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sábado, 29 de diciembre de 2012

"Fisterre" de José Miguel Valverde.

Relato participante en el Concurso Literario "Villa de Periana" 2012, autor José Miguel Valverde.

Presentación. 
 
El relato que te presento a continuación dista un poco de los cánones que he seguido hasta los últimos meses. Casi desde que empecé a escribir mis relatos se han situado en lugares, situaciones desconocidas para mí. Quizás haya sido por el miedo a que la gente, erróneamente, asemeje al escritor con el autor: todos lo hacemos. A veces es cierto, otras no. Cervantes y Alonso Quijano; Baroja y Andrés Hurtado; y más recientemente, Eloy Moreno y el protagonista de ‘El bolígrafo de gel verde’. Pero aquí, es dónde está el reto del autor, jugar con esa línea divisoria entre la realidad y la ficción.
Aunque para mí, ésta vez es más fácil, si alguien quiere conocer la realidad del Camino de Santiago sólo tiene que asomarse a El Collar de La Soledad, ahí está la realidad de mi viaje, y la de otros amigos. Es cierto que aquí describo mucho más los lugares, en el poemario me baso más en sentimientos, aquí busco la narrativa. Situar la situación. Redimirme de ese gran error de hablar del sentimiento peregrino en El Rincón de Los Vencidos sin haberlo sentido. Pero darle algo más de juego a la historia enlacé con el amor (tema tan recurrente en mis textos).
Aunque, soy consciente de que el relato puede estar demasiado enfocado a aquellos que ya hemos hecho el extraño camino de las personas comunes. Sin embargo, te pido que le des una oportunidad, puedes recorrer sitios increíbles sin moverte del sitio, o incluso, encontrar tu próximo destino para tus vacaciones. ¿Por qué no?


