elemental y superior (1961-1967) y los estudios eclesiásticos (1968-1974).
Fue ordenado diácono en 1973, ministerio que ejerció durante tres años.  Obtuvo la Diplomatura en Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca (1973) y la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer”de Valencia (1976).
Recibió la ordenación sacerdotal, el 3 de julio de 1976, siendo nombrado párroco de los pueblos de Rotglá y de la Granja de la Costera. Simultaneó este ministerio con el de profesor de Religión en un Instituto de Enseñanza Media y en el Seminario Menor, en Xátiva.
En 1978 fue destinado a la Delegación diocesana de Pastoral Vocacional, colaborando al mismo tiempo con el equipo de formadores del Seminario Diocesano y con la Delegación diocesana del Clero. Fue profesor de Religión en el Instituto de Enseñanza Media "Luis Vives" de Valencia.
Obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de Valencia (1981), donde colaboró en investigaciones publicadas por el Departamento de Historia de la Psicología. Participó en los Congresos Internacionales de Psicología celebrados en Alicante-España (1981) y en Munich-Alemania (1985).
En 1982 fue nombrado párroco de "San Carlos Borromeo" de Albal, colaborando simultáneamente con las Delegaciones diocesanas de Pastoral Vocacional y de Catequesis.
Enviado a Roma para ampliar estudios, residió en el Pontificio Colegio Español de San José y colaboró en la parroquia romana de “San Paolo della Croce". En la Pontificia Universidad Salesiana realizó los cursos de doctorado en Teología Pastoral y Catequética (1984-1986).
Participó como asistente de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos (Vaticano) en la Asamblea Extraordinaria de 1985, colaborando a tiempo parcial hasta 1986 y desde 1987 como Oficial de dicha Secretaría.
Desde entonces, y hasta su nombramiento episcopal, participó en todas las Asambleas sinodales: sobre los Laicos (1987); sobre la Formación sacerdotal (1990); para Europa (1991); para África (1994); sobre la Vida consagrada (1994); para el Líbano (1995). Ha publicado varias colaboraciones y artículos sobre temas sinodales y dado diversas conferencias sobre estos temas.
En 1996 obtuvo el Doctorado en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, con una tesis sobre el análisis de revista “Concilium”. Ha acompañado al Santo Padre en tres viajes apostólicos a África: Costa de Marfil (1990), Angola (1992) y Uganda (1993).
El 25 de marzo fue nombrado obispo titular de Urusi y auxiliar del Arzobispo de Valencia, siendo ordenado el 11 de mayo de 1996 en la catedral de Valencia (España).
El 27 de abril de 1999 fue nombrado Obispo de Alcalá de Henares.
En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión episcopal de Relaciones Interconfesionales (1996-1999), de la de Seminarios y Universidades (1999-2002), de la Doctrina de la Fe (2002-2005) y de la de Enseñanza y Catequesis (1996-2005).
Ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral (2005-2011). Desde 2011 es Presidente de la Comisión Episcopal para el Clero. Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española desde 2005.
El 10 de octubre de 2008 es nombrado Obispo de Málaga, tomando posesión el 13 de diciembre de ese año.
El 2 de marzo de 2011 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal del Clero y miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española.
Secretaría particular
D. Daniel Guerrero García
secretario-obispo@diocesismalaga.es
Tel.: 952 607 715
Fax: 952 220 686
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jueves, 21 de junio de 2012

Terremoto de Periana de 1884 por Francisco Santos Arrabal.


Foto del terremoto de Periana en una de las calles más afectadas, los vecinos se movilizaron con sus animales de carga para retirar los escombros e iniciar la reconstrucción de gran parte del pueblo.

EL TERREMOTO DE 1884
 
Eran las fiestas de Navidad del año 1884. El día 25 de Diciembre, cuando faltaban diez minutos para las nueve de la noche, el suelo explotó en Periana y los perianenses, desquiciados por el impresionante estruendo y por el enorme temblor de tierra, se tiraron a la calle y andaban sonámbulos de un lado para otro sin atinar en donde refugiarse, esquivando ser tragados por las grietas que se abrían en las calles y eludiendo ser enterrados vivos por los muros de las casas que se desplomaban.
La hora indicada es la dada por algunos autores. No obstante, un equipo de geógrafos dice:

Uno de los grandes sismos que asolaron España en el pasado fue el llamado “Terremoto de Andalucía”, ocurrido aproximadamente a las 21:08 horas, referidas al meridiano de Greenwich, del día 25 de diciembre de 1884.

El terremoto tuvo dos réplicas en las horas siguientes; lo que terminó de enloquecer a aquella pobre gente. Corrían, corrían y no sabían a donde. Tanto corrían que muchos llegaron corriendo a Riogordo y a Colmenar. Esto es lo que dice el señor alcalde de la villa, Don José Zorrilla Toledo, en el informe que envía al Excmo. Sr. Gobernador Civil de Málaga.

La mayor parte de estos vecinos habían abandonado sus domicilios, refugiándose en los inmediatos pueblos de Colmenar y Riogordo.

No pudieron huir a los pueblos limítrofes de Alfarnate y Zafarraya porque los caminos que unían éstos con Periana habían quedado cortados. La parte de la sierra fue una de las más afectadas a causa de los grandes hundimientos y desprendimientos de tierra y rocas. Sobresalen los ocurridos en las sierras de Enmedio y de Marchamona, junto con el cerro del Encinar. En un estudio del Instituto Geográfico Nacional se dice:

Cabe destacar el hundimiento de más de dos metros de profundidad que afectó a una franja de casi cuatro kilómetros de longitud por 10 a 35 metros de anchura y que discurría desde el puerto del Sol hasta una zona situada un kilómetro al norte del cortijo de El Batán, pasando por los cortijos de Guaro, Zapata, El Batán y La Cueva. Este hundimiento provocó la destrucción completa de la aldea de Guaro y la aparición en el cortijo de El Batán de una grieta de más de metro y medio de anchura; en cambio, el cortijo de Zapata permaneció intacto, pese a su proximidad al hundimiento
.

Para hacernos una idea de lo que fue el terremoto en esta zona de Periana copiamos de un suplemento del diario Sur publicado en el centenario de los hechos:

El cortijo de Guaro, situado entre el Boquete de Zafarraya y Periana, quedó sepultado, intacto, varios metros. A las personas que lo habitaban les dio tiempo de salir y ponerse a salvo. Al ser excavado el terreno, pudo comprobarse que la cortijada había quedado íntegra, sólo que unos metros más abajo de su emplazamiento.

Por el contrario, la fuente y una era, donde las mozas y mozos de Guaro bailaban los típicos verdiales navideños, fueron tragadas por la tierra y se convirtieron en una laguna de 1.800 metros cuadrados. Sólo bastaron unos segundos para que la paz y la dicha de un pueblo que disfrutaba de sus fiestas de Navidad se convirtieran en tragedia y desolación. Con la era no sólo desaparecieron los vestigios de la antigua alquería mora de Guaro, sino, lo que es más triste, murieron siete de sus habitantes.
Otras veces estos movimientos produjeron enormes grietas en el terreno, como la de Marchamona o la que salía de las afueras del casco urbano y terminaba en lo alto del Puerto del Sol, en el límite con Alfarnate.
También fueron numerosos los arrastres de tierras, arrastres que trasladaron los árboles de algunas fincas a las de los vecinos.
Al día siguiente, ya con la claridad del amanecer, pudieron empezar a hacer recuento de los destrozos que se habían producido. El resultado no pudo ser más desalentador: contaron cuarenta muertos y dieciocho heridos graves y trescientas siete casas hundidas, según el informe del gobernador civil; el informe del ingeniero D. Domingo de Orueta, que acompañó al Rey en su visita a Periana, fue mucho más aterrador: eleva los muertos a cincuenta y ocho y los heridos a ciento sesenta y tres. Esta diferencia de cifras tiene una explicación bien sencilla: el informe del gobernador se confeccionó en los primeros días, el del Sr. Orueta se hizo tres semanas después de ocurrido el terremoto y, por tanto, con más tiempo, no sólo para perfeccionar el recuento, sino también para que bastantes de los heridos pasasen a engrosar la lista de los fallecidos. Pasados los días supieron los perianenses que habían logrado el palmarés de la desgracia en la provincia de Málaga. En los otros pueblos malagueños de la comarca que tuvieron muertos -Vélez, Alcaucín y Canillas de Aceituno - pudieron anotarlos con un número de un solo dígito. En un censo de 4.060 habitantes, que son los que tenia Periana aquel año, cincuenta y ocho muertos son muchos muertos; no quedaría familia sin tener a quien llorar.
A la pena de verse sin los suyos hay que añadir la ruina económica de encontrarse de la noche a la mañana sin casa donde refugiarse: de las 506 viviendas que formaban el núcleo urbano de la villa y de las 191 diseminadas por sus campos fueron destruidas totalmente según el informe ya citado, 158 y sufrieron graves daños otras 146. Es decir, casi la mitad del pueblo quedó inhabitable. También fueron convertidos en escombros la iglesia, el ayuntamiento y el cuartel de la guardia civil, edificios que se encontraban en la plaza de la Constitución.
En toda la zona de influencia del sismo se produjeron unas 800 víctimas mortales y 1.500 heridos. Las casas destruidas fueron 4.400 y las dañadas unas 13.000.
La falta de ayuda inmediata, debida principalmente a la carencia de vías de comunicación, provocó la muerte evitable de muchas personas, que tuvieron que hacer frente a todo sin vivienda, sin ropa, sin comida y sin medicinas. Lo único que contuvo la escalada de muertes fue la entrega generosa de los pocos que quedaron indemnes y de los pueblos vecinos, que acogieron a familiares y conocidos.
La autoridades municipales de Periana parece que habían quedado zombis: hasta el día 28 no empezaron a reaccionar. Este día el Ayuntamiento celebró un pleno en el que se acordó

la conveniencia de que se nombrara una comisión de la corporación que pasase a la capital y exponer verbalmente al Gobierno la aflictiva situación de estos vecinos, con el fin de que implorasen del Gobierno remitiese algunos auxilios para atender siquiera a las primeras necesidades, así como proveyese de albergue a muchos que carecen de él, pasando la vida a la intemperie y sufriendo las inclemencias del tiempo.

Cuando hablamos de pasar la vida a la intemperie hablamos de finales del mes de Diciembre y de un pueblo donde, a continuación del terremoto, se produjo la nevada mayor conocida en la historia de aquella zona.
No sólo la gente pobre carecía de lugar donde refugiarse; tampoco lo tenían los insignes miembros de la corporación municipal. En el acta de cabildo del día 28 se lee:

..... reunidos los Sres. del Ayuntamiento de la misma que se anotan al margen, en sesión ordinaria y en el sitio de la plaza, por no poder celebrar sesión en la casa capitular por hallarse derrumbadas en parte y en estado ruinoso las demás habitaciones que la componen

Hasta el día 29 de diciembre no se tuvo noticias de la catástrofe a nivel nacional. Fue Don Luís Seco de Lucena, director del periódico granadino El Defensor de Granada el que se dirigió a la nación, informándole de la desgracia y solicitando ayuda con la mayor urgencia. En Madrid no se lo creen; interpretan el clamor desesperado del vocero de los pueblos granadinos y malagueños como una exageración andaluza. Hasta el día 8, en que los corresponsales de distintos medios nacionales confirmaban las noticias de su colega de Granada, no empezaron a tener conciencia clara de lo ocurrido.
La reacción de las autoridades locales a que hemos aludido no debió ser muy grande, porque de otra forma no se explica que en el siguiente pleno del Ayuntamiento, que se celebró el día 4 de Enero, también en la plaza, a la intemperie, no se tratase más asunto que el siguiente:

El Sr. Presidente dio cuenta a la corporación de que por el guarda de campo José Aranda García le había sido presentada la dimisión de dicho destino ... y el Sr. Presidente dio por terminada la sesión, firmando los Sres. que saben de los concurrentes.

