lunes, 5 de abril de 2021

"LOS ARCHIVOS TE DAN SORPRESAS" POR JOSÉ MANUEL FRÍAS RAYA.

LOS ARCHIVOS TE DAN SORPRESAS


Casi toda mi vida laboral y muchísimas horas de mi tiempo libre, la he pasado en archivos: “Edificios o locales donde se conservan los documentos ordenados y clasificados que produce una persona, una sociedad, una institución, etc., en el ejercicio de sus funciones o actividades”.


Lugares recónditos y vetustos, donde vive la historia, cuyos orígenes se remontan a la aparición de la escritura. En ellos, siempre me he sentido como en casa. Profesionalmente, desde junio de 1991 a septiembre de 2020, cuando accedí a la jubilación; vocacionalmente, me inicié mucho antes, en el año 1976, y sigo en activo, centrando toda mi actividad investigadora en Periana.


Buscando información sobre el terruño donde viene al mundo, he vivido días gratificantes y decepcionantes, depende de cómo se diera la búsqueda, encontrando algo, por mínimo que fuera, me daba por satisfecho, pero la mayoría de las ocasiones, después de pasar horas hojeando boletines, legajos o periódicos, me iba igual que había llegado, es decir, sin hallar nada. Estos días aciagos, afortunadamente, se veían compensados por otros gloriosos, al descubrir lo que buscaba o algo de lo que nunca había escuchado hablar y no tenía ni la más remota idea de que aconteció.


De mi vida en los archivos como profesional y usuario, podría escribir un voluminoso tratado, referente a sus continentes y contenidos: todos los que conozco, en ambas cuestiones, son manifiestamente mejorables. Personal que los atiende: normalmente culto, entendido y eficiente, con alguna que otra excepción. Gente que los visita: escasa (en muchas ocasiones era usuario único y los días más concurridos, la media docena nunca se alcanzó), docta y silenciosa. Referente a esta última cuestión habría que hacer alguna salvedad: el que esto suscribe, mientras investiga vive fuera del tiempo y en ocasiones, no pudo contener su emoción y contento, al encontrar lo que buscaba o descubrir algo que ignoraba, y lo exteriorizó golpeándose las palmas de las manos, o aporreando la mesa y gritando: ¡aquí está!, ¡lo conseguí!, o ¡no me lo puedo creer! Qué recuerde, esto aconteció cuando descubrí la identidad del alcalde y cura de Periana que se pusieron al frente de los perianenses participantes en la Revolución de Loja; al toparme con una composición poética titulada La República de Periana; una notificación de septiembre de 1875, donde la Comisión Provincial de Málaga, encargada de seleccionar productos para la Exposición Universal de Filadelfia, aconsejaba exponer el aceite de Periana, o saber que el cantante Julio Iglesias desayunaba todos los días con oro líquido de nuestro pueblo, del que decía: “Es el mejor del mundo, espectacular, de verdad”. Afortunadamente, los comprensivos archiveros e investigadores, nunca me llamaron la atención de forma estridente, se limitaron a llevarse el dedo índice a la boca pidiendo silencio, esbozar una ligera sonrisa o felicitarme por mi hallazgo.


Hasta el día de hoy, -los archivos dan sorpresas cuando menos las esperas-, el hallazgo que más me ha sorprendido, fue uno acontecido en el año 1969 del que soy coprotagonista. Os pongo en antecedentes: buscaba información sobre un conjunto musical llamado LOS SALTAMONTES (1), para mi libro 2600 EFEMÉRIDES PERIANENSES, a los que vi actuar en Periana – una de las canciones que llevaban en su repertorio era “Un Rayo de Sol” de Los Diablos - y recordaba qué como protesta juvenil, habían cortado la carretera a su paso por Cañizares. Hice un llamamiento a través de Facebook y Jesús Ortigosa Ruiz “Ferrer”, hijo de uno de los componentes del grupo me respondió. Me confirmo lo del corte de carretera y que su abuelo, Andrés Ortigosa Verdugo, pagó la denuncia que le impuso la Guardia Civil. Me embargó la curiosidad por conocer el contenido de la misma y acudí al Archivo Histórico Provincial de Málaga, donde se custodian todos los documentos del extinto Gobierno Civil, para buscarla.