    Fisterre
   
¿Por qué hice el Camino? Supongo que esa es la pregunta que sigo haciéndome. ¿Por qué elegí empezar en Astorga? Ésa es fácil. Necesitaba un sitio para empezar de cero, donde poder unirme a más desconocidos, y en aquella ciudad leonesa no habría problemas. Algunos peregrinos vendrían del Camino Francés, otros –los menos– lo harían de la Vía de la Plata, y tenía por seguro que muchos empezarían en la capital de la maragatería: sería uno más. Sólo un peregrino en busca de darle sentido a su vida.
Tal y como leería el día siguiente en una iglesia a la salida de aquella preciosa ciudad, lo importante no es la meta; sino, el encuentro con el monte, con el río, con el rumbo que has perdido… con el mismo Dios quizás.
Y, sí, uno de los motivos que busqué para realizar el Camino de Santiago fue encontrarme, desconectar de todos los problemas que dejaba en casa, cerrar el fin de mi relación de pareja. Había sido mucho tiempo con ella, y los últimos años conviviendo juntos en un piso alquilado en el centro de la ciudad, cerca de su lugar de trabajo y algo más lejos del mío. Y, ahora, en nuestra relación había aparecido una tercera persona. Otro hombre. Mas no la culpo a ella, el amor y la vida son así: caprichosos. De aquella persona me enteré al tiempo; no puedo negar que si hubiese sido listo e inteligente lo habría adivinado mucho antes, pero estaba más ciego en el aquí y ahora, en las nuevas tecnologías, en estar en contacto con mis amigos y escribirnos mil mensajes por whatsapp, que en ella. Por ello, no la culpo.
Y allí, en aquella ciudad leonesa empecé a encontrar el verdadero sentido de mi vida. Dormí en el Albergue de peregrinos Siervas de María, y en la habitación pude notar cierta camaradería entre los peregrinos, lo que me hizo pensar que se habían conocido en otras etapas previas del Camino. Con el pasar de los días descubrí que ello no tenía por qué ser así. El Camino une y enseña. Sobretodo enseña a quien es capaz de mirar con buenos ojos, a quien es capaz de aprender de algo tan vivo como el sentimiento de miles de peregrinos en busca de ese encuentro, persiguiendo el rumbo de sus vidas.
A partir de aquella mañana, cuando dejé Astorga, conocí a mucha gente. Con unos intimé. Con otros sólo fue el buen camino. Y con algunos hablé en los finales de etapas. Sin embargo, centrándome en el primer grupo de peregrinos, podía decir que fueron dos mujeres las que más marcaron mi Camino por distintas razones, por ámbitos diferentes. La primera de ellas la conocí en Villafranca del Bierzo, un pequeño pueblo al que llegaría días después; a la otra en Negreira, ya pasada la triste y gris ciudad de Santiago, donde muchos acabaron su viaje.
Mi primer día fue diferente. Distinto de lo que había esperado en un principio. Peculiar, por decirlo de algún modo. Fueron 26 kilómetros –o eso decía la guía– los que separaban la ciudad de la aldea de Foncebadón. Sin embargo, la subida hasta aquel pueblo desolado por el tiempo y malsufrido por los que allí vivían hizo que aquel camino y aquella soledad psíquica no me dejaran reflexionar sobre lo que había dejado atrás. Sobre la relación que murió poco antes de salir, pero hospitalizada durante meses.
Pensaba, ingenuo de mí, que el Camino en una sola etapa sería capaz de darme todo lo que yo no había conseguido en más de catorce meses: clarividencia. Claridad para ver qué hacer con mi relación, ver en qué me había equivocado, qué no había sido capaz de entregar. Sensatez para entender si debía pedir una segunda oportunidad, pedir que lo dejase todo para que fuesen más de diez años, o dejarlo todo en un recuerdo (aún, un bonito recuerdo) y que ella fuese feliz con la otra persona. Respuestas es lo que buscaba. Pero lo único que encontré aquel día fueron montañas empinadas. No hubo tiempo para nada. Ni siquiera para recriminarle nada, ni tampoco a mí.
Aquella noche en aquella aldea pasó muy rápida. Hablé un poco con los peregrinos, pero me acosté pronto. Estaba demasiado cansado, pero sólo físicamente. No tanto psíquicamente, que era lo que había pensado en un principio. La mañana siguiente no tuve nada que dejar en la Cruz del Ferro como habían hecho, y estaban haciendo, tantos peregrinos. Yo sólo llegué hasta Ponferrada, y almorcé en un pequeño bar retirado de lo que era el Camino con un par de peregrinos que conocí en el sótano de la habitación. En el mismo albergue donde vi por primera vez a Blanca.
Aquel bar, era la típica tasca de pueblo. Pequeña, oscura, con poca gente y, sobretodo, peculiar. Muy peculiar. Demasiado peculiar. Estrambótico. Con un mapa en la pared, pero ni político ni físico. Distinto. Un atlas tan mágico que hasta la leyenda rezaba: “Todos los animales son iguales, pero unos más que otros”. Una estructura que debías interpretar, ya que carecía de los espacios y señas a los que estamos acostumbrados. Según me explicaron, aquello era un mapamundi: un águila imperial con el símbolo de un elemento químico en el pico, que ahora no recuerdo, representaba a América. El punto del mapa que correspondería a Europa sólo tenía la iconografía de la bomba atómica, de la explosión. África, sí era un mapa físico con un agujero. Europa y África habían sucumbido al hambre y a la guerra, Asia, o el punto que correspondería a China y Japón, era la energía nuclear, el átomo rodeado de los iones. Según el mapa, y la interpretación que había logrado descifrar, los asiáticos arrasarían el resto del mundo. Se olvidaba de oriente medio.
Y, junto a él, pequeñas reminiscencias franquistas, o más bien, antifranquistas.
Mientras estábamos comiendo recibí una llamada de mi pasado, de la chica que había dejado atrás, y me sentí como Europa, una vieja furcia de la que no quedaba nada. Maltratada por todo lo que tenía alrededor. Y en ese momento entendí, que el Camino es para desconectar. Apagué el móvil. Sólo lo encendía cuando reservaba algún albergue.
Era mi segundo día y ya había cambiado todo.
Villafranca del Bierzo sí cambió mi Camino, mi vida y todo lo que yo había sido hasta entonces. En el camino hacia Villafranca intimé con Blanca. Íbamos andando casi a la par, aunque ella y su grupo un poco adelantados, iban dirección Valtuille de Arriba, un desvío que sólo haría más larga la etapa, y los avisé. Fuimos hablando, habían empezado en León, algunas etapas antes que yo. Se quedarían en Santiago, yo llegaría hasta Finisterra. Era morena, con el pelo largo, la piel oscura también, delgada tras el Camino. Unos ojazos verdes increíbles, y los días de viaje le habían tonificado las piernas, y el pecho resaltaba bajo las almohadillas de la mochila. Blanca… Blanca… Blanca… Su nombre resonaba en mi cabeza desde que me lo dijo aquella noche en el cuarto. Dormimos juntos. Recuerdo cómo se escondió en el saco para quitarse la ropa y dormir. Recuerdo tantas cosas de ella, y de nuestro primer día…
Aquella tarde no comimos juntos. Yo no almorcé. Seguía pensando en el pasado y en la llamada del día anterior. Nunca se puede dejar de pensar en el pasado. Nunca se puede. Nunca. Blanca me preguntó cuál era el motivo de mi viaje: dichosa pregunta. Intenté responderle sin parecer pedante, pero a la vez interesante. No tenía la respuesta a la pregunta, por eso contrataqué hacia ella: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, lo recuerdo muy bien, ella usó viaje, yo Camino.
Me contestó el día siguiente. Pero al menos me contestó, íbamos subiendo el monte de O’Cebreiro, cansados (yo más que ella), y entonces me dijo:
–Estoy aquí para buscar el amor. Para desconectar del mundo que dejo atrás.
–¿Qué clase de mundo puede dejar atrás una chica como tú? –volví a atacar.
–Hay muchas cosas que no sabes de mí. Quizás te de tiempo a conocerlas… Nosotros esta noche dormimos aquí –me dijo mientras alcanzábamos La Faba– ¿Tú sigues?
