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martes, 29 de diciembre de 2009

Romances X

EL TABÚCO DE LA CASERA
¿Se puede pasar?
¡adelante!
¿es usted el inquilino?
inquilino no,
yo soy Perico
y vengo de la Torre
porque yo estoy cansao
de bregar con tantos guarros,
y me dije, Perico, vete a Sevilla
y enristré pacá
pero me dijeron que en esta casa
se alquilaba un cuarto
y por eso he venio.
Pues aquí lo que se alquila
es el tabuco de la casera
bueno pues yo me cuelo en el tabuco,
lo malo es que el tabuco
resulte chico y no pueda entrar en negocio
se empuja fuerte,
yo empujo, vaya, si arrempujo,
lo malo va a ser la puerca y el rucho,
¿pero también vienen animales?
si venimos tres
la puerca, el rucho y yo
eso es malo
¿malo porqué?
porque tantos animales
no van a caber en el hueco
de la casera
y lo malo es que tiene
la mar de telarañas
eso no le hace
yo le desollino el tabuco
y se lo dejo sin una pelusa
¡Oye! Perico, tu tienes caña
si hombre
yo tenía una que era nueva
pero la mozuela de la jeringoza
se empeñó que yo se la prestara
para coger higos chumbos
y como yo soy asina
que cuan una mozuela
me pie algo enseguia se lo doy
pues la mozuela de la jeringoza
se fue con la caña
y cuando volvió
ya me la había cascao
¿entonces ya no te sirve?
si hombre, entabía si
porque la tengo reliá con guita
¡Ay Jesús!
reliá con guita como las pelotas
si hombre, lo mismo que las pelotas
¡Oye! Perico ¿tu eres casado?
no hombre, yo soy mozuelo
pero tienes novia, una na mas,
si, pero ahora estamos reñios
¿por haber prestao la caña?
no hombre por eso no
a ella le da lo mismo
mi novia también
me la ha cogido muchas veces
ahora si que ella siempre
ha tenio cuidao
y no me la ha estropeao nunca
la bronca fue porque se empeñó
que yo le cogiera
un nio que había en el chaparral,
metio entre unos matorrales,
yo no quería cogerselo
pero me decía llorando,
¡anda! cógemelo Perico
bueno, pues se lo cogí
¿y no le gustó?
lo que no le gustó fue
que se lo soltara
bueno, vamos que la casera
me enseñe el tabuco
eso no le hace
aunque tengo la caña
reliá con guita
aún toavía, me sirve
pa desollinar.

jueves, 8 de enero de 2009

Romances IX


De guardar mis cabras,

venía hacia el cortijo,

cuando de repente,

vi a una moza,

que me llamó y me dijo,

que a la finca del amo,

venía el hijo,

y ella quería lucir,

claveles rojos.

al campo me volví como en la guerra,

con valentía, sequedad y arrojo,

porque al pasar con mis cabras y mi perra,

allá en lo alto de la sierra,

yo vi una mata de claveles rojos,

pero al llegar a lo alto me aflijo,

porque entre unas matas de chumberas,

vi una madre clavelera,

que lloraba por sus hijas,

dos clavelillos rojos que ella tuviera.

Me volví muy triste y lleno de enojos

porque llevar no podía,

lo que mi moza amada me pedía,

donde encontrar claveles rojos,

de pronto recordé, que allá en la alta ermita,

las mozas del pueblo sin enojos,

le llevan a la virgen unos manojos

de rosas, pensamientos y margaritas

y también claveles rojos.

A la ermita llegué ya cansado

jadeante y cojo y entre mis manos

cogí el manojo a modo,

el manojo de claveles rojos,

al cortijo llegué cansado,

cuando vi al señorito

que me llamó y me dijo,

eh! sagal, véndeme ese ramo,

cómo he de vendérselo mi amo,

si este cabrerillo se ha quedao cojo,

por traerle a mi Matilde claveles rojos.

¿A mi Matilde has dicho? ¡Anda y retoza!

y si te quedaste cojo,

vete a curarte a tu escondida choza,

y óyelo bien que solo yo

he de llevarle claveles rojos.

No sé que cosa pasó por mi,

el señorito me clavó los ojos,

y con la fuerza que un talador tala,

me deshojó el manojo,

el manojo de claveles rojos.