En la actualidad, una parte de los archivos está digitalizada, lo que facilita cualquier búsqueda, pero en este aspecto aún queda mucho por hacer. Los documentos que buscaba no habían pasado por el proceso de digitalización, así que pedí las cajas correspondientes y comencé a mirar, hoja por hoja, los legajos que contenían. Hasta llegar al escrito que motiva este relato, encontré el atestado por una pelea, con botellazo incluido y puntos de sutura, entre dos personas muy principales del pueblo. Media docena de sanciones a bares y participantes en juegos de cartas apostando dinero. Cuatro denuncias por pastar animales en terrenos no autorizados. Dos escritos dirigidos al gobernador civil, uno de ellos anónimo, dando cuenta de la falta de váter en el Monumental Cinema y el mal estado de mismo. Y cinco partes de denuncia por violencia de género. De pronto me topé con el siguiente documento, que transcribo literalmente, márgenes incluidos (2):


DIRECCION GENERAL 251ª Comandancia.

Línea de Periana. 7 – 19

ASUNTO: De haberse instruido atestado por incendio.-

Excmo. Señor:

Por el Comandante del Puesto de esta residen-
cia y a tenor de denuncia presentada por D. AGUS-
TÍN MATEOS MONTIEL, de 43 años, casado, agricultor,
hijo de Antonio y Josefa, natural y vecino de esta
localidad, con domicilio en calle Queipo de Llano
número 17, ha sido instruido atestado por haberle
quemado un olivo y una pequeña choza existente al
pié de dicho árbol, en una finca de su propiedad
sita en Malpelo del término municipal de Periana
y de la demarcación de este Puesto, por lo que
el referido Comandante del Puesto y Guardia 1º Anto-
nio Burgos Ortigosa, practicaron diligencias, vinien
do en conocimiento que los jóvenes de esta locali-
dad José Díaz Martín de 14 años, hijo de Jacinto
y de María, Isidro Barroso Carreras, de 15 años, hi-
jo de Manuel y de Victoria, con domicilio en la calle
Calvo Sotelo 16, Jacinto Díaz Martín, de 11 años,
hijo de Jacinto y María, con domicilio en calle
Mercado s/n; Antonio Larrubia Ordoñez, de 15 años,
hijo de Antonio y Dolores, con domicilio en calle
Calvo Sotelo 8 (3), José Manuel Díaz (4) Raya, de 14 años,
hijo de Manuel y Dolores, con domicilio en calle
Las Monjas s/n y José Antonio Díaz Muñoz de 13
años, hijo de Juan y María, domiciliado en ca-
--lle José Antonio 30, en ocasión de bañarse en una alberca
junto al citado olivo sobre las 13 horas del día de ayer y
habiendo usado cerillos para encender los cigarros que
se fumaron en el citado lugar, uno de ellos sin poder preci-
sar quien fuese quizá con la punta de algún cigarro prendie-
ron el fuego, el que por los mismos fue sofocado, no sin antes
haber destruido la pequeña choza y afectar al tronco y rama-
je del citado árbol, hecho que por la pareja fue comprobado
en el mencionado lugar, cuyo daño se valora en 1.000 pesetas.
El atestado instruido, ha sido entregado en el Juzgado
de Paz de esta localidad.–
Lo que tengo el honor de participar a la respetable Auto-
ridad de V. E. para su debido conocimiento.


Dios guarde a V.E. muchos años.

Periana 28 de julio de 1.969

EL TENIENTE JEFE DE LA LINEA.


Excmo. Señor Gobernador Civil de la Provincia.