De repente sabía que no podía dejarla. Había pensado que mi etapa me llevara hasta O’Cebreiro, pero Blanca había roto mi esquema. ¿Qué importancia tenía quedarme allí y dejar de subir unos pocos kilómetros más? A la mañana siguiente estaría más descansado, y quizás andaría más rápido. Blanca era lo que estaba buscando en el Camino, y no la meta en sí. Quería un motivo para seguir: allí lo tenía. Era ella. El encuentro con el monte, con el río… con el mismo Dios quizás, la luz, la claridad… con Blanca.
Quería llegar a O’Cebreiro por una razón: para poder tener entre mis manos la biblia en árabe que estaba dentro de la iglesia de Santa María. Para ojear el resto de biblias en otros idiomas tan distintos a los que yo la conocía. Que no venían a ser ninguno más que el castellano. Pero tenerla entre mis manos en árabe y en hebrero fue un sentimiento único. A la par, el estar allí. En aquella iglesia, junto al cementerio, donde según la leyenda se produjo el milagro eucarístico y el vino se convirtió en sangre y el pan en la carne de Cristo por la falta de fe de aquel sacerdote, y por el exceso de credo de aquel campesino, al que no le importó la tempestad, ni la nieve, ni ser el único allí.
Según mi viejo plan el día siguiente debía dormir en Fonfría. Otra pequeña aldea a la que llegar; si hubiese dormido en O’Cebreiro la etapa sería corta para poder recuperarme, y después pasar por Samos. Pero todo cambió. Todo. Las etapas me llevaron a Tricastela y a dormir en Sarria. Pueblos por los que yo sólo pasaría de paso, o ni siquiera pasaría. Era todo tan extraño. En mi vieja vida, cualquier cambio de última hora siempre me sentaba mal, no los soportaba de ninguna de las formas, y sin embargo ahora…
Aquellos días no me importaba lo más mínimo romper todos mis esquemas, rehacer las etapas una a una para amoldarme a Blanca y su grupo. Es más, cada día que pasaba me despertaba pensando, deseando, implorando un cambio. El no saber qué hacer. Pero no hubo más. Desde ahí volvimos a seguir la guía, y por tanto las etapas que tenía preparadas y asumidas desde el principio.
En Sarria fue necesario reservar un albergue. Tuve que volver a encender el teléfono y llamar, y lo que ello implicaba: recibir mensajes de llamadas perdidas. Varias de mi familia, que sin dudar devolví. Después también tenía más llamadas de mi pasado, que volví a obviar, pero me hicieron daño. Blanca lo notó sólo con mi mirada porque no dije palabra…
–Cuánto más quieres que algo desaparezca, más daño te hace. Si no podías con ello has hecho bien en dejarlo
¬–Pero… –acerté a decir– ¿cómo sabes eso? Si aún no he podido decir nada; si ni siquiera he podido asimilarlo yo.
–Shhhh. No digas nada. –Y entonces me besó.
Le seguí el beso. Y no dijimos nada de aquello, apagué el móvil y olvidé los recuerdos. Al menos lo intenté. Renacer. Y de nuevo, una ciudad-encuentro, un punto de origen para muchos. La ciudad más cercana de Santiago donde entregan la compostelana. Por lo tanto, otro buen lugar para comenzar. Para ser uno más. Sólo un peregrino, un peregrino solo en busca de darle un sentido a su vida. Y quizás lo estaba encontrando, o tal vez estaba yendo demasiado rápido. Shhhh.
Desde Sarria a Portomarín, y de éste a Palas de Rei. Dos días que pasaron muy rápido, aunque clarividentes. O eso pensé. No hubo comentarios sobre aquel beso, pero cada vez que la miraba a los ojos veía algo más. Un brillo especial. Una compenetración más allá de las palabras o de los amantes. No encendí más el móvil: no hacía falta. La relación había acabado antes de dar el primer paso, antes de sujetar por primera vez la mochila, de clavar el bordón en tierras castellanoleonesas y yo había renacido en aquella ciudad con un beso. Los problemas habían desaparecido, o al menos, se habían ocultado bajo la luz de unos labios. Todo un mundo de sombras empezaba a nacer en mi interior.
Llegamos a Melide, ciudad dónde era imposible pasar sin probar el fantástico pulpo a la gallega de la pulpería Ezequiel. En el almuerzo, el grupo de Blanca, y entonces también el mío, sufrió una baja. Pero, con una sonrisa provocada por la felicidad que da el saber que has cumplido tu Camino, tu misión. El saber que todo lo que carecía de sentido ahora está lleno de inspiración y deseo. Llevaba varias etapas mal, y ése día lo decidió. Se quedó en el albergue de Melide a dormir, nosotros, por la tarde, avanzamos hasta Castañeda. Blanca y yo, dormimos en un pequeño albergue privado, el Albergue Santiago. Dormimos los dos en una habitación. Solos. El resto del grupo, llegó antes y durmieron en otro, un poco más barato que el nuestro. Pero acompañados por más peregrinos que habían decidido, como nosotros, acortar la etapa del día siguiente.
Y desde entonces mi camino, mi vida, mi cometido ha sido la constante búsqueda de esa palabra que explique, de esa metáfora que exprese, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de dar ese beso, ese primer beso que abra la puerta al resto. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada. Perdido en la inmensidad del océano que son sus ojos. Ahogado en lo eterno de lo efímero. Sin palabras que lo describan.
Hicimos el amor cuando su boca consiguió rescatarme del aguamarina de sus ojos.
Nada volvió a ser lo mismo. No digo peor, ni mejor. Tan sólo distinto. Distinto de lo que había esperado en un principio. Especial, por decirlo de algún modo. Como niños tuvimos que ocultar lo que habíamos hecho a los ojos de los demás, como enmudecimos días antes el beso y las miradas huidizas que se escapaban de la tierra al mar. Del océano a la montaña. Nuestro último día hicimos noche en Pedrouzo. Cuando todos dormían, y el silencio del albergue sólo era quebrado por la respiración de aquellos peregrinos, aprovechando que mi litera era la del suelo, y que cualquier ruido sería ocultado entre los ronquidos, abrí la puerta y salí a la calle. Encendí el móvil. Esperé. Saqué el cigarro. Lo encendí. Primera calada. Editor de mensajes. Segunda calada. Activar texto predictivo. Expulsar todo el humo. 5-6-0-7-4-3-6-8-6. Tercera calada. Enviar. Apagar el cigarro. Apagar el móvil. Volver a la cama. No lograr dormir.
Desde mucho antes de hacer el Camino de Santiago siempre había oído hablar de el Monte do Gozo, del Conxuro da Queimada, de mil leyendas e historias que sucedían en aquel lugar. Para mí, fue la Colina da Carencia. Una de las grandes desilusiones de mi viaje. Ni era tan alto, ni me pareció mágico, ni siquiera pude ver Santiago porque la niebla y la llovizna gallega me lo impidieron. Casi ni siquiera podía llegar a ver los ojos de Blanca, y mucho menos dilucidar si era media sonrisa, o pena, lo que mostraba su rostro.
Otra de las grandes desilusiones llegó ese mismo día, horas después. El fin del viaje no pudo tener peor epitafio. Desde la Plaza del Obradoiro Santiago de Compostela era una ciudad gris, triste, y fea. Una ciudad gris forjada sobre las rocas de sus grandes monumentos, sobre la catedral que poco a poco iba dejando paso al musgo en las infinidades de sus torres. Triste porque la niebla era su segundo apellido, y ésta, en la noche, no dejaba ver aquel campo estrellado que rezaba en el primero. Y fea porque abandoné mi amor peregrino allí. Un amor insólito, romero y penitente. Herrado y errado.
Ni Blanca ni yo abrazamos el Santo. Demasiada cola y demasiadas cosas por hacer… La principal, y tal vez la única que no sería sólo un recuerdo, recoger la compostelana. Allí, tras otra espera –tal vez no menor que la necesaria para abrazar a Santiago– pudimos recoger aquella acreditación que afirmaba habíamos llegado a la iglesia, aunque se recogía en la Oficina del Peregrino, con fe cristiana. Y en aquel papel, Blanca conoció por primera vez mi nombre. En el Camino éstos no importan, el peregrino va más allá. Pero, según rezaba mi compostelana, Iacobus. Sanctus Iacobus; Sant Iaco; Sant Iago: Santiago.