Llegué al cortijo, salté tres bancos,

de lágrimas iban preñados mis ojos,

vi una maceta de claveles blancos,

y me fui al campo para transformarlos en claveles rojos,

vi al señorito y una nube cegó mis ojos,

mi cuchillo clavé en su pecho con hambre,

y los claveles blancos empapé en sangre,

y a mi Matilde llevé claveles rojos.

martes, 16 de diciembre de 2008

Romances VIII

PENAS Y ALEGRÍAS DEL AMOR

Mira como se me pone,
la piel cuando te recuerdo,
por la garganta me sube
un río de sangre negro,
de la herida que atraviesa,
de parte a parte mi pecho.

Tengo clavos en mis manos
y cuchillos en los dedos,
y en las cienes una corona
hecha de alfileres negros.

Mira como se me pone la piel,
cada vez que te recuerdo,
que soy un hombre casado,
y sin embargo te quiero.

Desde a tu casa a mi casa,
hay un muro de silencio
de hortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madre selvas oscuras,
y de vidrios en acecho.

Un muro para que nunca,
lo pueda saltar el pueblo,
que está rodando la llave,
que guarda nuestro secreto.

Y yo se bien que me quieres,
y tu sabes que te quiero,
y lo sabemos los dos,
y nadie mas debe saberlo.

Hay que alegría y que pena,
quererte como te quiero,
cuando por la noche a solas,
me quedo con tu recuerdo.

Derribaría la pared,
que separa nuestros sueños,
romparía con mi mano,
de tu cancela los hierros.

Por tal de verme a tu lado,
tormento de mis tormentos,
y después que se me diera,
quedarme en tus brazos muerto.

Nuestro amor es agonía,
angustia, llanto, miedo,
pena, sangre, luna,
rosa, sol y viento,
es morir a cada paso,
y seguir viviendo luego.

Con espada de punta,
siempre pendiente del techo,
salgo de mi casa al campo,
siempre con tu pensamiento.

Para acariciar a solas,
la tela de aquel pañuelo,
que se te cayó el domingo,
cuando venías del pueblo.

Y que no te he dicho nunca,
mi vida que yo lo tengo,
y lo estrujo entre mis manos,
lo mismo que un timón nuevo,
y miro tus iniciales,
y las repito en silencio,
para que ni el campo sepa,
lo que yo te estoy queriendo,
hay que algría y que pena,
de nuestro amor en silencio.
Ayer en la plaza nueva,
mira no vuelvas a hacerlo,
te vi besar a un niño,
a mi niño el mas pequeño.
Y como lo besarías,
Ay! Virgen de los tormentos,
que fue la primera vez,
que a mi me diste un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo,
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
de su boca de amapola,
mordió mi boca tu beso.
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío,
lo pisoteen por el suelo,
aunque la tierra se hunda,
y aún cuando lo sepa el pueblo,
y ponga nuestra bandera,
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos,
Ay! que alegría y que pena,
quererte como te quiero.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Serie Romances VII