Como curiosidad diremos que firmó el señor alcalde y siete concejales de los ocho que asistieron; no supo firmar el edil Don José Molina.
El día 11 de Enero el Gobernador Civil de la provincia responde a la comisión municipal que le visitó enviando un delegado, Don Francisco de Palma Romero,

para instruir expediente sumarísimo en que se haga constar todos los daños sufridos a consecuencia de los recientes terremotos.

Seis días después, el 17, el alcalde ordena se publique "la noticia de que en el dia de mañana, y a las diez de ella, vendrá S. M. el Rey a visitar este pueblo". Alfonso XII, a pesar de que ya tenía en estado avanzado la enfermedad que le llevó a la muerte, decidió compartir la desgracia con los granadinos y malagueños. Quizás esta valiente decisión adelantó el final de su vida: fue un viaje muy duro, con unas condiciones climatológicas extremas y con unos caminos que muchas veces hasta le impedían el uso de cualquier clase de vehículo.
Vamos a detenernos un poco recordando algunos hechos y anécdotas de esta visita. Para ello tomamos los datos facilitados por un testigo presencial, por un miembro de la comitiva real. Se trata de D. Narciso Díaz de Escobar, que acompañaba al rey en su función de corresponsal del Diario Mercantil. Hay en su archivo un manuscrito de doce cuartillas, que parecen el borrador de un artículo periodístico, en el que nos detalla pormenorizadamente lo más destacado de aquel viaje. Lo titula “El Rey Alfonso XII en Periana”. Dedica su trabajo a D. Enrique Casamayor, pero parece ser que cambió de opinión; tacha este nombre y escribe el de D. José María Villasclaras. Nos dice que

... el 16 de Enero llegó a Málaga, donde sólo permaneció un día, pasando después a Torre del Mar. En el Ingenio de los Sres. Larios prepararon éstos, con esplendor notable, pabellón para S. M., los Ministros y demás personas que acompañaban al Rey.

Relaciona a continuación las principales personalidades del séquito y los corresponsales de prensa que cubrían el viaje. Son los siguientes:

Personalidades: El Conde de Sepúlveda, el Ministro de la Guerra General Quesada, el de la Gobernación Sr. Romero Robledo, el Dr. D. Laureano García Camisón, médico de D. Alfonso, el General Blanco, el Brigadier Correa, el Diputado a. Cortes Sr. Alarcón Luján, el Senador Marqués de Iznate, el Gobernador Civil D. Salvador Solier, los Diputados Provinciales Sres. Sell y Guzmán, Mérida Díaz, Guerrero Pérez y López Palacios, el Jefe de la Guardia Civil de la Provincia, los Ingenieros Sres. Vasconi y Pérez, el Oficial 1º del Gobierno D. Eugenio Carreras y los Sres. D. Tomás Heredia, D. Juan Blasco, el sabio D. Domingo Orueta y el pintor eminente Moreno Carbonero.

Periodistas: Mr. Thompson, del The Times; Mr. Gautier, de La France; Mr. Vidal, de Gil Blas; Vizconde de Cleverie, de Le Figaro; el simpático Quijana, de El Imparcial; Romero Molina, de La Correspondencia de España; Cárdenas, de La Época; Miralles, de El Correo; el dibujante Camilo, de La Ilustración Española y Americana; Díaz de Escobar (J), de La Gaceta Universal; Eloy Rojas Relosillas, de El Correo de Andalucía; el joven Cobos, de La Lealtad de Granada y Narciso Díaz de Escobar, de Diario Mercantil.
El día 18, a las cinco de la mañana, cuando aún no habían descansado del duro viaje del día anterior, las cornetas de la Guardia Civil tocan a diana. Después de un chocolate caliente servido en el comedor y de una misa de campaña celebrada por el párroco de Torre del Mar, Don Enrique Gutiérrez, a las claras del día, la comitiva emprende la marcha por la carretera de Torre del Mar a Vélez-Málaga. El rey se había acomodado en el landó del marqués de Iznate, acompañado por los señores Quesada, Romero Robledo y Dr. Camisón; en el asiento del pescante iba el Sr. Viana-Cárdenas. Los demás miembros de la comitiva se repartieron entre los carruajes, ómnibus y familiares, puestos a su disposición.
Al llegar a Vélez ya recibieron el primer impacto desagradable de los desastres del terremoto:

El Paseo Viejo presentaba doloroso aspecto. Los vecinos de Vélez, centenares de personas, se confundían bajo una especial barraca mal concluida y cubierta por lienzos. Hasta un convento de monjas se había trasladado allí, con su abadesa y todo.
En algunas barracas había hosterías, tiendas de ultramarinos, panaderías y hasta una taberna, situada frente a ruinas de casas destruidas por el terremoto, la cual ostentaba sobre su puerta un letrero que decía Bellavista. ¡Terrible sarcasmo ante aquel cuadro de desolación!.

Pasan Vélez y llegan al bar Rubite, término de la primera etapa. Suponemos que el nombre de esta venta se debe al hecho de encontrarse junto al puente del río Rubite. La segunda etapa ha de hacerse por malos caminos y a caballo.

Don Alfonso montó un animal de hermosa estampa, propio, si mal no recordamos, del Diputado por Archidona D. Miguel Sánchez-Lafuente. Había algunos otros caballos de particulares y el resto pertenecía al cuerpo de carabineros.

Al poco de salir empezaron los incidentes: “El anciano Conde de Sepúlveda fue arrojado por el caballo”. La misma suerte corrieron el ingeniero francés Vizconde de Cleverie y el periodista Romero Molina. Éstos se quedaron sin conocer Periana: volvieron al campamento acompñados por el Gobernador Civil.
Hacia el mediodía llegan a Periana. Cedemos la palabra al Sr. Díaz de Escobar para que nos describa de primera mano la situación de la Puebla a los veinticuatro días del terremoto:

... un cuarto de hora después entrábamos en sus calles, que eran calles de ruinas. Aquellos harapientos vecinos mezclaban a sus aclamaciones el lamento y la petición. Vivían a la intemperie, sin socorro alguno. La iglesia estaba destruida y su campanario en el suelo. De algunas fincas no quedaba en pie ni una sola pared. Los muertos habían sido muchos y sus deudos, llorando amargamente, se arrodillaban ante D. Alfonso, que los atendía con cariño, socorriéndolos con esplendidez.
En improvisado hospital existían cuarenta y dos enfermos graves, pues los menos graves no habían podido tener ingreso. El Rey mandó se trasladaran aquella tarde a la tienda levantada por la Diputación Provincial para verificar el almuerzo.
Don Alfonso habló, uno por uno, con todos los heridos y les iba entregando 75 pesetas. Además llamó al cura y al alcalde y les entregó importantes donativos.
Una mujer refirió al Rey los esfuerzos y heroicidades que en la fatal noche del 25 de Diciembre realizó el alférez de la Guardia Civil D. Manuel Martínez Reina. Le invitó el Rey a que se acercara y, al felicitarle, le otorgó el empleo de teniente de ejército. Este modesto oficial se expresó quitando mérito a sus actos y elogiando al capitán D. Eduardo Marín y a los guardias a sus órdenes. Los vecinos que le oyeron repitieron que el capitán y todos los guardias se portaron admirablemente, pero que el verdadero héroe fue el alférez Martínez Reina.
Entró el Rey a la tienda destinada al almuerzo, probó algunos manjares y, cuando aún varias de las personas de la comitiva no habían llegado a sentarse, el Monarca reparó en los grupos de mujeres y niños que con cara de hambre se acercaban a las verjas azules y blancas de la tienda, envidiando a los que iban a almorzar, con ojos llenos de codicia. D. Alfonso se puso en pie [falta una línea en el manuscrito] con acento, al parecer conmovido, exclamó:
“No es justo, señores, que nosotros almorcemos tan opíparamente mientras algunos de esos infelices acaso no tengan pan que llevarse a la boca”.
Y, sin vacilaciones, dio orden para que todo el almuerzo se distribuyera a los pobres. ¡Cuántos vivas, cuánta alegría, cuántas bendiciones respondieron a este acto generoso!
La mayor parte de los expedicionarios se quedaron con un hambre terrible, pero todos, absolutamente todos, elogiaron el rasgo de caridad del Monarca.
El regreso no ofreció accidente alguno. Al llegar a el campamento varias personas esperaban al Rey para hacerle peticiones. Todos fueron atendidos.
Entre ellas llamaba la atención una hermosa joven con hábito de carmelita. Contó al Rey que años pasados iba a profesar en el convento del Carmen de Vélez, teniendo por dote una viña, pero la filoxera le destruyó ésta por completo. Entonces una persona le cedió una casa para que sobre ella radicase el expresado dote, mas la triste noche de Navidad la casa se trocó en montón de ruinas. La joven, que no tenía familia alguna, lloraba desconsoladamente y el Rey la consoló ofreciéndole auxilios para levantar la finca destruida.

Así termina el escrito de Don Narciso. Creemos que es suficiente para conocer la visita del rey a Periana y hacernos una idea más acertada de las consecuencias de aquel inolvidable terremoto.
El viaje del rey a los pueblos afectados mereció del corresponsal del diario The Times el siguiente colofón a su crónica:

Ningún espléndido festival habría impresionado tan profundamente el corazón del pueblo como la voluntaria asociación del monarca a sus tribulaciones. Su nombre ha sido consagrado en el devastado cuadrilátero de Granada, Málaga, Antequera y Motril,

Ni siquiera esta visita sirvió de acicate para despertar a las autoridades municipales. Veamos el comentario que mereció en el pleno celebrado aquel mismo día, dos horas después de la marcha de Alfonso XII:

El Sr. Presidente hizo presente la inmensa satisfacción que había tenido del recibimiento que por la corporación y todo el vecindario se había hecho a S. M. el Rey en su visita a este pueblo, quedando todos los habitantes muy complacidos de los favores que el Monarca ha dispensado a este afligido pueblo. Acto seguido el Sr. Presidente dio cuenta a la corporación de una instancia presentada por los rematantes del arbitrio municipal de pesas y medidas.

La visita del rey mereció siete líneas del acta de la sesión; la solicitud de Bernardo Morales García y Eusebio Larrubia Raya, sesenta.
Llevamos casi un mes y las autoridades del pueblo no responden a tanta desgracia. Parece como si, a consecuencia de la misma, hubiesen perdido el sentido de la realidad.. Veamos otra muestra: el pleno siguiente del Ayuntamiento se celebró el día 25 de Enero. El único asunto a tratar que tenían fue la dimisión del escribiente temporero Don José Portillo Cruz y la designación de un sustituto.
Se nombra, con el mismo carácter del que ha cesado en este día, a Don Salvador Mata Téllez, quien reúne las condiciones de idoneidad que dicho destino requiere, con el sueldo diario de dos pesetas cincuenta céntimos.
Aunque las autoridades municipales de Periana no reaccionan debidamente ante la catástrofe, no por eso dejan de ser seres vivos y sentir frío en los plenos celebrados en la plaza. Por eso, el alcalde, D. José Zorrilla Toledo, el día 1 de Febrero, propone a sus concejales solucionar el problema de la manera siguiente:

En la villa de Periana, a primero de Febrero de mil ochocientos ochenta y cinco, reunidos en la Plaza de la Constitución los Sres. del Ayuntamiento cuyos nombres figuran al margen, en sesión ordinaria, bajo la presidencia del Sr. Alcalde D. José Zorrilla Toledo, el que declaró abierta la sesión, dando principio con lectura del acta anterior, la que quedó aprobada. El Sr. Presidente expresó a la corporación la imperiosa necesidad de que se hiciese un barracón de madera con destino a Salón Capitular y Secretaría de este Ayuntamiento, con condiciones de capacidad y buena construcción, para colocar en él la oficina y el archivo municipal, que se encuentra en muy mal estado por haber tenido que sacar de entre los escombros muchos de los documentos que lo constituían. El Concejal D. Rafael Núñez Barroso hizo presente que, teniendo un corral en su misma casa de bastante extensión, lo ponía a disposición de la corporación para que, si acordaba construir el barracón, que él consideraba muy necesario, lo utilizase con dicho fin, hasta tanto se pudiese reconstruir la casa capitular. Informados los Sres. concurrentes y vista la imperiosa necesidad de lo expuesto por el Sr. Presidente, acordaron por unanimidad de votos aprobar el pensamiento y que, sin dejar transcurrir más tiempo, se proceda sin dilación a la construcción del referido barracón
Vamos a confeccionar un pequeño índice con los asuntos tratados en las sesiones de la corporación municipal hasta la finalización de primer trimestre. Al terminar de leerlo sólo podremos sacar una conclusión: el alcalde y concejales de Periana en estas fechas o eran unos incompetentes o eran unos indeseables.
Sesión del día 8 de febrero.- El asunto único del día fue la solicitud y concesión de un permiso al secretario “con el propósito de transportar a su familia a Extremadura, por carecer de habitación en este pueblo”.
Sesión del día 15 de febrero.- Asunto único también: ”El Sr. Presidente manifestó a la corporación el abandono en que se encontraban los campos por no poder atender a la guardería rural los dos guardas que están nombrados”.
Sesión del día 22 de febrero.- Asunto único: “acto seguido el Sr. Presidente dio cuenta a la corporación que el Secretario D. Emilio de San Martín había vuelto de su viaje”.
Sesión del día 1 de marzo.- Continúan los asuntos únicos: “el Sr. cura Párroco de esta villa había acudido a la Alcaldía con el propósito de que se le facilitara un local a propósito para poder celebrar misa y tener conservadas las efigies, que aún se encuentran en varias casas particulares, por haberse derrumbado la única iglesia que existe en este pueblo”.
Sesión del día 8 de marzo.- En este día ya se trató algo relacionado con la desgracia que sufría el pueblo, pero no fue por iniciativa de los representantes de los vecinos de Periana; fue la lectura de una orden del Gobernador Civil en la que les da un plazo de diez día para que le remitan un informe detallado “de los perjuicios que los vecinos de ésta han sufrido por consecuencia de los terremotos”.
Sesión del día 22 de marzo.- Por lo visto, el secretario no se encuentra a gusto sin su familia y solicita un mes de permiso “para trasladarse a Extremadura a restablecerse de su quebrantada salud”.
Sesión del día 29 de marzo.- También para comunicar una orden superior; esta vez una circular del Boletín Oficial nº 42 “por la que se ordena la renovación total de la Junta Pericial para el Reparto de la Contribución Territorial”, cosa que se contradice con los beneficios fiscales concedidos por el Gobierno y que más adelante comentaremos.
Éstos fueron los resultados:

Peritos que cesan: Manuel Martín Larrubia, Manuel Porras Arrebola, Francisco Nacle Muñoz, Manuel Carrera Caro, Manuel Barroso Frías, José Silva Gutiérrez, Miguel Díaz Morales, Juan Bolaños Moreno y José Zorrilla Cañizares.

Peritos elegidos por el Ayuntamiento, indicando la contribución en pesetas que paga cada uno:
Manuel Núñez García (783), José Jiménez Ocón (286), José Rodríguez Reina (175), Antonio Godoy Mayorga (131) y Salvador Frías Fernández (98).

Propuestas en ternas para la Admón.:
Terna 1ª.- Celedonio Alba Pascual (478), Diego Chica Fernández (466) y Diego Jaime Moreno (270).
Terna 2ª.- José Zorrilla Núñez (123), Salvador Lagos Zapata (124) y Antonio Muñoz Frías (123).
Terna 3ª.- Antonio Zorrilla Toledo (105), José Mostazo Chica (117) y Antonio Báez Morales (70).
Terna 4ª.- Julián Jaime Moreno (69), Eduardo Frías Larrubia (45) y Francisco Lagos Muñoz (36).
Terna 5ª.- Manuel Chica Ruiz (63). Los otros dos nombres no se pueden leer en el documento.
Terna 6ª.- Alonso Larrubia Sánchez (117), Alonso Larrubia Conejo (39) y Vicente Vázquez González (9).

Menos mal que el Gobierno de la nación fue más sensible que el de Periana y el día 2 de enero de 1885 publica un Real Decreto, que quedó reforzado con las leyes de 7 de enero y 14 de junio del mismo año.
Veamos algunas de las medidas tomadas:

- Real Decreto del día 2 de enero de 1885 por el que se ordena la creación de juntas provinciales de auxilios.
- En la misma fecha se otorgan otros beneficios a los pueblos de Granada y Málaga, como suspender la cobranza de los impuestos,
- Remitir a las Diputaciones respectivas 90.000 pesetas.
- El día 7 del mismo mes se nombró una comisión encargada de estudiar los movimientos subterráneos.

También se acordaron de tantas víctimas los literatos y pintores de España y Portugal. Para colaborar en la colecta publicaron un folleto de treinta y una páginas con maravillosas obras.
Tampoco fueron insensibles a tamaña desgracia los países extranjeros. Todo el mundo reaccionó de forma diferente a la de las autoridades perianenses: cuando se conoció la noticia empezaron a enviar ayudas económicas y materiales desde todos los continentes.
A repartir entre los pueblos afectados de Granada y Málaga se recibieron unos seis millones y medio de pesetas, de los que casi la mitad eran del extranjero. Las provincias españolas aportaron 3.449.191,30 pesetas y los diferentes países extranjeros aportaron 3.006.794,46 pesetas. Lo que nos da un total de 6.455.985,85 pesetas.
Adjuntamos sendas relaciones detalladas, por provincias, de los donativos recibidos desde España y, por países, de los recibidos desde el extranjero.
También presentamos un mapa en el que se señalan los diferentes pueblos y ciudades que recibieron subvenciones.
Para administrar estos fondos se nombró una Comisaría Regia en Abril de 1885, de la que fue nombrado comisario Don Fermín de Lasala y Collado, duque de Mandas. Se disolvió la misma en Diciembre del año 1887, una vez cumplido su cometido. De los treinta y un pueblos de la provincia de Málaga que recibieron ayuda Periana, por desgracia, aparece en cabeza.
De la reconstrucción de Periana se encargó directamente la Comisaría Regia, que construyó de nueva planta veintiuna viviendas en el Carrascal; en La Lomilleja se construyó un nuevo barrio, con cincuenta viviendas, dos escuelas y una iglesia. Las viviendas fueron entregadas en Junio de 1887. La construcción de la Iglesia y de las escuelas, cuyo proyecto se debe al arquitecto madrileño Don Eduardo de Adaro, se demoró algo más. Precisamente, al mes siguiente, el día 8 de Julio, se firma en la notaría de Don Miguel Molina y Terán, de Málaga, una escritura de constitución de sociedad entre Don Salvador Herrero y Puente y don Joaquín de Toro Martín, ambos vecinos de Málaga. El único fin de esta sociedad es “ejecutar las obras de nueva construcción de los edificios referidos que han de ser destinados a Iglesia Parroquial y a Escuelas en la Villa de Periana”. La compañía durará el periodo de tiempo que se invierta en la realización en las antedichas obras; en cuya sociedad el Don Salvador Herrero sólo ostentará el carácter de socio industrial y el Don Joaquín de Toro Martín el de socio capitalista, fijando como domicilio esta ciudad de Málaga.

La cláusula 3ª del contrato estipula que

El Don Joaquín de Toro vendrá obligado a ir facilitando, como tal socio capitalista, las cantidades que periódicamente se vayan necesitando para la ejecución y marcha de las referidas obras.

La cláusula 4ª habla del reparto de beneficios: al socio industrial le corresponde una tercera parte de los mismos y al socio capitalista dos terceras partes. Éste asume todas las pérdidas si las hubiese.
Las cláusulas 5ª y 6ª tratan de la administración del dinero: el Sr. Herrero tiene la obligación de justificar el uso de las cantidades recibidas del Sr. de Toro. También es obligación del Sr Herrero poner

a disposición del Don Joaquín de Toro todas cuantas cantidades que, por certificaciones de obra ejecutada, le sean entregadas por la Comisaría Regia.

Antes de este contrato el Sr. de Toro ya había entregado al Sr. Herrero el importe necesario para cubrir los obligados depósitos de garantía. Ascendía el de la iglesia a 3.200 ptas. y el de las escuelas a 1.000 ptas..
Una vez terminada la obra de la iglesia se colocó en el vestíbulo de la misma una lápida de mármol en la que se puede leer:



A LAS NUEVE DE LA NOCHE DEL DÍA DE LA
NATIVIDAD DE N. S. J., AÑO DE 1884, COMENZÓ
A ESTREMECERSE LA TIERRA DE GRANADA Y
MÁLAGA, EN ZONA DE 200 KILÓMETROS DE
LONGITUD Y 70 DE ANCHURA, CON SUS POBLACIONES.
ARRUINÁRONSE ALGUNAS. EN CASI TODAS
ELLAS SE DESPLOMARON EDIFICIOS, MURIERON
745 PERSONAS, 1263 PADECIERON DAÑO CORPORAL.
NADIE QUEDÓ LIBRE DE AMARGURA Y ESPANTO.
VINO AQUÍ PRESUROSO EL CARITATIVO Y ALENTADO
REY D. ALFONSO XII CUANDO EL AZOTE
DURABA TODAVÍA, CUANDO LA VENTISCA Y LA
NIEVE CERRABAN EL PASO AL CAMINANTE.
ENJUGÓ LÁGRIMAS, SOCORRIÓ AL POBRE,
FORTALECIÓ LOS ÁNIMOS. LLAMANDO EN SU
AYUDA A LA CARIDAD UNIVERSAL. PARA
REMEDIAR AQUELLA DESDICHA HABÍA INICIADO
YA UNA SUSCRIPCIÓN QUE EN LOS DOMINIOS
ESPAÑOLES PRODUJO 3.440.734 PESETAS
Y EN OTROS NOBLES PAÍSES 3.006.363.
MERCED A TAN EFICAZ AUXILIO 14.000 CASAS
FUERON CONSTRUIDAS O REPARADAS
PRONTAMENTE Y EN EL NUEVO BARRIO DEL
PUEBLO DE PERIANA SE ALZÓ ESTA
YGLESIA PARROQUIAL.
ORAD POR EL EXCELSO PRÍNCIPE QUE VIVIÓ
HACIENDO BIEN Y CUYA PREMATURA MUERTE
LLENÓ DE TRIBULACIÓN A ESPAÑA.

También el obispo de la diócesis colaboró construyendo un grupo de viviendas en la Quinta. El día 9 de Abril de 1886, “el Exmo. e Iltmo. Sr. Doctor Don Manuel Gómez de Salazar y Lucio Villegas, Misionero Apostólico, Caballero de la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, del Consejo de Su Majestad y Obispo de esta Diócesis”, ante el notario de Málaga Don Enrique Ruiz de la Herrán, da poderes al cura de Periana, Don José Giménez Gamberos, para que compre a Don Manuel Núñez García una haza en el partido de la Quinta, que linda “por el Norte y Poniente con el Camino del Cortijo de las Cañadas, por Levante con casas de la expresada `población y por Sur con tierras de Don Antonio Bueno”. El precio pactado fue de 1.625 pesetas.
El pueblo se lo agradeció colocando en la plaza del barrio una lápida con una inscripción recordatoria.