Acabó nuestro sueño idílico. Aquella noche volvimos a dormir juntos en una habitación, volvimos a fusionar nuestros cuerpos sin ocultarnos de nada, ni de nadie. Mas fue la última vez. Yo lo sabía, ella lo sabía, el Camino lo sabía. Y al despertar comprendí la frase que había leído en el libro de firmas de la oficina:
“Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí”.
La blanca luz no volvió a brillar más en mi cielo estrellado. Nos separamos como se separó el apóstol de sus compañeros, como se separan los arroyos de los ríos en verano. Al conocernos hablamos de lo que haríamos al llegar a la ciudad. Ella volvería a su tierra; yo, conocería más tierras gallegas. Mi destino era Finisterre, “la última sonrisa del caos del hombre asomándose al infinito” como dijo Cela. Lo que necesitaba: encontrar la última sonrisa entre el caos. En el infinito de mis dudas, en lo perecedero del valor que murió con aquel mensaje, del que jamás supe la respuesta. No encendí el móvil; acabó en el Atlántico.
La segunda parte de mi viaje se me antojó más extraña que la primera, pero a la par más hermosa. Ésta vez sí eran paisajes gallegos en su pleno esplendor. Ésos con los que sueñas cuando te hablan de estas tierras. Sí. Esos bosques inmensos dónde viven las meigas entre la niebla. Donde las bruixas hacen algo más que jugar. Donde habita la Santa Compaña. Donde sólo su compañía ahuyentaba todo el miedo que mi alma sentía.
La conocí en Negreira. Otro pequeño pueblo, el primero de la segunda fase de mi Camino. Un albergue pequeño de no más veinte, o veinticuatro plazas. Yo volvía a estar solo. Y ella, este año, también. Nos tocó dormir en la misma habitación. Junto a otra pareja más. Imagino que estar solos los dos hizo unirnos más, que entabláramos esa amistad: ir con alguien es cerrar puertas. Que me dejara aprender a su lado, y disfrutar de su sonrisa. Era tan distinta de Blanca; parecía tener todas las respuestas que yo no encontraba.
Era pintora, según me dijo. Había estudiado Bellas Artes, y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a su pasión. Era su forma de vida. Y el Camino sería parte de su nueva colección. No todos los meses podía comer en los mejores restaurantes pero hasta la comida más ínfima supera la gloria si estás a gusto con tu alma. Y aunque para ti no tengas todas las respuestas para los demás sí puedes tenerlas porque quizás sea verdad que siempre es más fácil solucionar la vida del resto que la tuya propia.
Como buenos peregrinos, nunca dejamos de andar. En Negreira dimos un pequeño paseo por un camino vecinal que acompañaba al río Tambre. Y no pudimos dejar de fijar nuestros ojos en el pazo que quedaba junto al sendero, y en aquella pseudotumba o pseudoaltar celta, no logramos concretar qué era. Tras aquel paseo volvimos al pueblo, y en la Plaza do Cotón sí pudimos descifrar el significado de aquel monumento tan escalofriante. Un monumento al emigrante. La mujer debía quedarse en tierra con sus hijos, el hombre luchar contra sus raíces y el amor del hijo, que desde el otro lado, se aferra a su pantalón. El sustento de esa familia que sólo pasa por la azada del padre.
La siguiente parada sería en Santa Mariña, de nuevo un albergue pequeño. El único del pueblo, junto a un bar. Y éste, era una casa convertida en albergue para aprovechar el poco dinero que los peregrinos pudieran dejar en aquel bar, en aquel pueblo. La vida no era fácil para aquellas personas. Ni para nosotros.
Aquella noche Aura se confesó conmigo, y yo un poco más con ella. Le hablé con lágrimas en los ojos de mi vieja relación, aquella que había terminado y motivado el inicio de mi viaje; le conté sobre Blanca, sobre cómo una persona puede tambalear tu mundo con una sola mirada; sujetándole la mano, le susurré que estaba más perdido que nunca. Y ella me habló de su soledad. De la soledad impuesta: “Yo no tengo pareja, pero no por elección”, comentó. Y siguió abriendo su alma: “Pero sigo aferrándome a la idea que no será así siempre, la soledad nunca ayuda”, y atacó directamente a la mía: “Tampoco ayuda engañar al corazón por el miedo a estar solo, porque sigues estándolo; en la vida, hay que ser fiel a uno mismo. No creo en mundos que se tambalean. No, ya no…”. Y continuamos hablando aquella noche como nadie lo había hecho hasta ese momento. No, no hablo de amor, no pasó nada entre los dos. Fue algo más profundo. Si fuera supersticioso, diría que fue una fuerza mágica, tal vez una meiga o un ángel que el Camino puso en mi camino para poder comprenderlo todo y avanzar de casilla en este juego.
Hablamos mucho aquella noche, intimamos y desnudamos nuestras almas más allá de las máscaras, como sólo los grandes amigos llegan a descubrirse tras tantos años de compañerismo, tras años de apego y afecto. Las lágrimas oxidaron el candado de nuestros corazones, y no nos importó que el otro fuese capaz de entrar y difuminar las sombras.
Sus consejos no tuvieron nada que ver con los de Blanca. Aura era un alma más pura, más elevada. Mi alma había caído a los infiernos, o al menos ya no estaba en el limbo. Mucho menos en el cielo hasta que ella me salvó. Sus palabras me animaban a solucionar los viejos problemas que había dejado antes de salir. A buscar respuestas. A hacerme ver que si llevaba dos semanas haciendo el Camino y no había usado el móvil para hacerme el fuerte, la seguía amando y podría volver e intentarlo. Intentar arreglar los problemas, recuperar una vieja relación, y, quizás, descubrir que aquella tercera persona no era tal. Quizás seguía sintiendo algo por mí.
Ella subió a la habitación de las chicas prometiendo que esa noche sus oraciones irían por mí. Yo, en mi habitación, no pude dormir. Me quedé pensando en todo lo que me había dicho Aura en la cocina. Sabiendo, que el día siguiente nos tendríamos que despedir. Nuestros caminos sólo se habían rozado, habíamos intentado curar nuestras almas en ese cruce pero no lo logramos. Ella salvó la mía de la morgue, volvía a estar en la UCI, pero yo ni había visitado su habitación. Hospital nos separó. A las afueras una rotonda con un mojón xacobeo señalando a Finisterra y a Muxía fue testigo de nuestro abrazo. De la despedida de la segunda persona, en tiempo, que había marcado mi camino; y la primera, en profundidad, que había marcado mi Camino.
“Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí”
Blanca y Aura. Dos mujeres tan distintas. Aura y Blanca. Dos formas de ver la vida. Ambas habían sido la tangente de mi círculo, sólo puntos en común que crees pueden hacer cambiar de rumbo tu destino, elipsar tu circunferencia, pero no desvían ni un grado el ángulo de tu vida. Al final todo termina igual. Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.
Llegué a aquella ciudad. Última gran decepción del camino. Era una ciudad, ni un pueblo, ni una aldea. Más grande de lo que esperaba. Menos mágica de lo deseado. Y con un ajetreo de vida más típico de ciudades periféricas de España que del fin del mundo. Sin embargo, una forma única de acabar todo este proceso: cual ave fénix.
No cesé de andar, mis pasos me llevaron al faro. Como la estatua del peregrino, que vi durante la subida, me enfrentaba a la adversidad. Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Ver desde el fin del mundo como el sol que es devorado por el mar la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas aun sabiendo que no vencerá. Anhelaba resurgir mi alma y volver a intentarlo. ¿Contra quién lucho? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero. Quizás una lección por aprender. Tal vez este viaje no tenga futuro. Quizás sólo queda el pasado que creí abandonar, y el Camino sólo fue un camino. ¿Mi relación había muerto? No lo sé.
 