MI SERRANA
Tu me quitas el sentío,
porque cada vez que te veo,
me vuelves loco perdío,
con el deseo que yo tengo,
de morder tus labios rojos,
y pasarme muchas horas contemplando,
esas moras pecadoras de tus ojos,
que me están martirizando,
sobre todo mi serrana,
cuando puesta en la ventana,
te camelas de ese modo,
con el gachón que tu quieres,
la mejor de las mujeres,
para que se la lleve un soso,
patoso cacho de bruto,
que no aprecia esta escultura,
en su valor,
con lo que yo diera,
por meterme en tu figura,
un minutito siquiera,
Jesús lo que yo daría,
por poder llamarte mía,
menos todavía un segundo,
¡Ay! en el mundo,
te iba a dar una alferecía,
de gusto entrañitas mías,
escuchando la cadena,
de piropos engarzaos,
y besos atropellaos,
por salir pronto de mi alma,
que a fuerza de palabrerías,
se iban a olvidar tus penas,
oyendo cositas buenas,
por bulerías.
Olvidando tus pesares,
por soleares,
tu me desprecias,
y quieres a otro,
y me vas a ver por las calles,
tirando piedras,
lo mismo que el que está loco,
ay serrana,
esto no es más que un delirio,
tu sigues en la ventana,
camelando ese patoso,
y yo sigo haciendo el oso,
donde a mi cuerpo el martirio,
en verlo que no debiera,
la gracia repajolera,
que tu sin querer derramas,
y el que sin saber la bebe,
y andándose por las ramas,
consiguió volverte loca,
y a mi ponerme mochales,
que yo estaba en mis cabales,
y ahora no sé lo que hago,
ni lo que digo,
Jesús chiquilla que trago,
pa no pasarlo contigo,
si bastara,
para que un querer se perdiera,
romperle a un hombre la cara,
sin cara te lo dejaba,
del bofetón que le diera,
por desgracia no es así,
y si yo hiciera eso,
me aborrecerías a mí,
que solo por un beso de tus labios,
soy capaz de discutir,
y dejarlo sin razones,
pa poderme contestar.
¡Ay! Si me dieras relaciones,
lo de conversaciones sin hablar,
que tendríamos los dos.
A ti no te ha dicho Dios,
que los labios no se han hecho,
para que dos novios se cuenten sus enojos,
se han hecho con más provecho,
para que las bocas se besen,
mientras se miran los ojos.
Que te ha hecho ese alma mía,
pajuato cara de plato,
sin salero ni dinero,
que ni para decir te quiero,
tiene que tener alegría.
Que te han hecho,
o que te hizo,
maldito sea el cenizo,
que yo por más que emporto,
aunque soy un salamero,
garboso y chirigotero,
solo encuentro los desdenes,
que me tienes,
¡pero bueno! caracoles, no le beses,
hasta que me vaya yo,
mujer bueno está lo bueno,
que si no, no sé lo que hago,
ni lo que digo,
porque este trago, es trago de veneno.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Romances VI

CARTA DE UN CONDENADO DEL INFIERNO A UN CONDENADO DE LA TIERRA.


Querido amigo Simón,
yo sé que estarás muy triste,
por nuestra separación,
aprovecho esta ocasión,
primero para escribirte,
me creo que será un consuelo,
esta carta para ti,
mientras pises ese suelo,
por saber que se está aquí,
mucho mejor que en el cielo.

Desmiente lo que te digan,
que aquí en calderas hirviendo,
a los seres que castigan,
ni en constante fuego ardiendo,
a que estemos nos obligan.

Lo que si tiene este infierno,
es un clima superior,
que no varía, es eterno,
ni nos molesta el calor,
ni se conoce el invierno.

Aquí nos dan muy buen trato,
alimentación sobrada,
no se economiza plato,
y como no se paga nada,
todo resulta barato.

Aquí los bienes y males,
se reparten por igual,
no hay diferencias sociales,
y somos todos iguales,
para bien o para mal.

Aquí tienes oradores,
científicos, publicistas,
poetas, historiadores,
satíricos, novelistas,
y grandes legisladores.

Aquí tienes los banqueros,
pero ya sin arrogancia,
sin orgullo ni dinero,
y también gran abundancia
de cómicos y toreros.

Los que ricachones fueron,
y los que mitra llevaron,
los que título tuvieron,
aquí todo lo perdieron,
y con todos se igualaron.

Curas y frailes quizás,
pocos sin venir quedaron,
son los que aquí abundan más,
esos que se condenaron,
condenando a los demás.

Aquí impúdicas rameras,
aquí monjas y beatas,
charlatanas embusteras,
revueltas con verduleras,
y vendedores de patatas.

Aquí es toda gente lista,
y si alguno ,
no lo aprovecha,
viene el diablo,
y pasa lista.

Y a la gloria me lo echa,
pues ya lo comprobarás,
porque aquí vendrás muy pronto,
que a la gloria solo van,
los chiquillos y los tontos.

Aquí en cuestiones de amor,
no hay nadie privilegiado,
se unen a lo mejor,
una monja y un soldado,
y una reina y un pastor.

Anoche salí buscando,
al anarquista Anjolillo,
y me lo encontré cenando
con Cánovas del Castillo.

Torquemada un baile dio,
y con modales atentos,
para el baile convidó,
los ocho mil ochocientos,
españoles que quemó.