MDCCCLXXXVI

DESTRUIDA CASI TOTALMENTE ESTA POBLACIÓN
POR EL TERRIBLE TERREMOTO DE LA NOCHE DEL
25 DE DICIEMBRE DE 1884, EL EXCMO. E ILTMO. Sr.
Dr. D. MANUEL GÓMEZ-SALAZAR Y LUCIO-VILLEGAS,
DIGNÍSIMO OBISPO DE LA DIÓCESIS, CONSTRUYÓ
ESTAS CASAS QUE DONÓ A LAS VÍCTIMAS DE AQUELLA
CATÁSTROFE, EMPLEANDO AL EFECTO CUANTO POSEÍA
Y LAS LIMOSNAS QUE POR SU CARIDAD Y CELO
APOSTÓLICO OBTUVO DE TODOS LOS PAÍSES CATÓLICOS

Sarcasmo de la vida: El día 14, once días antes del terremoto, el libro de actas del Ayuntamiento de Periana reseña la de la sesión celebrada ese día. Fue presidida por D. José Zorrilla y acudieron los concejales D. Diego Morales, D. Juan Morales, Don Antonio Caro, Don Rafael Núñez, Don Salvador García, Don José Toledo, Don Juan Toledo y Don José Molina. Veamos de qué trataron:

El Sr. Presidente dio cuenta a la Corporación de que por el concejal Don Juan Morales Caro se habían presentado las cuentas del gasto invertido en la composición de las dos fuentes de este pueblo y sus cañerías, ascendiendo a la cantidad de ciento cincuenta pesetas, así como también la cuenta del gasto asignado en la composición del gasto del empedrado de la calle de Jesús, en cuyas obras aparecen gastadas la suma de trescientas pesetas.

Sea este trabajo un modesto homenaje a las víctimas de aquella tragedia, que, desde entonces, ha estado y está viva en el sentir de los perianenses o perianeños, como a ellos les gusta llamarse..


Documento recopilado por nuestro amigo, que en paz descanse, FRANCISCO SANTOS ARRABAL

domingo, 14 de abril de 2013

PAISANOS NUESTROS por José Manuel Frías Raya.



PAISANOS NUESTROS
                                             
Octubre del año 1995. La sequía se extendía a paso galopante por toda España pero, de manera especial, se había cebado con las tierras pertenecientes a la desaparecida Confederación Hidrográfica del Sur de España (Málaga, Almería, Cádiz, Granada, Ceuta y Melilla) y, como es de suponer, los pantanos dependientes del referido Organismo Autónomo estaban bajo mínimos. Los medios de comunicación recababan información continuamente y Antonio Molina Cobos, presidente de dicha institución, a requerimiento de Madrid, buscaba algún trabajador de la casa para que diese respuesta a las preguntas de los periodistas. Uno tras otro, a todos los que le ofreció el cargo, declinaron el ofrecimiento, pero mire usted por donde se acordó de mí y, el que esto suscribe, insensato hasta la temeridad, aceptó el puesto.

         Era viernes, pasadas las doce de la mañana, cuando me convertí en jefe de prensa de la C.H.S.E y mi primer cometido como tal fue desplazarme a Madrid, el lunes siguiente, para asistir a una reunión en el Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente. Por primera vez pisaba la sede del ministerio para el que trabajaba pero, como preguntando se va a Roma, fácilmente localicé la sala donde iba a tener lugar la reunión. Fui de los primeros en llegar y, poco a poco, lo fueron haciendo los responsables de prensa de las confederaciones hidrográficas de toda España. A las diez en punto, tal y como constaba en el fax de la convocatoria, apareció en la estancia donde estábamos acomodados Julio de Benito, asesor de comunicación del ministro José Borrell, acompañado por dos personas y una de ellas, el jefe de prensa del ministerio, me resultó conocida: era un paisano nuestro. Sí, alguien nacido y criado en Periana, al que yo había tratado muy poco y que hacía más de un cuarto de siglo que no veía, estaba allí.  Mi compañero de trabajo, Antonio Anguita, amigo de los hijos de Remedios “La Campanillona” y de José Antonio “El Gallo”, dice que cuando va con ellos, en el lugar más insospechado, se encuentran con alguien de Periana y su  aseveración, una vez más, se cumplió. Nada más verlo lo reconocí y una mezcla de alegría y asombro se apoderó de mí. Él también se percató de mi presencia. Nos saludamos rápidamente y sin poder cumplir el rito de contarnos resumidamente las vicisitudes personales y familiares, lo habitual cuando dos perianenses se reencuentran transcurridos muchos años, volvimos a nuestros lugares porque estábamos demorando el inicio de la reunión.

         De pronto, sin poderlo evitar, me vi trasladado a los antiguos días de mi niñez pueblerina cuando el tiempo pasaba con alegre lentitud y los sueños vestidos de desbordante optimismo caminaban  hacia el futuro. Me sumergí en la memoria de la infancia y arribé a la tienda de sus padres, la más importante de Periana, donde se podía comprar de casi todo y lo que no encontrarás allí era inútil buscarlo en cualquiera otra. Paso la mano sobre la enorme mesa rectangular, alrededor de la cual nos sentamos más de veinte personas, e imagino que lo hago por el mostrador de madera donde ponía las monedas de chicas, gordas, dos reales, pesetas, diez reales o duros cuando mi madre me mandaba por algún “mandao”; contemplo la balanza Arisó; el papel de estraza que utilizaban para envolver; la barrica de arencas; el surtidor que despachaba petróleo a granel para las hornillas; los estantes repletos de productos alimenticios, droguería, ferretería, zapatería, mercería…; pero de manera especial observo extasiado los tarros que guardaban aquellos deliciosos caramelos que tan pocas veces pude saborear. No tengo empacho en confesarlo, pero siempre sentí algo de envidia hacía los niños que sus padres tenían tienda de comestibles, en mis cortas luces pensaba que todo lo vendible estaba a su alcance, es decir, que tenían barra libre para comer caramelos, chocolate, dulces, galletas de coco, carne membrillo… Luego, hablando con algunos de ellos, me confesaron que tal suposición no era cierta y que ellos, aunque en menor medida, también sufrían racionamientos.

         Al paisano nuestro que va a ocupar esta sección de ALMAZARA, dos años, tres meses y veinticuatro días mayor que yo, de niño lo traté muy poco pero, en contadas ocasiones, en compañía de mi amigo y vecino Isidro “Adolfo”, primo hermano suyo, acudí a su casa y nunca podré olvidar lo sucedido en una de ellas. Nos encontrábamos en el almacén que daba al arroyo Cantarranas, donde había algunos bidones llenos de petróleo, y me preguntó qué sucedería si introducía un mixto encendido dentro de uno. Rápidamente le contesté que se le prendería fuego a todo y, muy peliculero yo, poniendo cara de asombro, rematé mi disertar diciendo que volaríamos por los aires. Apenas había finalizado mi respuesta cuando le quitó el tapón a uno de los bidones, encendió una cerilla y comenzó a jugar con ella acercándola y alejándola a la apertura del recipiente; lentamente se iba consumiendo y yo veía, con gran preocupación, que estaba a punto de alcanzarle los dedos, de súbito gritó y la dejó caer encendida dentro del bidón, pensé que había llegado nuestro final e instintivamente me tapé los ojos con las manos y di un salto hacía atrás. Pasados algunos segundos, me destapé los ojos y descubrí que tanto él como su primo, al que supongo le había gastado la broma con anterioridad, se  partían de risa a costa mía. La cerilla, al entrar en contacto con el petróleo, se apagó al igual que si hubiese caído en agua.

Aquel niño bromista que me hizo pasar uno de los mayores sustos de mi infancia y del que no sabía absolutamente nada, ni tan siquiera habíamos coincidido una vez durante nuestra juventud, era con el que volvía a reencontrarme cuando ambos rebasábamos los cuarenta años. Finalizada la reunión hicimos un aparte y en un santiamén, ambos disponíamos de muy poco tiempo, nos pusimos al día de nuestros “ires y venires” familiares y personales.  A partir de aquel día, fueron varias las ocasiones en que volvimos a vernos en el ministerio, pero cambios en las ocupaciones laborales volvieron a distanciarnos. Nuestros contactos se restablecieron en mayo de 2011, cuando él, pregonero de San Isidro 2010, tuvo la deferencia de ponerse en contacto telefónico conmigo, pregonero de San Isidro 2011, para interesarse por mi pregón, darme consejos y desearme suerte. Esta atención, iniciada por él, espero que se convierta en una tradición más de San Isidro. Yo hice lo propio con el pregonero de San Isidro 2012, Antonio Frías Zorrilla, y confío que éste haga lo mismo con el próximo.

Imagino que más de uno, y de dos, estarán pensando que me he acordado de él para agradecerle su espléndido gesto; nada más lejos de la realidad, han sido lectores de la revista quienes me han sugerido su nombre. Yo, a nivel personal, les aconsejo que sigan leyendo y descubrirán que su trayectoria vital y profesional lo avala y tiene méritos suficientes para ser protagonista de esta sección de ALMAZARA.
        

JOSÉ MANUEL ZORRILLA BARROSO, notario de la Transición

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas

Antonio Machado, Soledades
        

En el año 1953, el jornal de un bracero era de 16 pesetas; el kilo de pan costaba 4,90 pesetas, el de azúcar 11, el de arroz 6, el de garbanzos 7, el de café 105,50, el litro de aceite 12 y la arenca un real. Y en ese año, cuando el jornal de un bracero solo alcanzaba para comprar un kilo de azúcar, otro de pan y un caramelito de anís, la tarde del domingo 25 de enero, en el número cuatro de la por aquel tiempo conocida como calle General Moscardó – hoy Cura José Barroso- nació José Manuel Zorrilla Barroso –Manolo para los amigos y conocidos-, primogénito del matrimonio formado por Manuel Zorrilla García y María Teresa Barroso Toledo, algunos años después lo haría su única hermana, María Teresa.

La casa donde doña Margarita (lo siento, sé que me repito más que el ajo, pero no puedo ni quiero remediarlo, la señora Carrasco Hette forma parte de la historia de Periana, con calle incluida y, cada vez que las circunstancias se presten a ello, aparecerá en mis escritos) lo trajo al mundo y vivió los primeros años de su niñez, constaba de dos plantas que apenas rebasaban los veinticinco metros cuadrados cada una. En la inferior se encontraba el comedor, la cocina y un pequeño patio. La superior, es decir, la cámara, estaba corrida y se utilizaba como dormitorio común. Para ubicarla os diré que estaba en medio de las de “La Frascorra” y “La Veinticuatro”, frente por frente al estanco de Modesto. Cumplidos los ocho años cambió de casa y de calle, pero no de lugar. Su nueva vivienda estaba a unos quince metros y todo el pueblo la conocía como “La Tienda de Zorrilla”, hasta que en 1991 se jubiló su padre y cerró el negocio tras mantenerlo abierto más de cincuenta años.

UN NIÑO TRANQUILO, VALIENTE Y DECIDIDO
Testimonios recogidos entre familiares, amigos y conocidos ponen de manifiesto que las características definitorias de aquel niño, desde su más tierna infancia, fueron su tranquilidad, valentía y decisión. Y muy tranquilo, valiente y decidido había que ser para hacer lo que hizo. 


No había cumplido los cuatro años cuando lo mandaron a la escuela de párvulos, ubicada en el Carrascal, que regentaba una maestra cuya identidad no he podido averiguar. Su estancia en el parvulario nunca fue de su total agrado, a ello contribuyeron, de manera muy importante, los comentarios peyorativos que le hacían algunos clientes de la tienda: “Manolito va a la escuela de los niños chicos”, “Manolito va a los parvulitos”… Supongo que por estas y otras circunstancias no se sentía a gusto en dicho lugar y una mañana, cuando iba hacía el parvulario del Carrascal, se encontró con don Ernesto Iglesias Suárez, posiblemente el maestro más temido en los anales de Periana, que se dirigía hacia su escuela situada a espaldas del antiguo ayuntamiento. Manolo se le puso delante, le miró fijamente y el docente sorprendido le preguntó qué quería. La respuesta de aquel niño tranquilo, valiente y decidido le sorprendió gratamente e incluso -aunque a los que conocieron al maestro gallego le cueste trabajo creerlo-, le hizo sonreír: “Yo no quiero ir a la escuela de los chiributes, yo quiero ir a la escuela de los mayores, yo quiero ir a tu escuela”. Imagino que la espontaneidad y determinación de aquel chiquillo despertó en don Ernesto su frustrado instinto paternal y lo cogió de la mano llevándoselo con él. Al pasar por la puerta de la tienda de sus padres le comunicó a Zorrilla que Manolito había cambiado de colegio. Al no haber ningún sitio libre donde sentarlo lo acomodó en la tarima bajo su mesa. Manolo recuerda que sólo llevaba al colegio una pizarra con su correspondiente pizarrín donde don Ernesto le ponía muestras y que, por ser el más pequeño, los demás que como mínimo le doblaban la edad, lo protegían y lo trataban con más miramiento.