José Miguel Valverde

miércoles, 21 de septiembre de 2011

A NUESTROS PROFESORES

A NUESTROS PROFESORES...
A nuestros profesores queremos felicitar que nos dan tanto cariño y se entregan cada día a enseñar a los demás.
Mientras me hice la falda para nuestro carnaval, te observaba a tí, Victoria, como te das a las demás mujeres que hace unos meses no sabían ni firmar y miro para sus cuadernos y me quedé asombrada, escriben y hacen cuentas, como te vuelcas en ellas, eres una profesora ejemplar.
De nuestros carnavales como os ibais a olvidar, para el día de la mujer lo fuimos a celebrar, fue una tarde muy bonita la que nos hicisteis pasar. Cuando llegué a clase, las de la tercera edad, todas tan entusiasmadas poniéndose plumitas y la cara muy pintada, pero ¡qué guapas estábamos las de la tercera edad!. Y todo por nuestros maestros que son algo muy especial, no dejéis de sacar cosas, nos tenéis admiradas.
Estábamos reacias a cantar en carnaval, con la tarde que pasamos como en nuestra mocedad, ni nos dolía el lumbago, allí no dolía nada. Hartitas de chocolate y de todo lo demás, sin parar de cantar.
Gracias a nuestros maestros que nos dais felicidad.

Eloísa García Frías.

sábado, 26 de marzo de 2011

Mis recuerdos de Periana de Paco J. Guerrero recogidos en el libro "Lluvia".

Paco J. Guerrero nació en Periana, un hermoso pueblo enclavado al noreste de la comarca de la Axarquía malagueña. Casado y con tres hijos que, junto a su mujer, son su tesoro mejor guardado.

Aceitunero con dientes de leche y seminarista en su infancia y parte de su adolescencia. Cuando tenía 16 años, su familia se trasladó a Barcelona, como muchos otros paisanos, huyendo del hambre y del cacique. Durante algunos años compaginó trabajo, estudios y deberes propios de la militancia de base en el PSUC. Con 27 años fue elegido presidente del comité de empresa. El mejor recuerdo de ésta época es haber puesto un grano de arena en pos de la democracia y habilitar, junto a sus compañeros de comité, una biblioteca para uso y disfrute de los trabajadores de la empresa donde prestaba sus servicios.

HOBBYS
Su familia, sus amigos, jugar a tenis, leer cuando no escribe, escribir, la música, visitar su pueblo natal, Barcelona y el Barça.

INFLUENCIAS MUSICALES

The Beatles, La Nova Cançó, Pink Floyd, Joan Manuel Serrat, Paco Herrera, Gary Moore, Si se acuerda Cris, Haendel, Tomasso Albinoni, Fito y los Fitipaldi. Etc.

INFLUENCIAS LITERARIAS

El Capitán Trueno, Decámeron, La Madre, El Faro del fin del mundo, El último Catón, La sombra del viento, Los hombres que no amaban a las mujeres.


SINOPSIS
“La crueldad del franquismo en la postguerra, que en Andalucía duró más de la cuenta, logró todos sus propósitos: El hambre, el analfabetismo, el miedo, la miseria, el silencio…

Todos menos uno: El esfuerzo tenaz de una niña de catorce años que se propuso, a golpes de amor, sacar a su hermano, pequeño, Curro del analfabetismo y la escarcha que se escondían debajo de los olivos andaluces, con la única ayuda de Carmencita y los días de lluvia.”


MÁS INFORMACIÓN EN SU BLOG:

domingo, 6 de marzo de 2011

Dos amigos como dos hermanos. Por José Manuel Fernández

DOS AMIGOS COMO DOS HERMANOS

Hola a todas y a todos los lectores que seguís este Blog dedicado al pueblo de Periana y sus Aldeas: Mi nombre es José Manuel y soy vecino de este maravilloso municipio de la Alta Axarquía.
En este artículo os voy a describir a una persona que posee unas cualidades humanas y profesionales incuestionables. Un joven al que siempre le estaré muy agradecido por haber sido parte en mi vida ofreciéndome su amistad más sincera.
Su nombre es José Antonio Fernández Fernandez, vecino de nuestra localidad y trabajador del Ayuntamiento de Periana (Málaga).
Es hijo de Antonia y Antonio “Cenizo”, sus tres hermanos son: Jorge, Lourdes y Domingo.
Actualmente, se encuentra casado con Mariola, profesora de Geografía e Historia en el IES “Alta Axarquía” de Periana.
Vivió con su familia en una pequeña casa en Calle Carrascal, lugar que abandonaría cuando contrajo matrimonio en 2006.
En su infancia, tuvo que hacer frente al duro golpe de ver fallecer a su madre. La fortaleza con la que afrontó este revés le permitió cuidar de su padre y sus tres hermanos. Aún la vida se cobraría otra víctima en su familia con la muerte de su padre.
José Antonio ha podido sobreponerse de tanta desgracia con la ayuda de hermanos, familiares y amigos.
En el ámbito laboral, sus primeros pasos los dio como monitor y técnico deportivo, roles que desempeñaría hasta 2008, año en el que comienza a trabajar en la central del Ayuntamiento Municipal.
En su larga experiencia destacamos las diferentes generaciones de niñas y niños a los que ha sabido transmitir los valores que impregna la práctica deportiva. Ha coordinado y dirigido múltiples eventos deportivos y culturales (campañas deportivas de verano e invierno, torneos y circuitos deportivos, carnavales, actos de la Semana Cultural, fiestas patronales y veraniegas, entre otros eventos).
En su trabajo, nunca responde con un No, realiza con ilusión y dedicación las tareas que se le encomiendan. Los obstáculos que se le plantean no los considera una traba en su camino, sino un reto que superar para seguir mejorando.
Ha llegado el momento en el que os justifique el gran afecto y gratitud que tengo hacia este joven perianense:
Desde pequeño siempre he sido un niño muy tímido e introvertido, me costaba relacionarme con la gente y, por consiguiente, hacer amigos. Un muchacho que ha tenido la suerte de crecer en el seno de una familia unida y luchadora por naturaleza.
Cuando escolaricé en Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, una parte de mis compañeros y compañeras del cole se trasladaron de domicilio desconociendo su paradero. A partir de estos momentos me sentí solo y centrado, exclusivamente, en los estudios.
Esta situación cambió cuando conocí a José Antonio, una persona que, sin dudarlo un instante, me brindó su amistad desinteresada. Él no se conformó con ser mi amigo, me abrió las puertas de su casa para visitarla cuando quisiese.
Día tras día, me demostraba que era de ese tipo de personas que escasean; a las que puedes contar tus intimidades y problemas, las que te orientan y asesoran, en definitiva, las que están en los buenos y malos momentos.
Además, me dio la oportunidad de colaborar en las diversas campañas y actividades deportivas organizadas por el Ente Institucional, hecho que consolidaría mi vocación como educador.
Podría seguir escribiendo acerca de su nobleza y bondad con los demás, pero me extendería en demasía.
Como bien expresa el título, José se convirtió en mi mejor amigo y se comportó como un verdadero hermano.
Este es mi pequeño homenaje a un gran profesional y mejor ser humano.


