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viernes, 24 de abril de 2026

BASES DEL XXVII CONCURSO LITERARIO "VILLA DE PERIANA" PARA ESCRITORES NOVELES 2026.




BASES DEL XXVII CONCURSO LITERARIO VILLA DE PERIANA PARA ESCRITORES NOVELES 2026

1. Puede concurrir al certamen cualquier escritor o escritora novel residente en territorio nacional.

2. Cada participante puede presentar una sola obra.

3. Las obras deben ser originales e inéditas y no haber sido galardonadas en ningún otro certamen literario.

4. Los textos deben presentarse en archivo Word a doble espacio, fuente Times New Roman, tamaño 14 y la extensión estará comprendida entre las 1.000 y las 3.000 palabras.

5. Las obras se enviarán a la dirección: concursorelatosperiana@gmail.com.

Deben adjuntarse dos archivos en el mismo correo:

- un archivo conteniendo la obra concursante, cuyo título debe coincidir con el nombre del archivo adjuntado, y

- otro archivo con los datos de la persona concursante: nombre y apellidos, DNI, dirección y número de teléfono y título del relato que se presenta al certamen.

6. El plazo de admisión se abre el día 1 de mayo y finaliza el día 30 de junio de 2026 a las 23:00 horas.

7. El Certamen premiará al ganador con diploma y 1.000 euros al premio nacional, premio Axarquía con diploma y 500€ al que podrá concurrir cualquier persona residente en alguno de los 31 municipios de la Axarquía malagueña y un premio local con diploma y 300€, al que podrán concurrir los empadronados en Periana. En el asunto del email deberá indicar en cual de las tres categorías quiere participar.

8. El jurado estará integrado por tres personas vinculadas con las letras y la cultura y su identidad permanecerá secreta hasta el día del fallo. Si el jurado considera que ninguna obra tiene calidad para obtener el premio, este quedará desierto.

9. El fallo se hará público durante la Semana Cultural, en el mes noviembre, donde se presentará la obra premiada, contando con la obligada presencia de la persona ganadora para recoger el premio.

10. La participación en el presente concurso literario implica la total aceptación de estas bases.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Periana pone el broche final a su Semana Cultural 2025 con la entrega del XXVI Concurso Literario “Villa de Periana”.





 








Periana pone el broche final a su Semana Cultural 2025 con la entrega del XXVI Concurso Literario “Villa de Periana”
En la mañana de hoy, la Biblioteca Municipal de Periana ha acogido el acto de clausura de la Semana Cultural 2025 con la entrega del premio correspondiente a la XXVI edición del Concurso Literario “Villa de Periana”. El jurado, compuesto por Doña Belén López Danés —ganadora de la edición anterior—, Doña Rosa María Rodríguez Muñoz y Doña Inmaculada Díaz, ha fallado por unanimidad que el relato ganador sea “Un león en el ático”, obra de D. Luis Manuel García Méndez.
Según expresó el jurado, el relato destaca por “reflejar de manera magistral la realidad en la que vivimos, presentando una historia donde el autor evita juzgar a sus protagonistas, dejando en manos del lector la interpretación final”.
El ganador fue recibido por la alcaldesa de Periana, Meritxell Vizuete, la concejala de Cultura, Gema Frías, así como por miembros del Club de Lectura ‘Entrehojas’. Durante el encuentro, el autor mantuvo una charla cercana y enriquecedora con el público asistente, en la que subrayó la importancia de este tipo de iniciativas culturales, que —según señaló— “sitúan a Periana en un destacado nivel cultural y fomentan la creación literaria”.
El acto ha puesto fin a una intensa y diversa Semana Cultural, reafirmando el compromiso del municipio con la promoción de la cultura, la literatura y el talento creativo.




Un león en el ático

Seudónimo: Cemí



“Deja la ira y desecha el enojo; no te irrites,

pues ello solo conduce a hacer lo malo”.