Ya ves amigo sincero,
te felicito el pasaje,
y un pase para el portero,
prepárate el equipaje,
y andando que aquí te espero
.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Serie Romances V

UN PLANTE

Oído y silencio señores,
atended camaradas,
que hoy les voy a contar un caso,
que a mí me pasó en Granada,
pero para que lo cuente,
se han de estar manicruzados,
sin toser ni escupir,
sin golpear en la caja,
tampoco pueden reír,
y no hay que pelar la pava,
antes de ayer, no ayer, ni hoy,
no anoche, ni esta noche,
ni esta mañana,
pero al fin señores,
vamos al caso,
y se quedaran con la gana,
de saber lo que me pasó,
el otro día en Granada.

martes, 18 de noviembre de 2008

Serie Romances IV



EN EL BANQUILLO


Llegó el día de dejarla,
porque así lo quiso Dios,
le di un beso y un adiós,
y me marché sin mirarla.

Porque si otra vez la miro,
no me aparto de su lado,
hasta que no hubiese dado,
junto a mí el poeta suspiró,
salí y la puerta cerré.

Y con la mirada incierta,
volviendo a mirar la puerta,
falto de valor lloré,
allí dentro me dejaba,
mis ilusiones, mi vida,
mi felicidad perdida.

La mujer que yo adoraba,
la que mi vida endulzó,
diez años con su presencia,
y al marcharme, mi existencia,
allí dentro se quedó,
vivir no,
existir nada más.

Un año estuve sin verla,
pero el dejar de quererla,
eso no lo hice jamás.

Mi amor estaba dormido,
más no muerto señor juez,
un día la vi otra vez,
y ese día me ha perdido.

Iban muy juntos, los vi,
y sentí en el corazón,
rabia, locura, pasión,
algo que nunca sentí.

Mi cerebro echo un volcán,
vete detrás, me decía,
aquella mujer me atraía,
como el acero al imán.

Caminamos un buen trecho,
ellos delante, yo detrás,
ella iba con su amante,
yo solo con mi despecho.

Sentí en mi pecho bullir,
tristes deseos de muerte,
que maldiciendo mi suerte,
merecían morir.

Como ocurrió no lo sé,
yo en vano de recordar,
solo sé que vi brillar,
un cuchillo entre mis manos,
y aquel hombre junto a mí caía,
la suerte así lo quería.

Más lo maté pecho a pecho,
a ella iba a perdonarla,
yo ya me iba señor juez,
lo mismo que la otra vez.

De su vera sin matarla,
pero oí un grito maldito,
de su garganta escaparse,
grito que vino a clavarse.

En mi alma, maldito grito,
con aquel grito expresaba,
la mujer tal sentimiento,
que lanzando un juramento.

La miré y vi que lloraba,
llorar por el que moría,
maldiciéndome quizás,
nadie ha sufrido jamás.

Lo que yo sufrí aquel día,
mirándola enloquecí,
y maldije mi existencia,
y dije, pues no hay clemencia,
ni para él ni para ti.

Y atraído por el mal,
y perdida ya la razón,
supe hallarle el corazón,
con la punta del puñal.

Esta es la historia de todo,
digo la verdad y no miento,
no quito nada ni aumento,
y a mi suerte me acomodo,
La maté porque una ingrata,
no debe inspirar clemencia,
firmé hacia mi sentencia,
justo es que muera el que mata
.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Serie Romances III


FUE MÍA UNA VEZ




Quién es esa mujer,
¿pero tú no la conoces?,
si es artista y cordobesa,
con andares de gitana.

Vistes como una marquesa,
y andas como una sultana,
si la vieras a caballo,
yo en Córdoba la encontré.

¿En Córdoba? Sí, allí fue,
cuando en la feria de mayo,
las treinta mulas compré,
comentando la corrida,
en la que Antonio Cañero,
sacando su jaca herida,
puso el rejón más certero,
que había puesto en su vida.

Estábamos Pepe Gil,
Paco el de Puente Genil,
y el niño sabio de Lora,
y en la puerta del mercantil,
tomando una de pastora.

Qué de trajes, cuanta alegría,
aquel bullir no cesa,
a donde contribuía,
la gracia y soberanía,
de la mujer cordobesa.

Entre tanta animación,
un grito de admiración,
alarmó a la gente seria,
cuando por la Concepción,
se vio asomar a la feria,
El cuerpo más soberano,
más gallardo y más serrano,
que viera del sol la luz,
sobre un potro jerezano.