¡GRACIAS JOSÉ! … puedes contar conmigo para lo que necesites

lunes, 28 de diciembre de 2009

Relatos de Eloisa

MI MADRE
Mi madre, una persona a la que yo adoré, era sencilla, humilde, correcta y de un gran corazón. Para mí era especial, llegué a tu vida después de haber alumbrado a once hijos, yo hacía la de doce. Pasaste pena, se te fueron tres, quedamos nueve, ¡cuánto tuviste que luchar y padecer... trabajar tan duro para podernos criar esa casa de familia y sin ninguna comodidad!
Cuando me fui de tu lado a otro sitio a vivir como yo te recordaba siempre, pensaba en ti, tú ibas a verme y yo desde lejos te veía venir, decía, aquella es mi madre, como cuando era niña corriendo iba hacia ti, yo me encontraba muy sola, ¡cómo te añoraba!, cuando conmigo estabas, yo me llenaba de ti, tu ilusión era verme en tu casa, tu sabías sin decirte nada como era mi vida, allí siempre me aconsejabas que volviera a casa, que tu casa estaba allí.
Autora: Eloísa García Frías

jueves, 15 de octubre de 2009

Relatos de Eloísa.

¡ QUÉ DURA ES LA VIDA!

Hoy me encuentro sola, y pienso, con quién hablar, y me he dicho escribe, escribe, que escribir es dialogar.
Me pregunto ¿qué es la vida? ¿la vida al final no es "
Te has preocupado por todos, te has dado a los demás, ¡tanto , tanto has luchado, y todo "pa qué, pa "!
Eso decía mi madre, y yo decía: ¿qué dirá?
Ahora comprendo y digo, qué verdad.
Cuando más lo necesitas, nadie la mano te da y si te encuentras hundida, te acaban de rematar.
¡Ay qué dura es la vida! Si te pones a pensar, lo mejor es no pensarlo y ponerse a bailar y reírse de la vida aunque lo pases muy mal.
Y saber que aquí venimos a este mundo a luchar.
***

Relato de Eloísa García Frías, gracias por participar en este blog.

lunes, 20 de julio de 2009

Los Relatos de Eloisa

Carta a mis hijos
Queridos hijos: llegasteis a mi vida dándome inmensa alegría.
Cuando escuché vuestro llanto por primera vez, os cogí en mis brazos temblorosos por la emoción, ¡cómo podía estar yo viviendo aquello tan bonito! Era lo mejor que a mi me había sucedido. Aquellas dos personitas eran mías, salidas de mí, ¡por fin habíais llegado al mundo! Abandonábais el cómodo refugio que habíais tenido durante nueve meses, en los que os había mimado y alimentado. Os vi crecer día a día. sentí vuestra primera palabra "mamá" y di mil gracias a Dios por teneros; ¡ os quería con locura! ¡os tenía tanto amor y ternura que cuando os llamaba me temblaba la voz!.
Compartía vuestras risas, vuestras alegrías y, si os veía tristes, yo también me entristecía, si os poníais malitos de momento al médico.
Recuerdo vuestro primer diente que entre risas os veía.
Vuestro pelillo saliendo, yo os contemplaba día a día; vuestro primeros pasitos mis brazos os sostenían y cuando al fin os dormíais me recreaba con vosotros. ¡Cuánto amor que os tenía!
Compartía vuestros juegos, ¡qué de experiencias vividas!
Ahora ya sois mayores, y la vida me ha cambiado; yo os quisiera tener dormidos en la cunita, ¡pero os sigo queriendo igual que aquel primer día! y le doy gracias a Dios por teneros en mi vida.
***
Autora: Eloísa García Frías.
Gracias Eloísa por participar en este blog y contarnos tus experiencias.

sábado, 27 de junio de 2009

Antología Literaria Juvenil de la Alta Axarquía.