Salmo 37



Ignorante de su destino, está a punto de alcanzar la estación Antón Martín, ascender las escaleras, desembocar a la noche cerrada (hoy llegaré tarde, amor, es el informe final de la auditoría a Gamesa-Siemens), caminar las tres calles que la separan de la entrada de su edificio, y ascender las cinco plantas hasta su ático duplex con unas vistas del antiguo Madrid que parecen arrancadas de un calendario turístico.

Aunque ella lo ignore, el espacioso ático es a esta hora una jaula que su marido recorre en todas direcciones como si intentara quebrar los muros y evadirse del que ha sido su confortable espacio durante los últimos doce años. En realidad, lo que necesitaría es salir de sí mismo, atravesar su propia piel y liberarse del dolor convertido en angustia, y de la angustia convertida en furia. Mientras se dirige a su casa, por la memoria de ella pasan fugazmente los abogados laboralistas asesinados en el 55 de la calle Atocha el 24 de enero de 1977, y el motín de Esquilache el 23 de marzo de 1766. Pero ella no cree en los malos augurios.

Ella ha alcanzado el envidiable status de alta ejecutiva en una de las Big Four, la mayor consultoría del planeta cuyo nombre omite por pudor cuando charla con desconocidos, para evitar los riesgos de la arrogancia. Contra eso la previnieron sus padres al otorgarle una educación impecable. Como también le inculcaron las sagradas virtudes del trabajo duro y la perseverancia.

Quizá por esa razón sería incapaz de evaluar en su justo nivel de peligrosidad los paseos de su marido por el ático a zancadas de tigre enjaulado. Por eso, o porque él es un hombre amable y servicial, profesor de Química en la Universidad Carlos III, que adora a sus alumnos casi tanto como a su hijo adolescente. Un hombre elegante y discreto, tan confortable como la vieja butaca amaestrada por el culo de su padre durante treinta años.

Cuando ella desemboca en su calle, tropieza con una bandada de jovencitas sobre tacones tan altos como cortas son sus faldas, y pintadas para la guerra. La noche del viernes no termina hasta bien entrado el sábado o, con suerte, resbala hacia el domingo, le decían sus compañeras de la Universidad. Pero ella nunca experimentó esas noches en vela como no fuera para garantizar la mejor nota en un examen. Mientras los chicos perseguían a sus amigas hasta que ellas los alcanzaban, ella estudiaba inglés, gramática francesa y alemán hasta alcanzar un acento casi casi nativo. Incluso en la era de Google Translator y DeepL, o las aplicaciones de traducción instantánea para el móvil, manejarse con soltura en cuatro idiomas le ha reportado ventajas competitivas que sus amigas inmolaron en su día a la verbena de las hormonas.

En la residencia estudiantil, los domingos por la noche, alrededor de una botella de vino, ella escuchaba en silencio los relatos de sus aventuras y le venía a la memoria la costumbre de las mujeres huicholes de México cuando sus hombres partían a la recolección de cactus alucinógenos. Al cuarto día de su partida, las mujeres se reunían para confesar al abuelo fuego los nombres de los varones con quienes habían yacido desde la adolescencia. No podían omitir a ninguno porque en ese caso la recolección sería un fracaso. Como quien marca en el Far West la culata de su Colt, cada mujer hacía en una cuerda tantos nudos como amantes (en su residencia estudiantil había cuerdas que darían para amarrar un crucero al muelle). Luego, las mujeres huicholes pronunciaban en voz alta el nombre del amante correspondiente a cada nudo y arrojaban al fuego la cuerda pecadora. Ahorro neto de cura y de confesionario. Como el padre Santiesteban, quien la esperaba cada domingo para registrar sus secretos en el archivo de Dios, y ella pasaba en silencio el trance a instancia de sus padres. Aunque usted no lo crea, señor cura, no tengo nada que confesar, como no sea un pecado de soberbia cuando perdí un punto en el examen de Estadística. Algo es algo, hija, algo es algo. ¿Ni con el pensamiento? No, padre, para pecar no tengo tiempo ni con el pensamiento.