Son muchas las peripecias que nuestro paisano protagonizó durante su niñez y que vienen a confirmar lo ya expuesto. Una de las primeras que guarda en la memoria hace referencia al día que se estrenó como jinete. Me cuenta, con una mueca de alegre complacencia reflejada en su rostro y cierta nostalgia en sus ojos, que en la puerta de su casa-tienda se encontraba el mulo que un cliente  había dejado allí mientras efectuaba las compras. Alguien, cuya identidad ignora y que no debía andar muy sobrado de luces (la apreciación es mía), al verlo extasiado contemplando al equino le preguntó si le gustaría subirse en él, le respondió que sí y lo aupó sobre el aparejo. Manolo lo espoleó y al tener el animal mucha sed se encaminó hacía La Fuente, llegó a la pila que vigila permanentemente San Isidro y se puso a beber. Me dice que desde las alturas veía a la gente con inusitada satisfacción y aún recuerda lo feliz que fue encima de aquel mulo. Pero la felicidad, al igual que sucede en la casa del pobre, le duró poco tiempo. Percatados sus padres y el dueño del mulo de lo sucedido, lo fueron a buscar y su aventura terminó en reprimenda. Cincuenta y cinco años después de su estreno como jinete sigue recordando lo bien que lo pasó, el gran berrinche que cogió cuando, a la fuerza, lo bajaron del equino y lo desconcertado que se quedó. Para sus entendederas, lo que sucedía a su alrededor le parecía una exageración. ¿A qué venía tanto aspaviento y preocupación si él sólo se había dado un paseo en  mulo?

Con las tranquilas peripecias que Manolo protagonizó durante su infancia hay material más que suficiente para escribir un grueso libro de relatos, pero le cuento una acaecida en Melilla, algunas pinceladas de otras y doy por finalizado este apartado. ¿Que qué hacía nuestro paisano en la ciudad norteafricana? Algo muy simple: acudió en compañía de su familia –madre, hermana, abuelo y tíos- a visitar a su padre que se encontraba haciendo el servicio militar. ¿Que por qué no venía su padre a visitarlos? Porque no podía hacerlo. No, no me formule usted más preguntas. Guarde un minuto de silencio y le informo de todo. El padre de nuestro protagonista, “Zorrilla el de la Tienda” (1925), gracias a las argucias de un secretario de ayuntamiento, un brigada y un sargento del Ejército de Tierra; a una fingida sordera; y a un generoso soborno, se libró de hacer el servicio militar obligatorio. Transcurridos diez años recibió una notificación del Juzgado Militar. Los corruptos habían sido investigados y todos los librados por ellos pasaron por un tribunal militar, siendo condenados a hacer la “mili” de inmediato en un batallón de castigo. Debido a esta excepcional circunstancia nuestro paisano, cuando apenas tenía cinco años, viajó en el barco conocido como “El Melillero” al continente africano para visitar a su padre que estaba cumpliendo, con diez años de retraso, sus deberes con la Patria. Y allí aconteció el siguiente episodio: entraron en un bar moruno para tomar té con hierbabuena, Manolo quedó sorprendido por los botellines tan extraños que había sobre los veladores y pensó en lo asombrados que se quedarían sus compañeros de juegos, en Periana, al mostrarles aquellos raros platillos. Sin que sus familiares se percataran, desapareció del lugar donde estaban sentados metiéndose detrás de la barra. Su abuelo se da cuenta de su ausencia, piensa que se ha perdido entre la nube de chilabas que se movían por la calle y comienza a llamarlo a grito pelado. Manolo escucha las voces pero la cosecha de platillos era tan abundante que prosiguió con su recolección y hasta que no terminó de recogerla, en su totalidad, no salió de detrás del  mostrador. Al hacer acto de presencia y ser preguntado sobre dónde había estado, con toda tranquilidad y satisfacción, se limitó a señalar los bolsillos de sus pantalones repletos de chapas. Su abuelo duda entre calentarle el culo por el susto recibido o abrazarlo y, quitándose las gafas para secar las  lágrimas que manaban de sus miopes ojos, opta por la segunda opción. 

 
Manolo era el nieto mayor, ojito derecho de su abuelo, y él, conocedor de tal circunstancia, sacaba provecho. En más de una ocasión lo sorprendió en compañía de sus amigos robándole naranjas, higos y brevas del haza que tenía frente al cementerio. Al descubrir su presencia, Manolo y sus compinches de pillerías salían corriendo y desaparecían. Cuando se encontraba aquel mismo día o al siguiente con su abuelo y éste le preguntaba sobre el robo de frutas, Manolo ponía cara de asombro y, con toda tranquilidad, argumentaba que, debido a su miopía, posiblemente lo había confundido a él y a sus amigos con otros niños, puesto que a esa hora ellos se encontraba en tal o cual sitio. Su abuelo sabía con certeza que eran su nieto y acompañantes los que habían aligerado el peso de los árboles, pero reía su ocurrencia y se limitaba a decirle que si, por un casual, se enteraba de quiénes eran los ladrones le informara de ello.

Al  preguntarle a Manolo por sus  preferencias alimenticias en la niñez me cuenta que de su familia materna guarda su mejor recuerdo culinario: el puchero con arroz. En aquellos lejanos tiempos de nuestra infancia –cuando apenas había personas gordas en el pueblo-, este era un plato muy habitual en la dieta de los perianenes. Sus ingredientes esenciales eran los garbanzos –que había que echar en agua el día anterior para que salieran tiernos-, el arroz, un trocillo de tocino añejo, un chorreón de aceite, un tomate y un pimiento. Si las posibilidades económicas lo permitían se le podía añadir un buen pedazo de tocino fresco, magro, pollo, gallina, costilla,… con los que se hacía la exquisita pringá. Nuestro paisano me dice que su abuela Carmen lo preparaba en una enorme olla, para que cuando regresaran del campo su abuelo Antonio y sus tíos reventados de trabajar, repusieran las fuerzas gastadas. En ocasiones, a los comensales habituales se añadían los nietos, y aunque hubo veces que entre adultos y niños superaban la docena, gracias a lo previsora que era su abuela nadie se quedaba con hambre. Manolo hace una larga pausa, se pasa los dedos pulgar e índice por las comisuras de los labios, y con deleite manifiesto me da a conocer  que jamás podrá olvidar el blanquísimo color de aquel sublime manjar, su inigualable sabor y que nunca ha comido otro similar. Como postre sobre lo expuesto con anterioridad reseñaré que esta popular comida recibía tres nombres en Periana. Las clases populares le llamaban, olla, las medias, puchero y las altas, cocido.

El hijo de Manuel y María Teresa es un manantial inagotable contando vivencias de su feliz niñez. Su buen escribir lo traslada al relato oral y el que tiene el placer de escucharlo, si conoce los lugares donde aconteció lo narrado y las gentes que los protagonizaron, sin necesidad de realizar ningún esfuerzo suplementario, las vive y se siente participe de ellas. La precisión, concisión y amenidad las conjuga en perfecta armonía con su cinéfila afición y visionas lo relatado con deleite y emoción.  A ello contribuye su voz rotunda que adquiere matices en función del hecho a contar. Incluso, a veces, da la impresión de que mide sus palabras para expresar con total exactitud lo que quiere decir. Y, en todo momento, su cara no puede esconder la sonrisa que la adorna al recordar estas vivencias.

Pocas de sus peticiones no fueron complacidas por el viejo Zorrilla, al que yo recuerdo con chaqueta, chaleco, camisa abrochada hasta el último botón, gafas de gordos cristales, sombrero, garrote y una gruesa correa rodeándole la generosa barriga. El abuelo le permitió que en la cámara de su vivienda, situada en la calle Vélez, frente al bar de Muñoz, una pequeña habitación la convirtiera toda ella en pajarera, con nidos, bebederos, comederos, árbol interior y puerta de cristales. Llegó a tener más de treinta pájaros entre canarios, verderones y jilgueros que se reproducían libremente. Gente que la visitó me cuenta que era una auténtica maravilla, donde predominaba el detallismo y buen gusto. Parecía imposible que un niño de su edad hubiese sido capaz de construirla sin más ayuda que la de su amigo José Antonio Aranda “El Niño de la Veinticuatro”.


Seguimos hablando del período más feliz de la vida y me dice que la calle donde nació era un lugar magnifico para jugar debido a que tenía una acera muy ancha y no pasaban bestias. Allí se reunía con sus amigos de entonces y que, a pesar de mucho tiempo transcurrido, siguen ocupando lugar preferencial en su agenda de la amistad: sus primos Rafalito de “Leoncio” y Antonio “El Chino”, Manolo “Cuco”, Rafael “Pallares”, José María y Paco Palomo “Los Herrador”, Manolo “El Rodri”,… Con algunos de ellos he tenido ocasión de hablar recabando información para elaborar este escrito y han sacado a relucir su buena condición. El ser hijo de tendero le otorgaba ciertos privilegios que compartía con sus amigos. Cuando metía la mano en algún tarro de caramelos no se limitaba a coger para él, lo hacía también para ellos y solía repartir las estampas repetidas de los álbumes de chocolate entre los que no las tenían. Las ocupaciones laborales los dispersaron por múltiples lugares de la geografía, pero siguen conservando aquella indisoluble amistad que, nacida en la remota niñez, cimentada en la adolescencia y consolidada en la juventud, pasearon y disfrutaron por todos los rincones de Periana.

 Mi confesada pizca de envidia hacia los niños que tenían tienda de comestibles, la hacía extensible a los que entraban al cine sin pagar entrada, siendo Manolo uno de los afortunados. Ello era debido a que su abuelo Zorrilla formaba parte del cuarteto de los copropietarios del Monumental Cinema. Además, su padre fue durante muchos años su administrador único. Me cuenta, con viva emoción que, cuando vio la maravillosa película de Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso, se sintió retratado en ella. Él en el papel de Totó y Elías (proyectista del cine en Periana) en el de Alfredo. Al igual que los protagonistas de la deliciosa película italiana, Manolo y Elías tenían una amistad entrañable. Se pasaba las horas junto al operador del cine en la cabina de proyecciones y éste le mostraba los secretos de su quehacer, permitiéndole ayudar a colocar los rollos de celuloide en la máquina de proyección y a empalmar las cintas rotas con un poquito de acetona. Pero asegura que lo que más le atraía era ver por un agujero, desde aquella cabina, las películas para mayores. Además, lo abastecía de unos carboncillos, restos de los electrodos que producían la potente luz requerida para proyectar la película en la pantalla, que Manolo utilizaba como gruesos pizarrines. También le dejaba quedarse con los fotogramas sobrantes de los cortes dados a la película y él los regalaba o utilizaba como objetos de trueque con otros niños. En aquellos tiempos, los fotogramas, sobre todo si eran de besos, puñetazos o duelos, se cotizaban mucho y los chiquillos anhelábamos tenerlos para poderlos observar a través de los visores que salían en los sobres sorpresas que vendía Paco “El Correo”, donde venían los tebeos y los indios. Habiendo salido a relucir los tebeos apostillaré que Manolo se describe como un voraz lector de ellos, a lo que contribuyó Carmen “La Veinticuatro” que, además de contarle muchos cuentos, le dejaba leer todos los que recibía en su papelería. Con sinceras muestras de agradecimiento hacia ella, nuestro paisano me dice que, recordando estos pasajes de su vida, no duda del origen de su vocación.