Del mejor porte andaluz,
vaya mujer con hechura,
luciendo un traje campero,
de vistosas colgaduras,
que sólo le iguala el cielo.

Ángel que tenga su cara,
no tiene Dios en el cielo,
en su hermosura tan rara,
que si un ángel la mirara,
los demás sentirían celos.

Era arrogante y morena,
y el pelo como la pena,
que desgarra las entrañas,
y llevaba las pestañas,
de la propia macarena.

Era tanta su destreza,
para montar en la jaca,
que entre todas las mujeres,
ella sola se destaca.

Fíjate si llevaría,
el potro con gallardía,
cuando hasta el propio Cañero,
tiró a su paso el sombrero,
diciéndole una alegría.

Mezcla de gitana y reina,
llegó entre palmas y olés,
espuelas de oro en tus pies,
y por corona y por peina,
un sombrero cordobés.

Aquella mujer preciosa,
de hermosura tan completa,
se iba meciendo orgullosa,
como en la mejor maceta,
se mece la mejor rosa.

Preso quedé en su mirar,
como el día la aurora,
y estoy tan esclavo ahora,
como la perla que llora,
su esclavitud en el mar.

Sé que no me pertenece,
que no es de mi condición,
pero ya no hay solución,
porque el hombre siempre obedece,
cuando manda el corazón.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Serie Romances II


DEL VIEJO EL CONSEJO



Deja la charla Consuelo,
que una moza casadera,
no debe de estar en la era,
si falta el sol en el cielo.

Tu hogar estará apagado,
y el mozo que haya contigo,
le está devorando el trigo,
la yunta que tu abandonas.

Mira que está anocheciendo,
y en la ribera lejana,
ya se oyen cantar las ranas,
y están las aves durmiendo.

Que tocan a la oración,
y hay gentes murmuradoras,
cuyos ojos a esas horas,
cristales de aumento son.

Es que los oscureceres,
son unas horas menguadas,
que han hecho ya desgraciadas,
a muchas pobres mujeres.

Mira chiquilla que ha sido,
la tarde muy bochornosa,
y va a ser fresca y hermosa,
la noche que ha podido.

Y está tu galán delante,
y está tu hermanillo ausente,
y está la luna en menguante,
y el amor está en creciente.

Y a la débil luz yo creo,
que sola a salir no atinas,
del laberinto de hacinas,
en que metida te veo.

Tal vez si el mozo me oyera,
pensará que esto es profecía,
creyera que tengo envidia,
o que celos tengo dijera.

Pues con la venda de amor,
no viera que soy un viejo,
que solo con un consejo,
puedo acercarme a tu amor.

Vete muchacha y no quieras,
llorar prematuros gozos,
que sé lo que son los mozos,
y sé lo que son las eras.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Serie Romances I



“A la mujer de la vida”

Yo te quise redimir,
De aquel vicio senagoso,
Te prometí ser tu esposo,
Y llevarte a un buen vivir.

No comprendes mujer loca,
Que los hombres que hoy te miran,
Solo tu candor estiman,
Solo el carmin de tu boca.

Estiman tus pocos años,
Tu juventud retosona,
Y esos ojos de paloma,
Que sufren mil desengaños.

Pasas noches al relente,
Medio heladita de frío,
Te critica toda la gente,
Y te explota un chulo perdido.

Vives fuera de la sociedad,
Que es lo último del presente,
Te señalan con el dedo,
Y te critica la gente.

Hacen de tu cuerpo,
Como si fueras herramienta,
O un coche que han alquilao,
Asperas malas a tientas.

Del enfermo y del borracho
Las dueñas en las casas le maltratan,
Y pasas pena,
Y a lo mejor no te estrenas.


A ti no te da pena,
O sentimiento o algo,
Algo que todo cuerpo lleva,
Todo corazón humano.

Pobre mujer de la vida,
Que desgraciado es tu fin,
Si no llegas a comprender,
Y poderte redimir.