DÉJANOS VIVIR
Esta historia, se supone vivida por un pájaro al que se le atribuye la capacidad de pensar, razonar y sentir lo que ocurre en su entorno.
- Creo que es hora de salir del cascarón; hace mucho calor aquí dentro - pensó Poppi ( el pájaro protagonista)-. Tal vez ya debería estar naciendo. Lo intentaré.
Así pues, Poppi comenzó a picotear la cáscara, y realmente ya era la hora.
- ¡Oh, si! Es fácil; pronto veré la luz, - se ilusionó Poppi- debe ser maravilloso el mundo de ahí fuera.
Y Poppi vió la luz; asomó su cabecita, y, sin pensarlo ni un momento, se aventuró a salir del huevo. ¿Cuál no sería su sorpresa al descubrir que a su alrededor, otros dos huevos se rompían también?. Pero había más. Un pájaro más grande que él se encontraba a su lado.
- Tu eres mamá, supongo.
- Si; yo soy mamá, contestó cariñosamente, y los que están saliendo del cascarón, serán tus hermanos. Los querrás mucho. ¿verdad?.
- Si mamá, los querré mucho.
Y así, se formó una gran familia de pajaritos.
Transcurrían los días felizmente en el nido. Mamá pájaro iba y venía constantemente con insectos, gusanos y cualquier cosa que pudiera mantener entretenidos los pequeños estómagos de sus hijitos.
A menudo, Poppi discutía con sus hermanos; el tema era siempre el mismo: ¿ a quién le tocará el próximo manjar?.
- El próximo gusano que traiga mamá será para mí - , advirtió uno de sus hermanos - .
- ¡De eso ni hablar! - replicó el otro - ; tú acabas de comer, así que del siguiente me ocupo yo.
- Bueno, basta ya de discusiones, - sugirió Poppi - sabéis muy bien que mamá nunca se equivoca cuando se trata de nuestro alimento. Siempre lo hace siguiendo un orden correcto y procura ser justa con nosotros, ¿ o acaso nos ha fallado alguna vez?.
- No-, asintieron sus hermanos avergonzados -.
- Entonces dejad de protestar. Además, es muy cómodo quedarnos aquí a esperarla siempre, mientras ella sale a arriesgar su vida, porque he oído que hay hombres que matan a los pájaros para...
¡Qué barbaridad! - gritaron sus hermanos interrumpiéndole -. No es posible, no lo entiendo. ¿Por qué dices que la van a matar? Es para asustarnos, ¿verdad?
- No - contestó Poppi -. No es para asustaros, es la verdad, aunque yo tampoco lo entiendo. Pero no os preocupéis; tal vez mamá tenga suerte, y la dejen vivir.
Entretanto, llegaba mamá pájaro con un exquisito gusano, así que dejaron el tema para mejor ocasión.
Bueno, en realidad, Poppi no lo dejó del todo. En su mente seguía reinando la confusión, el miedo y muchas dudas, preguntas sin respuesta.
- Dios mío, es cierto, - cabilaba él - los hombres deben ser peligrosos, pero ¿ qué puedo hacer yo?. Estoy totalmente indefenso frente a sus armas. Algún día he de salir del nido. Es terrible. Simplemente, estoy expuesto a que ellos decidan cuánto tiempo debo vivir, porque en el momento que consideren oportuno, decidirán que ya he vivido bastante, y sin tener en cuenta la, para ellos, remota posibilidad de que mi vida también importa, acabarán en un instante con ella.
Yo no cuento. A mí no se me consulta nada. Es mi vida, pero al parecer eso no importa. Son ellos los que controlan, y no puedo hacer nada por evitarlo. Es injusto - se lamenta Poppi,; las lágrimas corrían por sus mejíllas, imaginando que mundo le esperaba, y de pronto recordó sus ansias por salir del huevo, y pensó: - "Tal vez el mundo de aquí fuera, no sea tan maravilloso como parecía desde el cascarón".
Y pasaron algunos días.
Bien hijitos, - decretó un día la madre -. Ya es hora de que aprendan a sobrevivir solos; a partir de hoy seréis vosotros mismos quienes salgáis a buscar comida. Os deseo mucha suerte, y sed prudentes; hay muchos hombres malos, - advirtió -. Esta frase zumbó en la mente de Poppi. De nuevo acudían a su pensamiento ideas terribles.
En ese momento, sintieron al árbol que los cobijaba, temblar de miedo; miraron abajo. ¡Era un hombre!
¿Qué está haciendo? - preguntó Poppi al árbol -
- Va a acabar con mi vida, - contestó el árbol - es un leñador.
- ¿Por qué lo hace? - seguía Poppi sin entender -.
- No lo sé; tal vez ni él mismo lo sepa. Lo cierto es que ya siento mis heridas. Me desvanezco. Creo que su objetivo son fines materiales; algo que ellos llaman dinero.
De pronto, un golpe brusco del hacha, el nido se cayó al suelo inesperadamente. Sus hermanos se golpeaban en la cabeza, y también ellos dejaron de existir en el mundo de los mortales.
Todo ocurrió tan deprisa, que Poppi estaba aturdido.
De repente:
- ¡Vuela! - le gritó su madre - hemos de irnos o también moriremos.
Poppi voló instintivamente, aunque no le importaba demasiado seguir viviendo ya; simplemente se elevaba en el aire junto a su madre. No duró mucho; algunos kilómetros de distancia, había hombres prácticando su "deporte favorito".
Entonces, una bala perdida le atravesó el corazón a mamá, y Poppi sintió que le atravesaban el alma. Lo vió todo: primero, el aire teñirse de sangre, sin oponer resistencia. Se acabó todo. Poppi ya no tenía fuerzas para seguir volando.
Se posó en una rama y pensó mucho mientras lloraba amargamente.
- No es justo- se repetía- no es justo.
Ahora lo entiendo todo; los hombres lo tienen muy claro, no tienen escrúpulos, aunque parecen no entender algo que para mí es evidente. "Mi vida es mía, y vivirla es un derecho que la naturaleza me ha concebido". Para ellos sin embargo, dejarme vivir es una limosna que me ofrecen, y que por tanto, yo debo agradecer.
Ahora - seguía pensando Poppi - ahora sí está claro que el mundo que rodeaba mi cascarón no es tan maravilloso como yo imaginé. Ojalá no hubiese salido nunca de allí.

Remedios Pérez Martín
Alcaucín
Premio Axarquía del Concurso Literario
Ayuntamiento de Periana.

martes, 9 de junio de 2009

Los Relatos de Eloisa

LOS CORTIJOS DE PERIANA
Subimos a Marchamona, las Mesas, Cerrillo, y el Puerto del Sol, son los balcones del cielo por donde mira el señor, Cortijo de Tabarrillo, Zapata, la Laguna, El Caserón, Erriza, Cortijo del Arriero, la ruta de los molinos de frente el Cortijo de Félix que da la cara al sol, el nacimiento de Guaro, de lo bueno lo mejor.

Pasamos para la Negra, Baños de Vilo, el Batán, Olla Onda, Moya, Vilo, Lavanderas, Cortijo Cancanita y el famoso Mondrón con su fábrica de aceite, su Iglesia y su Patrón.

Llegamos a Buena Vista, la Viña, las Taoletas, el Cerretillo, que le da la mano a los Marines, Colodra, Cortijo Paco Broches, la Haza del Río, Los Molineros, Molino de Balastrera, Becerril, el Molino Vallico, La Puente, José el Cojo, molinos que daban harinas blancas. Cortijo los Tulipanes, Marpelo, camino de Moya nos vamos a Regalón a celebrar el día de su patrona y sacarla de procesión.
Subimos al Aguadero, muy cerca está Carrión, bajamos por el Cañuelo, Cortijo Blanco, La Villa, El Álamo, Cortijo El Fraile, y la Muela donde la virgen del Carmen nos echa su bendición, aldeas encaladas y sus casas muy preparadas, se vive de lo mejor, los campos de nuestro pueblo están poblados de olivos de aceituna verdial.
Nos centramos en Periana, camino de la Estación, si el camino hablará nos contaría la cantidad de personas que aquel camino pisó, llegaban a la estación al amanecer el día con paquetes y maletas de cartón para subirse en el tren que los llevaría a Vélez o a Málaga.
Bajamos por el pasillo, Los Peláez, Pollo Pelao, la Estación de Matanza, Los Gálvez, las Mayoralas, Loma los tres Cortijos, paseamos por las Rozas, el Algarrobar, nos vamos de Romería, en lo alto del pantano nos instalamos dos días con nuestro pequeño San Isidro y con abundante comida nos desbordamos de alegría y le pedimos a nuestro patrón que nos de salud y vida.