Con anterioridad he referido que mis relaciones con Manolo fueron escasas pero, en este momento, cuatro y diez de la madrugada del domingo 26 de agosto de 2012, cuando iba a dar por finalizado este apartado dedicado a su infancia, golpean en mi mente, ávidas por salir a la luz, dos cuestiones relacionadas con él que os voy a contar. La primera hace referencia a que fue el primer niño de Periana que consiguió un balón de reglamento al rellenar el álbum del chocolate Lloret. No, el número cuarenta de “Ciudad Secreta”, no lo consiguió pero, al tener sus padres tienda y vender pastillas sueltas, le fue muy fácil reunir cuarenta envoltorios de medias libras de chocolate para intercambiarlos por la estampa que nunca salía. La segunda aconteció una tarde en el montón de arena que Jacinto “El Gallo” tenía junto a la tapia de la casa de María Felisa, por encima del lavadero de Las Pilas. Ignoro las causas que dieron lugar al incidente, pero él y Curro se enzarzaron en un conato de pelea que no llegó a mayores. Aquel suceso me sorprendió mucho porque era la primera vez que veía a alguien plantarle cara y pararle los pies al que posiblemente fuese el niño más fuerte y atrevido de Periana, mi gran amigo de niñez Antonio Larrubia Ordóñez.

TIEMPO DE ESTUDIOS
        
Nuestro paisano, tal y como he reseñado, comenzó su singladura escolar en los parvulitos donde apenas permaneció unas semanas. Con don Ernesto estuvo hasta los ocho años, primero en la escuela ubicada detrás del antiguo ayuntamiento y, a continuación, en el grupo escolar de La Lomilleja. Al preguntarle a Manolo por sus relaciones con don Ernesto, la profundidad de su mirada desprende destellos de sinceridad y su agradable voz se hace aún más creíble y rotunda para poner de manifiesto que jamás tuvo problema alguno con él y que nunca le puso la mano encima. Su estancia en la escuela del maestro gallego la recuerda como un tiempo agradable y provechoso, donde aprendió las primeras letras; repleto de recuerdos infantiles, entre los que ocupa un lugar de honor aquellos días excepcionales cuando repartían el queso de bola. Todos los niños, en el más absoluto silencio, observaban expectantes cómo el docente se sacaba la navaja del bolsillo y, armado de paciencia, lo iba troceando en el número exacto de porciones para que cada alumno recibiera su ración y nunca sobrara ni faltara un ápice. 

 En los Carmelitas de Antequera (mayo 1964) cursos 1º y 2º de bachiller. Manolo está justo delante de la columna. Antonio Rodríguez López (el de la autoescuela), es el tercero por la derecha, Guerrero, de Las Rozas. Segundo, el de Los Romanes, el septimo por la izquierda detrás de los curas. En la fila siguiente, el primero por la izquierda, Moyano, maestro muy popular entre sus colegas perianenses: el sexto, Antonio Quintana, de Las Rozas: y el onceavo, un sobrino de las dueñas de la posada. El cura sentado en el centro es el padre José Carrillo, confesor de la Casa de Alba.

         Con ocho años, su padre lo cambió a la escuela de don Francisco “De la Rafaela”, donde permaneció un par de cursos estudiando duro para preparar el Ingreso. Y, con cierta nostalgia, recuerda que Perico “El de la Corazón” y José Manuel “El Yoyo” eran los encargados de disolver, en una tinajilla con agua, la leche en polvo que venía en sacos, agitando la mezcla con una caña gruesa. Leche que él, al igual que la mayoría de los niños, tomaba en un cachuchillo que Antonio “El Latero”, cuyo  taller se encontraba en un local contiguo a la que fue mi casa en Periana, hacía con un lata de leche condensada a la que ponía una asa.


         En la "Peña el Sombrero" con los amigos (abril 1966). De izquierda a derecha, Rafael Barroso, Juani "Balastrera", Manolo, Antonio Barroso, Fernando Altea (hijo de un guardia civil) y Salvador "Cartabones".

 Con diez años se presentó para Ingreso en el Instituto “Nuestra Señora de la Victoria” de Málaga. Aprobó y empezó sus estudios de Bachiller, interno en el colegio Nuestra Señora del Carmen de Antequera. Allí, en septiembre de 1963, arribó nuestro paisano con el ajuar que le hizo Catalina Moreno Silva, Catalina “Zorrilla”, -ver número 35 de ALMAZARA-. Aún recuerda que todas las prendas iban marcadas con sus siglas y el número asignado: MZ 43.  Estudia el Bachiller Elemental y, para hacer el Superior, al no ser impartido en ese centro, se matricula en el Instituto “Pedro Espinosa”, que apenas distaba 400 metros del colegio donde seguía residiendo. Pero un incidente con un cura llamado Antonio, cuando cursaba quinto de Bachiller, provocó su expulsión de los carmelitas en el mes de enero del año 1968, cuando acababa de cumplir 15 años. De este mismo internado, tal y como puse de manifiesto en el número 31 de ALMAZARA, también fue expulsado nuestro paisano Miguel Blanca Gómez. Y, en ambos casos, hubo chicas de por medio. Los motivos fueron los que siguen. El cura encargado del refectorio o comedor salió de la sala de visitas acompañado por varias chicas y algunos de los internos que estaban en el recreo lanzaron prolongados abucheos (“¡uuuuuuuh!”). El religioso se sintió ridiculizado y les mandó a todos que se pusieran de rodillas. Manolo, que estaba de espaldas y ajeno al incidente, no aceptó el castigo colectivo y continuó como si tal cosa. Cuando llegó al comedor para cenar, el cura Antonio le hizo saber que no comería hasta que se pusiera de rodillas. Nuestro paisano se niega nuevamente y se marcha al dormitorio con el estómago vacío. Allí, el cura vuelve a ordenarle que cumpla el castigo y Manolo tranquilamente se reafirma en su postura. Al día siguiente, el padre José Carrillo, director del colegio (posteriormente fue confesor de la Casa de Alba y oficiante de la ceremonia matrimonial de la hija de la duquesa y el torero), le comunica a Manolo Zorrilla que su hijo ha sido expulsado. Su primo Antonio Barroso se solidariza con él y los dos se marchan a vivir a la pensión “El Toril”, junto al mercado de Antequera, donde permaneció hasta acabar el Bachiller Superior. Nuestro paisano me refiere que en aquel colegio de los carmelitas llegó a coincidir con muchos estudiantes de Periana. Le pido la identidad de algunos de ellos y salen a relucir los nombre de Paco Martín “El hijo de Pepe Leyes” Antonio Barroso “El Chino”, Miguel Blanca “El hijo de Manuela Gómez”, José Antonio “Pascualillo”, Paco “El Largo”, Antoñito “El Pescadero”, Paco y José María “Los Herrador”, José Antonio “El Gallo”, Antonio “Matagallo”, Pepe “Senón”, Alfonso Monci, Pepe “Buenos Aires”, José Antonio “Sobrino de Eugenia la Sacristana”, dos muchachos de las Rozas apellidados Quintana y Guerrero, Segundo de “Los Romanes…  Hizo PREU en el Instituto “Sierra Bermeja” de Málaga para poder estar más cerca de su madre que, aquejada de hemiplejía por un infarto cerebral, se encontraba ingresada en un hospital de la capital. Su asignatura favorita siempre fue la Geografía, repudiaba el Latín y el Griego, a lo que contribuyó el mal talante de los profesores que se las impartieron. Por eso, hizo el Bachiller de Ciencias, a pesar de su preferencia por las letras. 

¿QUÉ CARRERA HAGO?
        
Ingreso, Bachillerato y PREU forman parte de la historia. Los estudios preparatorios han terminado y llega la hora de la verdad. La Universidad espera. La mayoría de sus condiscípulos se deciden por Magisterio. Manolo, en cambio, no tiene claro qué carrera estudiar. Hizo ciencias pero lo que mejor se le da es escribir. Todos los profesores, a lo largo de sus estudios, han elogiado su forma de redactar. Las manualidades también se le dan de maravilla y en esos días de incertidumbre, previos a la decisión trascendental, se le pasa por la cabeza que podría hacer Formación Profesional. La duda lo embarga y se aproxima la fecha de matriculación. El dilema a resolver es complejo y acude a su tío José “El Cura” en busca de consejo y orientación. Éste sabe de su facilidad para escribir y le propone asistir a una conferencia de un periodista amigo suyo. Al terminar, departen durante un buen rato, Manolo despeja sus dudas y decide estudiar periodismo.

         Casualmente, en el curso 1971-72, cuando accede a la Universidad, por un Real Decreto de 17 de Septiembre de 1971, las Escuelas Oficiales de Periodismo de Madrid y Barcelona se convierten en Facultades de Ciencias de la Información. Nuestro paisano se matricula en la Universidad Complutense de Madrid, pero no marchará a la Capital de Reino hasta enero de 1972 que fue cuando comenzó sus estudios la primera promoción de periodistas universitarios. Allí compartió piso en la calle Ibiza con los hijos de María Núñez y Paco de “El Estanco”, Paco e Ignacio. Su segunda residencia sería una habitación doble en el barrio de Argüelles. En tercer curso, él con Antonio Oviedo “El Recovero”, que estudiaba para policía, y Rafael Ortigosa, “El Batanero”, que trabajaba en el Banco Hispano Americano, alquilaron un piso en Aluche, donde permaneció hasta acabar la carrera. Varios años vivió con ellos nuestro paisano José Antonio Frías Ruiz “Cencerra”, también estudiante de periodismo, que dirigió el diario Sur de Málaga durante 17 años.

Manolo estudia en una Universidad politizada y bulliciosa que rezuma por todos sus poros ansias de libertad y se presta a vivir con toda intensidad aquellos históricos momentos que culminaron con la muerte de Franco y la llegada de la democracia. Durante sus años en la facultad convivió con un grupo de compañeros que más tarde serían reputados periodistas, entre ellos, el más conocido, Arturo Pérez Reverte, autor de “El Capitán Alatriste” y otras novelas. Eran tiempos convulsos en los que nuestro paisano tuvo algunos incidentes con los antidisturbios en la Complutense. Me cuenta con cierto regusto que, una vez, varios estudiantes, perseguidos por los “grises” a caballo, entraron en los comedores universitarios y se camuflaron con los demás. Al momento llegaron refuerzos a pie y ordenaron a todos los comensales que dejaran sus bandejas y salieran de uno en uno. A la salida, había un estrecho pasillo flanqueado a ambos lados por policías de botas altas, casco y porra en mano con la que se golpeaban la palma de la otra mano o el lateral de la pierna en actitud amenazante. Cuando Manolo vio que al final le esperaban varios autobuses (las tristemente famosas “lecheras”) en los que iban entrando los resignados estudiantes para trasladarlos a los calabozos de la Puerta del Sol, se armó de valentía y decisión, se acercó a uno de los “grises” y, sin pestañear, le dijo: “¿Me permite, por favor?”. Ante el asombro de sus amigos, el policía se apartó y le dejó marchar, librándose de dormir aquella noche en “chirona”. Cuando lo recuerda, todavía se le pone la piel de gallina.


Formando parte del equipo de fútbol del colegio de los carmelitas de Antequera. Delante de él, su primo Antonio Barroso (Marzo 1967)


Él también contribuyó con su granito de arena a que el cambio dejase de ser una utopía para convertirse en palpable realidad, pero nunca pudo imaginar que, por su profesión, actuaría como notario de aquel apasionante tiempo que pasó a la historia con el nombre de la Transición.

Le pregunto a Manolo por su época de estudiante y me dice que nunca fue un alumno brillante, que su hermana María Teresa, a la que la enfermedad de su madre condicionó de manera importante sus estudios, teniendo que realizar varios cursos de Bachillerato por libre, era mucho mejor estudiante que él. Pero yo sé, de fuentes fidedignas, que algunas matrículas de honor figuran en su expediente universitario. Al preguntarle por los periodos vacacionales me confiesa que cuando volvía al pueblo, los mejores momentos que recuerda los pasó con su pandilla en el Zuny, aquel club que un grupo de amigos montaron en una casa de Enrique “El de la Dulcería” situada frente a la barbería de Pepe “El Rubio” y la tienda de la Inés.