Su marido, en cambio, pasó más noches en vela estudiando anatomía que química analítica; se bebió indiscriminadamente todo tipo de compuestos orgánicos que tuvieran un grupo hidroxilo en sustitución de un átomo de hidrógeno: concentrados en el whisky y la ginebra, diluidos en la cerveza y el calimocho. Se graduó, como suele decir, en la parte media de la tabla. No iba camino del descenso, pero tampoco jugaría la Champions. Amansadas sus hormonas, lo deslumbró el master de Nanoquímica, una revelación que no había sentido en toda la carrera, y su doctorado cum laude en nanopartículas de cobalto. Se considera muy afortunado por haber descubierto su vocación y por haberla descubierto a ella, la mujer de su vida, aunque no siempre sea capaz de transmitirlo con la misma emoción que a sus alumnos la magia de las nanopartículas y los infinitos futuros que nos deparan los nuevos materiales.

Ignorante de su destino, ella taconea en dirección al portal de su edificio con el paso firme de quien terminó en tiempo récord un doble grado, un master de Gestión de Riesgos, otro de Ingeniería Financiera y un doctorado en Relaciones Mercantiles Internacionales antes de cumplir los veintinueve. Dos años después de su boda fue admitida, entre cincuenta aspirantes, por la mayor consultoría del planeta. En diez años ha ido escalando planta por planta la Torre de Cristal siempre hacia mejores vistas panorámicas. Como cualquier alpinista de élite, ha centrado su atención en la mejor ruta hacia la cima, sin miedo a los aludes, sin mirar abajo para evitar el vértigo, con talento y una perseverancia admirables y soportando en los peores momentos la escasez de oxígeno, el enrarecimiento de la atmósfera cerca de la cumbre. Hasta hace tres meses.

Mientras ella espera el ascensor que la conducirá hasta su ático duplex con las mejores vistas del viejo Madrid, su marido se detiene frente al paisaje sin verlo, absorto en repasar una y otra vez las fotos en la tablet que acaba de encontrar en el tercer cajón del armario, arropada por varias capas de pañuelos con olor a ella. Se siente como esos infelices martirizados en una película de mafiosos cuando el torturador introduce el dedo en la herida para que el otro confiese. Pero él no tiene nada que confesar.

Ignorante de su destino (a regañadientes porque tengo muchísimo trabajo y esto me hará perder tiempo, de ninguna manera, quitan más de lo que aportan), ella aceptó tres meses atrás tomar bajo su tutela a un becario recién graduado. Ismael Zamorano entró por recomendación de un gran cliente, mide un metro ochenta y dos centímetros coronados por una cabellera negra y encrespada como un mar de tormenta; no tiene ni idea de auditorías; sabe más de polo acuático que de finanzas; su ignorancia de algunos conceptos básicos le hace dudar si realmente se sacó el título de Empresariales, o si lo ganó en una tómbola; el primer viernes que vino con ropa informal, traía una camiseta ceñida bajo la americana que permitía contar uno por uno los abdominales, un dibujo anatómico de DaVinci en la Galería de los Uffizi; sus ojos se abren de asombro cuando ella le revela procedimientos de análisis empresarial propios del tercer curso, pero ella continúa sin un reproche porque Ismael Zamorano aprende a toda velocidad, correlaciona, saca conclusiones, y podría ser un activo valioso para la empresa, y también porque esos ojos color miel son tan hipnóticos como los de Bambi cuando se encuentra con el conejo.

En el ascensor hacia su ático dúplex ella recuerda cuando conoció a su marido: los encuentros, las conversaciones, las coincidencias, y el modo en que se fueron deslizando suavemente hacia una intimidad más íntima. Sin sobresaltos. Sin emociones encontradas. Sin taquicardias. Y cómo desde entonces el matrimonio ha sido un refugio cálido y seguro contra las inclemencias de la intemperie. Aunque para él no ocurriera de la misma manera. Ya había pasado por demasiadas relaciones efímeras, temporales, traumáticas, compartidas, insulsas, malsanas, para descubrir a la primera que esto era diferente, que había encontrado a la mujer de su vida. Pero no podía abrumarla con una riada de emociones. Temía asustarla. Y aunque querría salir por ahí gritando que era el hombre más feliz de la Tierra, se contuvo. Quizá si le hubiera revelado todo lo que sentía, lo que siento, piensa mientras mete de nuevo el dedo en la llaga ojeando las fotos en la tablet, pero no, eso no tiene nada que ver con esto.