Gracias a Eloisa García Frías por enviarme estas bonitas palabras de nuestro pueblo de Periana y por participar en este blog.

jueves, 30 de abril de 2009

Los Relatos de Eloisa


LA EMIGRACIÓN

En los años muy atrás, andaluces de mi tierra tuvieron que emigrar a trabajar a otros países para ganarse el pan dejando todo atrás, sus mujeres y sus hijos, su gente quedaba acá.
España por ese tiempo se encontraba muy mal, a Argentina o Australia a otro mundo fueron a parar, el viaje era en barco y se tardaba en llegar.
Alemania o Suiza a países más cercanos cantidad de andaluces tuvieron que emigrar.
En Argentina viven muchos españoles, allí hicieron su vida y no han vuelto a regresar, personas analfabetas había en cantidad.
Para identificarse sus huellas tenían que utilizar, muy lejos de sus familias por cartas tenían que comunicar, muchas escritas por otros que sabían algo más.
Cuando la carta llegaba, esperada era con ansiedad, siempre decían lo mismo; que querían regresar.
España ha mejorado, aquí ya no falta el pan, ahora son otros países los que se encuentran muy mal. El mundo está liado con tanta maldad, los malditos terroristas nos lo hacen pasar mal.

Autora: Eloísa García Frías

viernes, 27 de marzo de 2009

Los Relatos de Eloisa



ALEGRÍAS Y PENAS
La vida es alegría y pena. Cuando perdemos los nuestros, los que nos dieron la vida, sientes un vacío tan grande que te quedas hundida.
Tiene que pasar el tiempo hasta que se te cure la herida, pero eso es algo tan fuerte que te deja muy dolida. Pero hay cosas hermosas, ser madre, fue mi mayor alegría, sentir en mi vientre a mis pequeñas criaturas, como yo los observaba cuando dentro de mi vientre tan a gusto se movían. Cuando llegó el momento que por fin salían, cogí entre mis brazos a dos personitas mías salidas de mis entrañas y quererlas tanto hasta el final de mi vida.
No importa lo que ellos sientan por mi, porque por mi parte siempre quedan perdonados, sois el mejor regalo. ¡El más grande que Dios me ha dado, os quiero tanto!
Estáis en mi, donde quiera que yo vaya os llevo siempre a mi lado, para mí sois mis pequeños, parece que el tiempo por vosotros no ha pasado.
Mi corazón sufre si os veo preocupados, yo no os exijo nada, me conformo con veros cada día y quereros con el alma, sois fruto de un amor y siempre muy deseados. Si algo no hice bien quiero que por vosotros sea perdonado, mi nido quedó vacío, ya mis hijos volaron, tienen otros nidos nuevos donde allí se aparejaron, en mi nido quedé sola... los llevo en mi corazón, ellos siempre me acompañan.
Autora: Eloisa García Frías.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Los Relatos de Eloisa

EL MIEDO

Cuando era pequeña recuerdo haber sido muy miedosa, no olvidaré un día al atardecer, después de haber estado en el campo cogiendo aceitunas, llegamos a casa mi hermana Rosa y yo, mi madre nos esperaba con los cántaros del agua vacíos. Al llegar a casa nos dijo, tenéis que ir por agua... mañana, al venir el día hay que levantarse, hacer el pan, y así lo hicimos, cogimos los cántaros y subimos a llenarlos de agua donde nacía, había que pasar por un puente con un camino estrecho, allí comentaban que salían espantos y siempre que pasábamos por aquel recobijo pasábamos miedo.

Yo tenía diez años y mi hermana dieciséis, aquel atardecer fue para no olvidarlo; ya veníamos de vuelta con nuestros cántaros de agua llenos y fue entonces cuando nos salió un espanto, dos mujeres mayores vestidas de negro venían entrando al puente donde comentaban salían aquellos fantasmas, ellas avanzaban hacia nosotras, yo me moría de miedo y se me cayó el cántaro, mi hermana un poco más valiente que yo quiso ayudarme y también se le cayó, aquellas dos mujeres al oír aquellos estruendos desaparecen en busca de ayuda, mi hermana como pudo me cogió y subimos hasta una casa próxima; el dueño de la casa al vernos descompuestas nos acompañó, fuimos a encontrarnos donde rompimos los cántaros, ellas acompañadas por un hombre y nosotras igual, entonces los que nos acompañaban hablaron.

¿Dónde vamos? Dice el que nos llevaba a nosotras, contesta el otro, aquí a acompañar a estas dos mujeres que han pasado miedo, dicen que han oído un estruendo enorme, el otro contesta: pues yo voy con estas crías que dicen que han visto un espanto, allí se aclaró el miedo, ellas se asustaron de nosotras, igual nos pasó a nosotras con ellas y quedó todo aclarado.

Esos son los espantos si los aclaramos. El miedo es una cosa que jamás se aprovecha y siempre estorba, sólo el pecado debe causarte horror y espanto.

...

Autora: Eloisa García Frías

miércoles, 14 de enero de 2009

Eloísa García Frías

Hoy os voy a hablar de Eloisa García Frías, ella en la escuela de adultos escribe cada día un poquito, le relaja y la hace sentir bien. Son unos relatos en donde ella haba de la familia, de su infancia, de sus amigas, de sus hijos, de los maestros, ... están escritos de forma sencilla y natural.
El Centro de Adultos en colaboración con el Ayuntamiento de Periana publicó sus relatos y yo os voy a ofrecer hoy uno de ellos. Eloisa es un ejemplo para todas las mujeres de Periana.

A San Isidro

Tenemos la carpa hecha, el alumbrado también, los carricoches andando y los puestos de turrón, todo queda preparado para empezar la función.

Sólo tres días nos faltan para la celebración, el catorce de mayo después de dar el pregón escuchamos los cohetes, empieza ya la función, a San Isidro bendito, nuestro querido patrón.

El día quince de mayo se le ofrece una misa, sentida por todo el pueblo con una gran devoción, los ojos se nos humedecen cuando cantamos el himno y la música lo toca, nos llenamos de emoción. A las cuatro de la tarde lo sacan en procesión y las calles engalanadas esperan tu bendición.

Con la mirada en tí, detrás caminamos echándote unos vivas que nos salen del alma. Con las velas en las manos a ti siempre suplicamos.

El trigo que tu recoges por todos es referido, son mandas que te piden y tú has concedido. Por donde tú vas pasando hay un gran reguero de trigo y de cera de las velas que alumbran a San Isidro. Con los pies descalzos van pisando abundante trigo que resbala por el cuerpo de nuestro patrón querido. A tí todos te pedímos que haya paz en el mundo, no nos eches en el olvido.