LA CALLE TE ESPERA

         En junio de 1976 nuestro paisano acaba sus estudios de periodismo, se queda sin vacaciones y empieza a trabajar. Lo suyo fue terminar y besar el santo, aunque no se libró de pasar unos meses como becario. A ello contribuyó que el 4 de mayo comenzó a publicarse el diario El País. Su primer director, Juan Luis Cebrián, que permaneció al frente del mismo hasta 1988, había sido subdirector del diario vespertino Informaciones, dirigido por Jesús de la Serna, y se llevó con él a bastantes profesionales de este periódico. Un compañero de facultad de Manolo, que trabajaba en ese diario, le comunica que en la redacción necesitan gente. Se presenta e inmediatamente lo aceptan, comenzando aquel mismo día a trabajar en la sección de nacional, bajo la jefatura de Abel Hernández, del que habla como “mi maestro”. En su primera experiencia como periodista nuestro paisano compartió despacho con María Antonia Iglesias, periodista que luego dirigió los informativos de TVE y hoy es una famosísima tertuliana radiofónica y hábil polemista del programa La Noria de Telecinco. Me dice que ya tenía su carácter, pero él la recuerda con mucho cariño y admiración porque de ella aprendió a dar los primeros pasos dentro del complejo mundo del periodismo.

Normalmente, a todo novato que llega a la redacción de un periódico el primer destino que se le encomienda es “hacer calle” (en el argot periodístico se llama así a cubrir informaciones fuera de la redacción: manifestaciones, ruedas de prensa, sucesos, inauguraciones, entrevistas…) Nuestro paisano no iba a ser una excepción. Y fue precisamente haciendo calle, como el periodista José Manuel Zorrilla Barroso –así firmaba sus escritos- se anotó su primer tanto profesional a los pocos días de estrenarse como tal. La empresa textil INDUYCO estaba en huelga. Sus trabajadores, procedentes de la Plaza de España, subían por la Gran Vía hacia la Plaza de Callao, donde les esperaban los antidisturbios. El joven periodista, que caminaba por la perpendicular calle Silva para cubrir la información, se encuentra en tierra de nadie, en medio de los unos y los otros. Los policías comienzan a lanzar botes de humo contra los manifestantes, un bote cae junto a Manolo que espera a que se vacíe, lo coge y se lo guarda. Al llegar a la redacción de su periódico, tosiendo y con los ojos irritados, da cuenta a su redactor-jefe de lo sucedido y le muestra la prueba. Éste le pide que lo acompañe para hablar con el director. El gabinete de prensa de la policía que informaba directamente a los medios de comunicación de lo acaecido, había notificado que se había tratado de una simple escaramuza. En el periódico pensaban que era una más de las múltiples manifestaciones que se producían a diario, pero él tenía la prueba de que había sido algo más importante. A los jefes le gustó su determinación y forma de trabajar y, a partir de aquel momento, comenzaron a considerarlo un poco más.

         España vivía un tiempo apasionante y la casualidad se alía con nuestro paisano para encontrarse en el lugar adecuado en el momento justo. Apenas lleva un mes trabajando, su redactor-jefe lo envía a un determinado portal del barrio de Salamanca de Madrid, donde vivía Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes, que debía presentar al rey una terna de candidatos para ocupar la presidencia del gobierno tras la dimisión de Carlos Arias Navarro. Nada más llegar al lugar indicado varios escoltas le rodean: “¿Dónde va usted? ¿Qué hace usted aquí? ¿Su carné? …Aquí no puede estar”. En el preciso momento que nuestro paisano iba a dar respuesta a todas las interrogantes, el presidente de las Cortés, que salía de su domicilio, se aproxima y toma la palabra: “Un momento, un momento, ¿Qué desea usted?” Manolo se dirige a la tercera autoridad de la nación, con la tranquilidad y decisión que le caracterizan, de la siguiente forma: “Señor, trabajo en el diario Informaciones y me envía mi redactor-jefe para que usted me facilite la terna de candidatos a la presidencia del gobierno que va a presentar al rey”. Don Torcuato, ante el asombro de sus guardaespaldas, responde a nuestro paisano: “Pues sí, su redactor-jefe tiene razón, en estos momentos me dirijo a la Zarzuela para comunicársela a su majestad, lo que  no le puedo decir a usted es a quién va a elegir el rey, pero la terna la componen José María de Areilza, Manuel Fraga y Adolfo Suárez”. Todos sospechaban que los integrantes de la terna serían aquellos tres conocidos políticos, pero nadie lo sabía con certeza. Imagino la satisfacción con la que Manolo acudiría a la sede de su periódico.

"Cumbre" de la oposición democrática en el hotel Eurobuilding de Madrid. Sentados, Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius. Detrás Xavier Vinader, Pedro J. Ramírez y, al fondo a la izquierda, con bigote, J. Manuel Zorrilla (4 septiembre 1976

Los acontecimientos se suceden con una rapidez vertiginosa y nuestro paisano, desde su atalaya periodística, levanta acta diaria de lo que acontece en el bullicioso Madrid donde se cuece la Transición, desde la Plataforma Democrática a la peluca de Carrillo. Son tantas las informaciones que cada día le mandan cubrir y tan poco el tiempo disponible que, a veces, necesitaría desdoblarse para estar en varios lugares a la vez. El joven licenciado, que pasó directamente de las aulas de la Universidad a la redacción de un periódico importante, se ha convertido en todo un profesional, capaz de redactar de inmediato cualquier noticia para que su redactor-jefe dé el visto bueno y enviarla a la imprenta. Manolo cada día hace mejor su trabajo pero no se conforma con acomodarse a la rutina y, cuando las circunstancias se lo permiten, pone su inventiva a trabajar.

Este afán suyo por innovar le valió para anotarse otro buen tanto profesional. El miércoles 15 de diciembre de 1976 se celebró el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política. Lo mandaron a cubrir la jornada electoral y se le ocurrió hablar con los presidentes de las mesas para que le dieran el total de electores que tenía cada una y pedirles que le comunicaran el número de los que habían votado hasta las dos de la tarde, hora del cierre de su periódico. Realizó un amplio recorrido por los colegios electorales del distrito centro y calculó el primer porcentaje de votación que se efectuaba en España. Aquel día lloviznaba sobre Madrid y recuerda que llegó empapado, pero con los cálculos en su cuaderno, a la calle san Roque donde se encontraba la sede del diario Informaciones. La noticia referente a los porcentajes de votación, que en aquella ocasión fueron muy elevados, se publicó en portada y sus jefes quedaron encantados. Desde entonces, cada vez que ha habido votaciones en nuestro país, a las dos (casual coincidencia) y a las seis de la tarde, de manera oficial, el Ministerio del Interior facilita el porcentaje de los electores que han votado.

         Trabajando en el vespertino madrileño también cubrió la información laboral durante algún tiempo, dando cuenta de numerosas huelgas y litigios. Tuvo ocasión de tratar directamente con los dirigentes de UGT, Nicolás Redondo, Manuel Chávez y Joaquín Almunia; con los de Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, Julián Ariza, Nicolás Sartorius y, especialmente, con Antonio Gutiérrez, el responsable de prensa que era vecino suyo y luego sucedería a Camacho en la secretaría general. Al igual que con los líderes sindicales, también tenía “hilo directo” con los de los empresarios, Carlos Ferrer Salat y José María Cuevas.
        
         Nuestro paisano aún sacaba tiempo para no perderse las visitas que hacía al periódico el escritor Gonzalo Torrente Ballester el día que entregaba su colaboración semanal en Informaciones. Recuerda que al profesor le gustaba hablar tanto como escribir y se quedaba horas y horas en la redacción comentando los acontecimientos con su áspera voz gallega y dando sabios consejos a los novatos como Manolo. También le gustaba mirar por encima del hombro de un circunspecto Antonio Fraguas mientras éste iba dibujando las viñetas que luego firmaba como Forges.

         Permitidme que haga una mínima  pausa en lo concerniente a la actividad profesional de nuestro paisano para adentrarme, brevemente, en su vida personal. A finales de agosto de 1977, abandonó la soltería contrayendo matrimonio con Inés, una enfermera natural de Bernuy de Porreros (Segovia), a la que conoció en la boda de su compañero de facultad Felipe Sahagún, en la actualidad profesor de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de El Mundo. Hay un dicho popular según el cual “las bodas en bodas iniciadas suelen ser muy afortunadas” y, hasta el día de la fecha (35 años), según tengo entendido, la cosa les va bastante bien. Manolo, que de niño decía tener tres papás (su padre y los dos abuelos), al casarse tuvo uno más ya que, un castellano cabal, de nombre Casto, el progenitor de su mujer, lo quería como si fuera su propio hijo y para todo requería su asesoramiento y opinión.

SU LLEGADA A LA ADMINISTRACIÓN

         Las ventas de Informaciones, desde que apareció El País, fueron disminuyendo de manera considerable debido a que muchos de sus lectores se pasaron al nuevo periódico. Manolo se siente muy a gusto, con sus compañeros se lleva de maravilla, pero la evidencia pone de manifiesto que la empresa para la que trabaja se va al garete y, antes de que le coja el toro, comienza a buscarse la vida. Un compañero de la agencia sindical SIS le dice que necesitan gente. Se presenta en el despacho del director y queda muy sorprendido al ver que se trata de Vicente Cebrián, padre de José Luis, el director de El País. Según tengo entendido, padre e hijo eran periodistas de raza y se parecían en lo físico como dos gotas de agua. Manolo causa una grata impresión al respetado don Vicente y comienza a trabajar para su agencia. 


         Por poco tiempo, porque el SIS cierra y sus trabajadores son adscritos a la agencia PYRESA, que pertenecía a la cadena de los periódicos del Movimiento y que después se llamó Medios de Comunicación Social del Estado (MCSE). Tras el cierre de PYRESA, se incorpora a la revista del Ministerio de Economía y Hacieda, “Información Comercial Española”, cuyo responsable era un joven funcionario llamado Luis Linde, Secretario General Técnico, con quien Manolo tenía que despachar los contenidos de cada edición y que hoy es el flamante gobernador del Banco de España.

         Meses más tarde, Josep Meliá, íntimo amigo de Adolfo Suárez, quiere potenciar la Secretaría de Estado para la Información (ahora, Oficina del Portavoz del Gobierno) y ofrece trabajo a los periodistas de MCSE, oferta que acepta nuestro paisano. Su nuevo lugar de trabajo estaba ubicado en el complejo de la Moncloa, junto a la residencia de los presidentes del gobierno. Allí se encargó, con Aurora Mínguez -actual corresponsal de RNE en Berlín, a la que califica de bellísima persona y excelente profesional-, de elaborar los resúmenes de todos los editoriales y artículos de opinión publicados en los periódicos de Madrid y Barcelona. Trabajaban desde las doce de la noche hasta pasadas las siete de la mañana (debido a este horario intempestivo les llamaban “los panaderos”) y el dossier confeccionado por ellos lo encontraban, a primera hora sobre la mesa de sus despachos, el rey, el presidente del gobierno, ministros y altos mandos del ejército y del CSID. Como en aquellos tiempos no existía Internet, una vez impresos, los resúmenes eran distribuidos por motoristas a las correspondientes dependencias oficiales.

         Manolo se entera del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 cuando hacía cola para pagar en un supermercado que había cerca de su domicilio. Vuelve a su casa, pone la televisión y la radio y se informa de todo lo que se había liado. Conecta telefónicamente con su compañera de trabajo y una vez más, con tranquilidad y valentía, decide ir con su colega a trabajar. Al llegar a la Moncloa a media noche, la policía, que había montado un aparato excepcional de seguridad, les inspecciona minuciosamente y les deja pasar. Allí no había nadie, ellos dos eran los únicos en todo el edificio, ni tan siquiera habían llegado los periódicos. A las cuatro de la mañana aparecieron las primeras ediciones dando cuenta del golpe de Tejero y proceden, como de costumbre, a elaborar el dossier más inquietante que recuerda, permaneciendo en su puesto hasta el final de la jornada.