Ignorante de su destino, ella está a punto de teclear su código personal en la cerradura electrónica de la entrada. Los últimos meses han sido un oleaje de sentimientos encontrados. El descubrimiento. La fascinación. La fiesta del cuerpo. El miedo. La clandestinidad. Las precauciones no siempre bajo estricto control, como descubrió su secretaria. La simulación. El desenfreno. Los escondites. La rara sensación de que si se le hubiera revelado esto veinte años atrás quizás su vida habría sido diferente. Descubrir que Ana Karenina y Madame Bovary no son meras ficciones de unos señores muy imaginativos. La culpa sin culpa. Una especie de remordimiento gozoso que no sabe hacia dónde la conduce. No es adulterio. Es amor. Fuegos artificiales. Ansiedad. Desconcierto. Revelaciones que otros descubren entre los quince y los veinticinco años. Pero ella estaba demasiado ocupada. Por eso no ha tomado las precauciones de las mujeres serbias y búlgaras que birlaban las monedas de cobre colocadas sobre los párpados de los cadáveres, las sumergían en vino y se lo daban a beber a los hombres, quienes quedaban desde entonces ciegos como cadáveres frente a los pecados de sus mujeres. Ella se arrepiente y no se arrepiente en días alternos. Tengo que detener esta locura que me puede costar el puesto, el respeto, la paz, el matrimonio, sin que ninguna conjunción de los astros vaticine un final promisorio. Tengo que lanzarme al mar abierto, nadar aunque no sepa si encontraré una isla o me despeñaré por una catarata cósmica en el borde de la Mar Océana. Es imposible descubrir América desde el sofá, arrebujada bajo una manta de cachemir. Sabe que nada será igual, aunque ignora cuánto cambiará su vida desde el momento en que traspase esa puerta. Al teclear el código en la pantalla recuerda que si un cazador wagogo de África era atacado por un león durante la cacería, atribuía el suceso a la mala conducta de su mujer en la aldea y no a la mala conducta del león. Por suerte, a él nunca le ha gustado la caza, piensa, ignorante de que el león de la ira se ha abalanzado hacia él y tiene su mansedumbre entre las fauces, y que el cazador wagogo no penalizaba jamás al león sino a la culpable que lo había invocado. Cuando traspone la entrada, ignora que está cerrando mucho más que una puerta a sus espaldas.

sábado, 2 de agosto de 2025

X CONCURSO LITERARIO "VILLA DE PERIANA" AÑO 2001.

 






X CONCURSO LITERARIO VILLA DE PERIANA AÑO 2001.

Antonio Peñalver Guillén gana el V Certamen Literario Nacional "Villa de Periana" con su relato titulado "Pequeña historia de un marricidio".



Antonio Peñalver Guillén fue el ganador del V Certamen Literario Nacional "Villa de Periana" en el año 1996. Este título "Pequeña historia de un marricidio" alicantino que entre otros recibiera en 1994 el Primer Premio de Novela Corta Joven y Brillante, es desahogo narrativo en clave de humor y es mucho más que eso. Es historia bien construida que cautiva al lector mientras lo divierte desvelando las interioridades de un hombre soltero y en paro, que regresa al pueblo para obtener título universitario y tendrá que dejarlo incapaz de continuar conviviendo con su madre, en palabras de Francisco Díaz Guerra. Este título fue publicado en una antología titulada "UN LUSTRO DE LITERATURA JOVEN EN PERIANA" impreso por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA), el prólogo fue realizado por Francisco Guerra Díaz y portada e ilustraciones por Antonio Hidalgo con el apoyo de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Periana siendo alcalde Rafael Zorrilla Moreno.