M A LA G A


Así comenzó todo: Jacinto Díaz Ropero “El Gallo”, padre de José y Jacinto Díaz Martín, dos de los mencionados en el atestado, fue a llevar un camión de material para la construcción al cortijo que había en la finca donde se encontraba la alberca; allí vivía, ignoro si en condición de asalariado, arrendatario o medianero, Juan Antonio Ortigosa Pérez “Del Puerto”, que fue alcalde Periana antes de la llegada de la democracia y parte de la tercera legislatura democrática. Al volver Jacinto, le comunico a sus hijos que al día siguiente podían ir a bañarse en compañía de algunos amigos, a la referida alberca.


Pepe y Jacinto “El Gallo”, nos comunicaron a sus amigos de la Calle Las Monjas, la magnífica noticia, y quedamos citados a las diez de la mañana en la puerta de María Teresa Clavero Núñez “La Bartola”. Antes de la hora fijada, todos estábamos en el lugar acordado y en compañía de José Antonio, primo de los anfitriones, que vivía en La Lomilleja, emprendimos el camino a Malpelo. Al contemplar la alberca, me parecía un sueño que pudiera bañarme en ella con absoluta tranquilidad y no en plan furtivo como lo había hecho en otras ocasiones, es decir, con varios niños bañándose y una pareja vigilando, con un saco en la mano donde se guardaba la vestimenta y calzado de los bañistas, para dar la voz de alarma y salir corriendo, si venía el dueño o encargado del lugar.


Rápidamente todos los expedicionarios nos desvestimos y con bañador comprado en algún barato o en calzoncillos nos lanzamos al agua. ¡Daba gusto estar allí! De pronto me vino a la mente la imagen de los bañistas en la piscina de la “Bartola”, que desde la azotea de la casa de mi amigo y vecino Isidro Barroso Carrera “Adolfo” se podía ver. La mañana transcurría repleta de alegría, diversión, gozo y felicidad. Al salir del agua y tras secarnos al sol, ninguno llevábamos toalla, Antonio Larrubia Ordoñez “Curro” (5), sacaba su paquete de tabaco, encendía un cigarro y no lo íbamos pasando ordenadamente. La cuarta vez que esto se repitió, la choza comenzó a arder. De lo sucedido a continuación sobran los detalles al quedar reflejados en el atestado instruido por la Guardia Civil.


Ignoro que hicieron los demás bañistas, yo no dije nada en mi casa sobre lo ocurrido. Por la tarde, algunos nos reunimos en La Peña del Sombrero. Estábamos sentados debajo de un eucalipto, compartiendo un cigarro, cuando se presentó la pareja de la Guardia Civil, nos preguntó si éramos… le dijimos que sí y nos pidió que los acompañáramos al Cuartel. Al ser día festivo, la carretera se encontraba muy concurrida y los paseantes nos miraban con curiosidad. Con la cabeza agachada y silenciosos llegamos a la Casa Cuartel de la Guardia Civil, donde ya estaban los otros bañistas. Uno a uno nos hicieron pasar a una habitación, donde me hicieron el siguiente interrogatorio.


¿Muchacho, dime tu nombre y apellidos?

José Manuel Frías Raya.

¿Cuántos años tienes?

Catorce.

¿Cómo se llaman tus padres?

Manuel Frías Molina y María Dolores Raya Mata.

¿Tu padre ha sido guarda de la acequia?

Si.

¿Dónde vives?

En la Calle Las Monjas.

¿Sabes el número?

No tiene (6).

¿Tú has fumado?

Si.

¿Quién ha tirado la cerilla o el cigarro que ha causado el incendio?

No lo sé.

Busca a tu padre y dile que venga al Cuartel, para firmar tu declaración.

Por la hora que era, calculé que mi padre ya habría venido del campo y estaría jugando a las cartas en el Café de Muñoz. Allí estaba, al contarle lo ocurrido, dejó la partida y Antonio García García “Puchinge”, lo sustituyó. De camino hacía el Cuartel, no abrió la boca para nada, se limitó a pasarme la mano por la cabeza y darme unos golpecitos en el cogote, que interprete más como apoyo que regañina. Firmada la declaración, el guardia nos dijo que me llamarían para declarar en el Juzgado de Paz, donde debía ir acompañado por algunos de mis progenitores (7).