Tu paradero final,
Lo lleva escrito tu vida,
Morirás toda podrida,
Y enferma en un hospital.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Serie Romances



El Romance que a continuación os voy a contar se lo aprendió mi padre. Antiguamente cuando iban a la campaña de la aceituna el único entretenimiento era el de aprenderse cosas antiguas, y era José López Ruíz apodado "José Florián" el que se los recitaba a mi padre que hoy me lo cuenta a mi y yo os lo ofrezco a todos vosotros. He de deciros que me ha costado mucho trabajo copiarlo, y lo he echo fiel a su original, si la mente de mi padre no falla y mi pulso tampoco así es como a principios de siglo se escribían los romances...






“El casamiento de Andrés Porras y María Palizas”


Astro, cielo, sol y luna,
se oscurecen por no ver,
en mi casa aquel retrato,
que yo tengo por mujer.

A la muerte le de vergüenza,
de llegarla a conocer,
los niños de mí se burlan,
y los más grandes también.

Todo el mundo me desprecia,
pobre desgraciado Andrés,
si a la mar fuera por agua,
me viniera sin beber.

Si ustedes me dan licencia,
mi historia os contaré,
todos me escuchen atentos,
sin mover manos ni pies,
ni sonarse las narices,
ni toser por el revés.

Nací en Periana señores,
por debajo del cuartel,
mi madre fue Doña Pina,
mi padre yo no lo sé.

Mi oficio fue colillero,
en tabernas y cafés,
me crié con más fatigas
que un borracho puede tener.

Entré en quintas fui soldado,
en un batallón de a pié,
me encontré todos los palos,
perdidos en el cuartel.

Como un tambor boca abajo,
me dieron tres veces cien,
del calabozo y el cepo,
por milagro escapé bien.

No estuve en más hospitales,
que el de Cuenca y Jaén,
de Pamplona y Alicante,
el de Cádiz y Teruel,
y otros diez o doce o quince,
que sus nombres no los sé.

Tan buenas trazas me dí,
que mandó mi coronel,
que me dieran la licencia,
que no me podía ni ver.

Llegué a mi casa muy bueno,
por si había que comer,
me enamoré de una vieja,
tía de matusalén.

Una zagala de 80,
creyendo que tenía parné,
abrevié mi casamiento,
no sé si me amonesté.

Fuí a la iglesia y me leyeron
un pedazo de papel,
recé el diario y me dicen,
ya está usted casado Andrés.

Nos salimos de la iglesia,
y en la gente reparé,
el ruido de los cencerros,
de calderos y almirez.

Los demonios parecían,
la causa no sé por qué,
tal vez fuera que mi esposa,
no pudo llegar a pié.

Busqué un borrico alquilao,
y yo iba tirando de él,
la causa de no matarla,
fue porque me eché a correr.

Llegué a mi casa corriendo,
ella entró al anochecer,
unas poleas hicieron,
con dos cuartillas de miel.

Mandé que hicieran la cama,
y al punto en ella me entré,
como aquel que tiene sarna,
a dos manos me arrasqué.

Valla un modo de picar,
cada purga como una nuez,
y de esos blancos con rabo,
cada uno como un alfiler.

Viene mi esposa a acostarse,
se enrosca como un chisquel,
yo me estuve enterando de ella,
de la cabeza a los pies.

Su cuerpo era pura tierra,
sin plumas en el churrusquel,
y en las piernas más arrugas,
que momentos tiene un mes.

Su espinazo parecía,
una escalera de pié,
yo disimulé mi enojo,
hasta que dieron las tres.

Y empezó a cagar paella,
ahora sí que estamos bien,
cagó en la cama y la alcoba,
y el pasaiso también.

Si no la saco arrastrando,
se caga hasta la pared,
salí al campo renegando,
de la leche que mamé.

Allí estuve tres días,
pensando lo que iba a hacer,
viene la guardia civil,
y me amarra con un cordel,
y me llevan a Periana,
a disposición del Juez,
y por sentencia me echan,
que me junte con mi mujer,
y con política le dije,
si no se caga está bien,
pero si se vuelve a cagar,
la reviento a puntapiés.

Por mano de la justicia,
me junté con mi mujer,
pero la até en el corral,
y allí le dí de comer.

No hay mal que por bien no venga,
que ahora pienso de vender,
quien carros de estiércol a duro,
que me los llena en un mes.

Estercola plados y viñas,
sin menearse de pié,
y aquel que quiera saberlo,
un duro cuesta el papel.