PEQUEÑA HISTORIA DE UN MARRICIDIO
Todo vino de cuando empezó a faltar mi padre. Mi padre faltó hará cosa de cuatro o cinco años o por ahí. A mí me pilló el evento en la capital. Con la carrera a medias. Cómo no sería que hasta estuve a punto de abandonar los estudios para volver con mi madre. Buscar un trabajo en el pueblo y ayudar a la pobre de mi mamaíta a salir adelante. Menos mal que no me dio por ahí. O, bien mirao, si lo hubiera hecho, si hubiera tomao aquella decisión entonces, quizá se podría haber evitado la desgracia que está a punto de suceder. Que dios me perdone.
Toda la familia nos alegramos, dentro de la desgracia, de que la viudez le durara lo poco que le duró a mi madre. La vida sigue, le animábamos. Y a ella le hizo poca falta que le diéramos ánimos, porque no tardó ni un año en pasar del luto a los colorines.
Cada vez subía menos al cementerio a arreglar las flores del nicho de mi difunto padre, y se bajaba cada vez más a Benidorm a bailar la conga de Jalisco. Incluso a mí, a veces, me llamaba por teléfono y hasta me hacía gracia cuando me contaba que había aprendido a bailar bakalao. La vida sigue, mamá, le animaba.
Habían pasado cuatro o cinco años, o tres o cuatro, de todo aquello cuando aparecí de nuevo por mi pueblo. Mandé cuatro cajas de trastos por Paquesprés y yo me vine con el equipaje mínimo, el título universitario en un bolsillo y el carnet del paro en el otro. Mamá, estoy aquí. Pero resultó que mi madre no estaba.
Llamé a mi hermana y mi hermana me lo aclaró todo. Resultaba que mi madre estaba viviendo con uno de sus novios, un teniente jubilado de la Benemérita. Y a mí no me lo había dicho. Lo del bakalao sí, pero esto otro no. Bueno, pensé, hace bien. Total, le dije a mi hermana, son dos días...
Comí algo. Y a las dos o tres horas apareció mi madre por allí. Más fresca que una rosa. Canturreando algo de Manolo Escobar. Sin duda había rejuvenecido. Me alegré de verla así, sinceramente. Ella ya venía alegrada de fuera. Me ayudó a deshacer el poco equipaje que traía en la bolsa de deporte, yo, en un impás, le enseñé el título universitario y ella me dio un beso de orgullo. Eso fue una de las primeras cosas que me sorprendió. Me sorprendió porque ella nunca me había besao. Al menos que yo recordara. Y menos de aquella manera tan ruidosa y tan húmeda. En la mejilla.
Nene, te tengo que decir una cosa. Me dijo. Estoy viviendo con un hombre, me dijo. Bien, mamá, eso es cosa tuya, a mí eso no me importa, de verdad. Le dije. Y ella me volvió a besar. Aunque esta vez, todo hay que decirlo, con más reparo.
Los seis primeros meses de convivencia fueron buenos. Más que nada porque vivíamos separados. Ella venía los jueves. Limpiaba, hacía la compra, iba a ver a sus nietas, pues los viernes teníamos entonces la costumbre de ir a comer a casa de mi hermana, y después, con los postres en la boca, se levantaba para arreglarse un poco, pintarse los morros y salir corriendo para Benidorm. Para no aparecer hasta el jueves siguiente.