Al llegar a mi casa, el recibimiento de mi madre, que se encontraba en la puerta acompañada de varías vecinas y sabía lo ocurrido al haber ido la Guardia Civil preguntando por mí, fue de los que dejan huella, te hunden en la miseria y quitan las ganas de vivir. Subimos a la cámara donde estaban los dormitorios y esto fue lo que me espetó: “Ya tienes una mancha negra en tu expediente. Ya no te van a dar la beca. Ya no te podrá colocar Pepe Núñez (8) en el banco. Ya no te podrás quedar en el ejército cuando hagas la mili. Ya no te podrás ir a la Policía o la Guardia Civil…”

Los malos presagios de mi madre me sacaron de quicio. Al quedarme solo, me desvestí y acosté, mientras esperaba el sueño, que tardo bastante en llegar, mi mente se puso a cavilar e imagine un futuro más terrorífico que las pinturas negras de Goya. Tenía catorce años, había finalizado mi escolarización obligatoria con la obtención del Certificado de Estudios Primarios, no tenía oficio ni beneficio, trabajar en el campo no me hacía mucha gracia y mis expectativas laborales, según mi madre, las había arruinado para siempre. Con los ojos llorosos, maldije el tabaco y la hora en que comencé a fumar e hice la promesa a San Isidro de que, si salía bien parado de mi situación, nunca volvería a llevarme un cigarro a la boca.

Mi encuentro con el tabaco comenzó a los once años, mi padre, fumador empedernido, siempre tenía varios paquetes de tabaco abiertos por la casa, - recuerdo que todas las mañanas al levantarse tosía escandalosamente, y en el momento que se ponía un cigarrillo en la boca se esfumaba la tos -, un día le cogí un cigarrillo y tuvo el efecto de un flechazo enviciador. Desde entonces, todos los días le sustraía uno para fumármelo después de almorzar, escondido en el arroyo Cantarranas. Me sabía a gloria, incluso llegué a tener un encendedor de mecha (mechero) (9), que me encontré en el Mercado y guardaba en un agujero que había en la pared del Matadero. En ocasiones, llegue a cogerle dos cigarros, pero de ahí la cosa nunca paso. Días memorables eran cuando mi vecino “Fali”, el hijo de Carmen “La Emilia” o “La Fifa”, una de las churreras del pueblo, se hacía con dinero y compraba un paquete de emboquillados y lo repartía entre sus amigos. Mi padre fumaba Ideales y Celtas.

Afortunadamente, los negrísimos vaticinios de mi madre no se cumplieron. El martes 27 de agosto de 1969, recibí la notificación de que me habían concedido la beca del PIO (Patronato de Igualdad de Oportunidades), con una cuantía de 16.000 pesetas. Pero el mes que pase, donde la alegría se me trocó en angustia, y vivir era solo matar un día tras otro, para mí se queda. Por la tarde fui a darle las gracias a mi maestro de la Escuela de Noche, don José Antonio Toledo Molina “Pepito el Malagueño”, que buscó, cumplimentó y echo el impreso de la beca; me preparó para el examen y en su coche me llevó a Málaga para examinarme en el Colegio Nacional Domingo Lozano. También me pasé por la iglesia e hice lo mismo con San Isidro Labrador.

Referente a nuestro denunciante, don Agustín Mateos Montiel que además de agricultor, era uno de los médicos del pueblo –siendo el otro don Ángel Pérez Sánchez-, decir que, durante algún tiempo, lo odié con todas mis fuerzas y le desee lo peor. La cosa se alivió con la concesión de la beca, pero lo hacía responsable de convertirme en un inadaptado. El no fumar, me valió la catalogación de bicho raro en las reuniones de amigos o conocidos, donde todos, chicos y chicas, lo hacían individualmente o compartiendo cigarrillo. Dejar de fumar de un día para otro, con lo mucho que me gustaba y el placer que me proporcionaba, lo llevé fatal. En numerosas ocasiones estuve a punto de quebrantar mi palabra y dar marcha atrás, pero las promesas hay que cumplirlas y más, estando San Isidro detrás.