DIRECTOR DE UN PERIÓDICO

         Estamos a principios de 1983. La UCD había perdido las elecciones celebradas el 28 de octubre de 1982. El PSOE gobierna con mayoría absoluta y la nueva directora general de prensa, Malén Aznares, actual responsable del suplemento dominical de El País, le ofrece a Manolo cuatro periódicos ubicados respectivamente en Almería, Cuenca, Huesca y Jerez para que decida cuál de ellos quiere dirigir. Por su cercanía a Madrid, elige Diario de Cuenca. Muy tranquilo, valiente y decidido había de ser para, habiéndole dado la posibilidad de elegir, escoger aquella opción aunque estuviera más cerca de su lugar de residencia. Cuenca era una las ciudades más conservadoras de España y en ella residía el obispo José Guerra Campos, el prelado más ultraconservador del país y uno de los 59 procuradores a Cortes que votaron en contra de la Ley para la Reforma Política que derogaba los Principios Fundamentales del Movimiento. El jueves 20 de enero de 1983 aparece publicado en el Boletín Oficial del Estado su nombramiento, y nuestro paisano, a punto de cumplir los treinta años, se convierte en el director de periódico en activo más joven de España. Era una situación provisional, mientras se acordaba la subasta o el cierre de todos los periódicos de MCSE, sin embargo, consiguió mantener abierto aquel diario casi dos años incrementando sus ventas un 25%. El aumento del número de compradores lo consiguió cambiando la línea editorial para darle prioridad a los temas locales que pasaron a ocupar diariamente la portada del mismo, especialmente los relacionados con la cultura. En Cuenca se había abierto el primer museo de arte abstracto de España con obras de Zóbel, Saura, Tàpies, Torner, Chirino, Guerrero, Canogar, Chillida y tantos otros, a los que nuestro paisano acogió en las páginas de su diario y le dieron la oportunidad de acercarse a la pintura más vanguardista. 

Pero teniendo por vecino a un personaje como Guerra Campos, lo normal es que se produjera algún encontronazo con él y vaya si lo tuvo. El divorcio, desde hacía algún tiempo, era una realidad en España y en un acto religioso, el obispo arremetió duramente contra el rey por haber sancionado, con su firma, la Ley que lo hacía posible. Si eres director de un periódico y tienes un compromiso con tus lectores, una noticia como aquella debía ocupar la primera página del diario y así lo hizo nuestro paisano. Las consecuencias derivadas de ello casi dieron lugar a un conflicto institucional. Más adelante, se armó de valor y visitó al obispo con el que mantuvo una fatua conversación que Guerra Campos se negó a que la grabara y, como pésimo interlocutor, dio grandes cambiadas para no responder sus preguntas. 


Mostrando a José Bono y Manuel Miralles la maqueta de "Diario de Cuenca" en su visita a la imprenta del periódico, durante la campaña para las elecciones autonómicas (26 julio 1983).

Entre las muchas anécdotas que vivió en Cuenca, Manolo rememora, con especial satisfacción, la publicación de un reportaje sobre la inconstitucionalidad de los símbolos franquistas que abundaban en las dependencias de la propia Administración. Al día siguiente, el gobernador civil, Manuel Miralles –hermano mayor del conocido periodista Melchor Miralles-, mandó a la policía nacional para que quitara los viejos escudos y emblemas. La conservadora Cuenca se convertía así en una de las primeras ciudades que acabó con los símbolos de la dictadura.

Coincidiendo con la época en la que dirigió el periódico conquense, intervino junto a Emilio Romero en Estudio abierto, un programa de la primera de TVE que dirigía José María Iñigo, para hablar de los Medios de Comunicación Social del Estado. De aquella época recuerda la madrugada cuando José Bono, en plena campaña electoral, se le presentó en la sede del periódico y le estuvo enseñando los talleres. A partir de aquel día mantuvieron una relación cordial y, una vez elegido presidente de Castilla-La Mancha, le hizo la primera entrevista que concedió. Le preguntó todo lo que quiso y Bono no eludió una sola cuestión, dando como resultado una provechosa entrevista que publicó durante dos fines de semana consecutivos en “Diario de Cuenca”.

         Acabada su etapa en la Ciudad de las “Casas Colgadas” regresó a Madrid para incorporarse a su puesto en la Moncloa. Trayendo en su equipaje una sólida experiencia profesional, un puñado de amigos entrañables y una relación privilegiada con la cultura de vanguardia. También se trajo tema para su tesis doctoral, pero hubieron de pasar muchos años hasta terminarla y defenderla.

JEFE DE PRENSA DE UN MINISTERIO

         Manolo tiene la suerte de ir dejando amigos y constancia de su buen hacer profesional por donde pasa. Fue precisamente un colega de la época en la que estuvo cubriendo información laboral quien le propuso ir al Ministerio de Transportes, Turismo y Comunicaciones, del que era titular Abel Caballero (1985-1988), para trabajar en el gabinete de prensa. Nuestro paisano, cansado de la rutina de su trabajo en la Moncloa, no se lo piensa mucho. A continuación ocupó este Ministerio José Barrionuevo (1988-1991) que, con anterioridad, había sido concejal del ayuntamiento de Madrid con el alcalde Enrique Tierno Galván y ministro de Interior en la época más dura del terrorismo. Éste le propone que se haga cargo de la jefatura de prensa. Me dice que llegó a conocer bien a Barrionuevo y las palabras que salen de su boca para referirse a él son todas elogiosas. También mantuvo buenas relaciones con el subsecretario del Departamento, Emilio Pérez Touriño, quien años más tarde desbancó a Manuel Fraga de la presidencia de la Xunta de Galicia. Después de Barrionuevo, José Borrell (1991-1996) unificó Obras Públicas y Transportes para formar el macroministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, del que nuestro paisano siguió siendo jefe de prensa. Pero desconfiaba de la interinidad de su situación y preparó oposiciones a funcionario, sacando las de técnico superior de la Administración.

         Una vez más y van… supero con creces el espacio asignado a esta sección de ALMAZARA. Así que, sintiéndolo mucho, no podré contarles a ustedes cómo Manolo conoció a Felipe González en la sede central del PSOE situada entonces en la calle Santa Engracia; los más y los menos que tuvo con los antiguos censores del franquismo -viejos compañeros de Camilo José Cela- cuando trabajaba en la Moncloa; la forma tan impetuosa en que Javier Solana, ministro de Cultura, le despertó de una plácida siesta; su aventura periodística dentro de la cárcel de Carabanchel durante un motín de presos; la llamada que recibió del GRAPO para recoger un comunicado en el que reivindicaba el asesinato sobre el que Manolo había informado; o el incidente que tuvo con el equipo de protocolo de La Zarzuela que estorbaba el trabajo de los reporteros, el día que el rey inauguró el AVE Madrid-Sevilla. En esta ocasión, como en muchas otras, puso en práctica la máxima que sigue desde que comenzó a trabajar como periodista en la Administración: “Mi cometido fundamental es facilitar la labor de mis compañeros periodistas”. Máxima que continúa aplicando desde la jefatura de prensa de AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) y que mereció el año pasado el premio a la transparencia informativa que concede la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

         Hace mucho tiempo, aunque no recuerdo a quién, en dónde ni cuándo, escuché decir a un conferenciante que “son los hombres quienes hacen a las profesiones y no las profesiones las que hacen a los hombres”. Esta verdad incuestionable, durante mucho tiempo, ha permanecido guardada en algún recóndito lugar de mi memoria y en estos momentos, cuando escribía sobre la trayectoria profesional de nuestro paisano, me ha venido a la mente. Y a él se le puede aplicar con absoluta certeza. Los que fueron sus compañeros de trabajo para definirlo, invariablemente, utilizan los calificativos de honesto, trabajador, responsable, servicial… y todos le guardan afecto sin fisuras. 

Con el Ministro de Transportes, José Barrionuevo, visitando las obras de la Estación de Atocha, poco antes de inaugurarse la primera línea del AVE Madrid-Sevilla. A la derecha de Borrell, semioculto, con gabardina blanca, el arquitecto Rafael Moneo, autor del proyecto de la nueva estación. (6 de noviembre de 1991).

         Manolo me asegura que nunca se marcó una meta profesional y que no recuerda haber perjudicado a nadie en su trayectoria periodística. Han sido las oportunidades, guiadas por el caprichoso azar, las que llamaron a su puerta y él, como de costumbre, con tranquilidad, valentía y decisión, las aprovechó; más como reto personal que por otros motivos. Me dice que siempre siguió un consejo que su madre le repetía desde muy pequeño: “Si otro lo puede hacer, tu también”. Se dejó llevar por el devenir del destino y el destino lo encaminó a vivir desde dentro aquel periodo único de la historia de España, al lado de los que hicieron la Transición y trajeron la democracia a nuestro país, pero conservando la independencia de criterio que le daba, y le sigue dando, el no haber poseído nunca un carné político. 

Con el Ministro de Obras Públicas, José Borrell, y la secretaria de Estado de Medio Ambiente, Cristina Narbona, durante una excursión por los Picos de Europa, en Asturias (15 de noviembre de 1992)




A día de hoy,  cuando se aproxima a los  sesenta años y tiene casi amortizada su vida laboral, José Manuel Zorrilla Barroso espera jubilarse y poder disponer de más tiempo para dedicárselo a su familia; al huertecillo que cultiva en la parcela anexa a la casa donde vive en Boadilla del Monte, a 20 kilómetros de Madrid, y que cada año le proporciona jugosas hortalizas; a leer las novedades editoriales y los muchos libros aparcados que tiene; a ver cine, teatro y exposiciones; a seguir corriendo los 30 kilómetros semanales que acostumbra (ha finalizado cuatro maratones, cinco medias maratones y muchas “sansilvestres”) o a recuperar la práctica del tiro con arco que abandonó hace tiempo; y si sus hijos, Viviana y Rodrigo, le dieran la sorpresa de hacerlo abuelo, a disfrutar de sus nietos. Pero yo sé que Manolo, cuando el retiro sea una realidad, dedicará parte de su tiempo a escribir. Nuestro paisano es un escritor nato al que el azar desvió de su vocacional camino por la senda paralela del periodismo.

Tres generaciones: José Manuel con su padre Manolo y su hijo Rodrigo Manuel, después del pregón de las fiestas de San Isidro Labrador (13 de mayo de 2010)


De su buena pluma dan cuenta las muchas informaciones que publicó en el diario donde encontró su primer trabajo y en el periódico que dirigió; también ha dejado constancia de ello en su tesis doctoral “El titular de la noticia. Estudio de los titulares informativos en los diarios de difusión nacional” que, tras muchas horas de investigación y escritura robadas al sueño y a las vacaciones, defendió el 30 de julio de 1996 en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, obteniendo un sobresaliente “cum laude”; y, cómo no, en el magnifico pregón de San Isidro 2010 con el que, según me confiesa, trató de sacarse la vieja espina de no haber podido disfrutar de las fiestas del pueblo durante su juventud. Desde que ocupa la jefatura de prensa de AEMET, también mata el gusanillo elaborando El Observador, una revista de meteorología de la que ya lleva publicados más de ochenta números. 

La familia: Viviana, Manolo, Rodrigo e Inés ( 6 de julio de 2012)


         Quiero finalizar este escrito haciendo una sugerencia a todos los lectores de ALMAZARA. De ahora en adelante, cuando a través de televisión, la radio o los periódicos tengáis acceso a la previsión del tiempo y veáis impreso en la pantalla, oigáis a través de las ondas o leáis en la hoja de papel que dicha información ha sido facilitada por AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) recordad que un paisano nuestro, José Manuel Zorrilla Barroso -Manolo para los amigos y conocidos- cuyo rostro transpira nostalgia cuando habla de Periana, es el jefe de prensa del referido organismo y que, de alguna manera, ha colaborado para que esa información llegue a todos nosotros.


         JOSÉ MANUEL FRÍAS RAYA
Artículo publicado en la Revista Almazara nº 36