Yo, lo repito, estaba a las mil maravillas. Además, estaba cobrando algo, no mucho, ventiseismil, del paro. Lo que me daba para mis vicios, que son pocos y baratos. Y, por si fuera poco, tenía toda la casa para mí solo. Lo que no es moco de pavo si tenemos en cuenta de dónde venía yo. Porque yo venía de compartir cuchitriles inmundos entre otros cuatro estudiantes y funcionarios. Nidos de humedad y ratas en el patio. Donde el frío hacia noche y los pocos muebles procedían de las más diversas basuras y contenedores. Pisos en los que cada vez que tocaba el timbre algún recibo o tocaba correr el turno de limpieza, había bronca segura. Pisos por los que se pagaba veintemil duros de alquiler y de los que nunca te devolvían la fianza. En definitiva, lugares en los que aprendí a desconfiar en el género humano.
Ahora todo era diferente. Mi casa era grande, llena de luz y limpia. La pantalla de la tele, por ejemplo, había pasado de tener catorce pulgadas a tener sesenta, y la película de polvo que recubría aquella, aquí se ha convertido en una Black Screen, que no sé muy bien para qué sirve, pero que ahí está. Además, suelo dormir en un colchón semi rígido. Y, lo más importante de todo, en la ducha, sea la hora que sea, hay agua caliente. Un paraíso.
Un paraíso para mí solo. Donde yo era Dios y Adán.
Solo me faltaba la Eva.
Porque, se lo crean o no, así se llamaba la última novia que tuve en la capital. Era morena, bajica y con mala leche. Qué más se le puede pedir a una mujer.
Estaba estudiando, como yo, periodismo. Así que siempre teníamos cosas de que hablar. Además, por si fuera poco, le encantaba la cerveza, y bebía tanta como casi la que bebo yo. Ah, esa era otra, nunca me dejaba que la invitase.
Le gustaba, encima, leer y escribir. Aunque sus gustos eran otros. Por ejemplo, para que se hagan una idea, a ella le iba todo lo sudaca mientras que a mí me tiraba más el norte. Dónde ella decía Márquez yo decía Easton Ellis, y cuando me hablaba de los cuentos de Eva Luna yo le recordaba los de Carver, y si, por una casualidad, ella sacaba a relucir a Pedro Páramo, yo le atacaba con El Cartero Siempre Llama Dos Veces. Por lo menos coincidíamos en el continente. Algo es algo.
Me gustaba ir con ella por la calle. No es que fuera guapa, no, pero tenía un aire a Frida Kahlo que me dejaba frío nada más de mirarla. Y luego su voz. Tenía una voz rota que le hacía parecer siempre que estaba de resaca. Y siempre estaba de resaca.
Íbamos por los bares y hablábamos, hablábamos y hablábamos. Sólo parábamos para beber y para besarnos. No llegamos a follar ni tampoco lo echamos en falta. Ahora, eso sí, los sesentainueves se hacían interminablemente dulces. Más que sesentainueves parecían noventainueves. Por lo menos.
Ella me dijo en una ocasión que le dolía cuando la penetraban. Y yo le respondí que no se preocupara.
Algunas noches del final me desvelaba y me quedaba largo rato mirándola dormir a mi lado. Tan pequeña. Con esa barriguilla de cerveza y ese morro estufarrao. Y entonces me ponía triste de pensar que en una semana la iba a tener que dejar para volver al pueblo con mi madre.
Nada más llegar a mi pueblo una de las primeras cosas que hice fue pasarme por el paro a arreglar los papeles. Otros que tal. Y al mes y medio o por ahí me llegó a casa un papel. Era una especie de aviso de que me iban a pagar. No entendí nada de lo que ponía. O, mejor dicho, lo entendí mal. Por ejemplo, en un recuadro ponía algo así como "Asignación Diaria Aceptada". Y debajo un 2.585. Yo, al leer aquello, me alegré bastante. Dos talegos y medio al día. Joer. Con ochenta boniatos hay para mucho. El problema vino cuando llegó el día de cobrar. No me ingresaron más de veintisiete mil. 