Con el paso del tiempo, mi actitud hacía el galeno cambió de forma radical: convirtiéndose el odio en infinito agradecimiento. El 27 de julio de 1969, visto hoy desde la perspectiva de la cercana vejez, fue uno de los días más afortunados de mi vida, de no producirse la “bendita” denuncia de don Agustín, con la imparable carrera de “niño prodigio fumador” que llevaba, posiblemente, hubiese terminado muy mal.

POSDATA: Cuando había dado por finalizado este escrito, me he acordado de pronto, que entre los amigos que acudimos a bañarnos a la alberca de don Agustín, también venía José Antonio Peñas Toledo “Manzanares”, de 12 años de edad, hijo de Juan Peñas Molina y María Toledo Villanueva, con domicilio en calle Las Monjas 56, pero al no fumar quedó libre de todo cargo, por eso no figura en el atestado de la Guardia Civil.

(1) El conjunto músico-vocal Los Saltamontes, lo componían José Ortigosa García: bajo, Valentín Gallego López: guitarra rítmica y voz, Andrés Ortigosa García: bajo, Rafael Gallego López: batería y Rafael Ortigosa Torés: vocalista. Un grupo de jóvenes de Río Seco (Periana), que después de trabajar durante todo el día en el campo, se reunían para ensayar en la cuadra del “Cortijo Ropae”. Su andadura musical la iniciaron a finales de los años sesenta, siendo la migración de cuatro de sus componentes a Málaga, Torremolinos y Bilbao, lo que puso fin al grupo.

(2) La denuncia está escrita con gran pulcritud, no tiene una sola tachadura ni corrección. Por el tipo de letra, creo que se hizo en una máquina Olivetti Studio 45, la que tenía un maletín verde con asa para transportarla, la que toda mi vida, hasta que adquirí mi primer ordenador, tuve yo.

(3) El número de la casa de Antonio Larrubia Ordoñez “Curro”, donde iba casi a diario, era el 36.

(4) El primer apellido del que esto suscribe es Frías y no Díaz, como aparece en el escrito.

(5) Antonio Larrubia Ordóñez “Curro”, nacido el 21 de julio de 1953, era niño más popular en la Periana de los años sesenta del siglo XX. Fuerte, valiente, osado, responsable y, sobre todo, muy trabajador. En todo lo que se proponía era un número uno, exceptuando la aplicación escolar.

(6) La casa de mi abuelo paterno, Rafael Raya Zorrilla “Ganguita”, situada en la Calle Las Monjas 9, se dividió en dos, yo vivía en la que daba al extinto Lavadero de las Pilas, frente al hogar de Pensionista, hoy llamada Plaza de Abastos, y no tenía número.

(7) Tal citación nunca se produjo, nuestros padres reunieron el dinero del daño provocado, doscientas pesetas cada uno, obviaron que los hijos de Jacinto “El Gallo” fueran dos, lo depositaron en el Juzgado y la denuncia no prosperó.

(8) Mi madre se refiere a don José Núñez Moreno, conocido popularmente como “Pepe Núñez de Madrid”, perianense de saga y nacimiento, el más influyente de los hijos de Periana. Benefactor de sus paisanos y de su pueblo. Concejal del Ayuntamiento de Valencia, secretario general del Banco Hispano Americano y consejero del mismo hasta su muerte. De quién dijo el Papa Pío XII: “José Núñez es un hijo austero y humilde que no quiere ser ministro”. Su biografía puede leerse en el libro “Viaje a Periana de José Núñez” de Javier Clavero Salvador.

(9) Al dejar de fumar, pensé que el mechero debía aprovecharlo alguien, estuve tentado de dárselo a mi padre, pero no me atreví, lo puse en el primer escalón de mi casa y José Aranda Palomo “Pepe Eromo” lo encontró.


JOSÉ MANUEL FRÍAS RAYA “CALAYO”

1 comentario:

  1. En 1969 vivia yo entre el Cortijo Salto y Cortijo Toré, en Zurrapas, mi padre trastorista de Salto, yo tenia 5 años y medio en julio de 1969 y mi padre se llamaba Eugenio

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