No, es que, mire, es que eso es el total a deducir. Mire, de ahí se deduce el IRPF, el IVA y la Seguridad Social.
Ya.
Yo me, o sea, hice de tripas corazón, y me quedé por la oficina del INEM dando vueltas a ver. Y vi. Dos carteles. Uno que te animaba a apuntarte al ejército profesional y otro que te mandaba a Londres a buscarte la vida de camarero y tal. Ah, y había una oferta de trabajo colgada en la pared. Era una especie de contrato que se ofrecía para ir de repartidor de bebidas alcohólicas en el estado de Kentucky. Lo juro. Y, por si fuera poco, exigían furgoneta propia.
Mi madre celebró su cumpleaños. Y yo tuve que pasar el trago de conocer a su último novio. Íbamos a comer toda la familia junta. Y para tal ocasión se presentó allí un fulano trajeao. Un fulano repeinao y con la corbata por la barbilla. Más tieso que Gerineldo. Un pobre hombre, de tan simpático que se quería hacer, terminaba por caer mal.
El tío no paraba de hablar. De él, de sus hijos, de sus hijos y de él. Al parecer tenía una hija muy lista, la mayor, que se sacó la carrera de maestra. Y él, me dijo, se dedicaba a vender alfombras. No se podía quejar. Aunque las cosas podrían ir mejor. Me tenía arrinconao. Menos mal que con la tarta llegó el alboroto y me pude escapar. Y la foto. Llegó la foto.
Dijeron todos de hacerse una foto y allá que nos pusimos. Flash. Pero, aquí vino lo peor, a la vieja se le ocurrió la flamante idea de hacerse una foto ella sola con el vendedor de alfombras que tenía una hija maestra y otro hijo que trabajaba de oficinista en el ayuntamiento. Y ahí que se pusieron.
Y yo entonces veo que aquel fulano se lía a besar a mi madre con el mismo arte con que lo hacían los protagonistas del Planeta de los Simios. Y, lo peor de todo, sin dejar en ningún momento de mirar a la cámara. Para más inri hubo que repetir la foto. Había sido el flash que no se había disparado.
Yo creía que me moría. Qué era aquello. Todas las atenciones se centraban en mí. Yo era consciente, y por eso me decidí a desahogar mi tensión entonando los primeros sones de un cumpleaños feliz que no dudé en acompañar con palmas.
Aquel fulano le duró poco. Un buen día dejó de hablarme de él. Y entonces volvió la tormenta telefónica. No terminabas de colgar el teléfono para que empezara a sonar de nuevo. ¿Está la Mari? La Mari es mi madre. No, no está. Creo que se ha ido a la Asociación de Viudas a jugar al parchís o algo así. Ah, pues vale, cuando venga dile que le ha llamao Federico. Dile que la ha llamado Domingo. Dile que el domingo la llamaré, que soy Pedro. No, bueno, no, ya la llamaré yo; ¿a qué hora decías que estaba ahí?
No era mi fuerte aquel trabajo de recepcionista. Así que decidí no coger el teléfono. De todas maneras a mí no me llamaba nunca nadie.
Eva empezó a escribirme. Las primeras semanas. Después la cosa se fue enfriando. Ya no tenía dinero para subir a la capital. Y, al parecer, ella tampoco para bajar. Además, el mercado estaba bastante mal. Mejor dicho, yo ya estaba fuera del mercado. En los bares todo eran críos. Salía a tomar algo y volvía a mi casa peor.
Miento. Una vez sí. Estuve a punto de ligar. Pero se quedó ahí. A punto. También estuve a punto de coger un trabajo.
Venía anunciado en el periódico algo así:

¿QUIERES TRABAJAR DANDO LA VUELTA AL MUNDO?
Trabaja de camarero en cruceros de lujo en la marina mercante.
H D S P.O. BOX 9GB London. UK

Cómo no. Mandé una carta.
Y mientras esperaba contestación fue cuando vino el guardia civil jubilado. Un tío con bigotito de esos que parecen pintados con boli sobre el labio superior. Un fachorro muy orgulloso de sí mismo y que confundía la educación con terminar las palabras en ito. Por ejemplo, para decir café decía cafelito.
Menos mal que hablaba poco. Ahora, lo poco que hablaba lo hablaba bien hablado.
A mi madre, a mí no, le contaba cada dos por tres que él había sido de la guardia de Franco. Y, claro, eso le daba la confianza de interpretar los telediarios. Imaginarse. No había uno bueno, los buenos estaban muertos. Mal invento la democracia esta, mal invento. Era una de sus frases preferidas.
Mi madre, la pobre, que de política solo sabe a quién tiene que votar, siempre le daba la razón y hasta le preguntaba cosas. Y él se las explicaba.
Pero tampoco duraron mucho.
Era muy celoso, nene. Me explicó mi madre sin que yo le preguntara nada. Era muy posesivo y muy suyo. Uy, nene, menudo infierno.
Pero no tuvo el orgullo de devolverle los regalos que él le había hecho. Un pañuelo de seda y una botellita, que diría él, de Chanel Nº 5. Nada menos.
Yo, sinceramente, una vez asomé la nariz a aquella botella de colonia y, si les digo la verdad, no entiendo cómo puede costar diez talegos algo tan pequeño.
Son unas magdalenas que llevan un poco de chocolate dentro. Deliciosas. Yo no soy goloso, pero estas magdalenas estaban para chuparse los dedos. Las vendían de ocho en ocho. No me acuerdo de la marca. Sé que son caras. Eso sí. De ocho en ocho.
Normalmente se compran el viernes y el sábado por la mañana, todo lo más el domingo, damos buena cuenta de ellas. Pero, lo que son las cosas, aquella semana dio la casualidad de que ni mi madre ni yo desayunamos el domingo en casa. Y sabía que quedaban dos magdalenas. Mi madre no lo hizo porque se había hecho un novio nuevo y, se conoce, había pernoctado con él. Y yo, sencillamente, porque aquel domingo me desperté a las cinco de la tarde y, directamente, comí.
Pero, en el fondo de mí, sabía que quedaban dos. Don madalenas. Rellanas de chocolate. Cremoso. Y también sabía dónde estaban. Estaban allí. En el fondo del estante del armario del pan. Justo detrás de la toña.
Yo, en el fondo de mí, estaba esperando que llegara el domingo por la noche para llevármelas a la cama. Casi casi se puede decir que no pensé en otra cosa aquel domingo más que en cenármelas. Hacía como que leía las ofertas de trabajo de los dominicales, hacía que veía aquella película que, de todas formas, hubiera olvidado nada más salir del cine. Mirándome el reloj. Las nueve y pico. Ya es hora de volver a casa, poner la tele, una taza de leche caliente y...
Hola, nene, este es una amigo. Se llama César. Hola, qué tal. Encantado. Sí, qué tal. Bueno...
¿Bueno? El hijoputa del César aquel se estaba merendando la última madalena con chocolate cremoso en su interior. Ñam, ñam, ñam. Me hablaba con la boca llena y con la última media madalena en la mano. Y vi, en una mirada que eché furtiva, vi como brillaba la crema de chocolate. Me entraron ganas de llorar.
Y, entre tanto, aquel cabrón hablándome de no sé qué de yo que sé que de qué. Creo que me dijo que yo trabajo conduciendo autobuses, pero, ojo, "mis" autobuses, ¿eh? Cabronazo.
Mamá, voy a acostarme. ¿Qué no cenas, nene? No, no. No, no, no. No. Es que... no me encuentro bien. Buenas noches. Buenas noches. Buenas y encantado de haberte conocido, tu madre me había hablao mucho de ti.
Ya.
Después vino el whisky. Antes se había atrevido con las cervezas. El tabaco, los chicles y el mando de la tele vinieron después.
Las madalenas solo habían sido su tarjeta de visita. Aquel conductor de autobuses lo que era era un gorrón. Y un listo. Se creía sabio el pobre desgraciao. Me decía cada dos por tres que él sí que había recorrido mundo, uh, ¡si yo te contara! Tú, lo que te pasa a ti, es que tú eres muy joven ¡Yo también, también he sido joven, también!
Y, mientras me contaba de la de kilómetros que se ha hecho al volante de "su" autobús se bebía "mis" cervezas, "mi" whisky, "mi" tabaco y "mis" chicles. Te voy a coger un chicle, ¿sabes?; es que el humo del tabaco se me ha quedao en la garganta. Ah, y, que no se me olvide, fue capaz de arrebatarle a mi mismísima madre el mando a distancia. Fútbol, fútbol y fútbol. De puta madre. Al César lo que es del César.
Fue por aquel entonces cuando ocurrió lo de la foto de mi padre.
La foto de mi padre siempre había estado donde suelen estar las fotos de los maridos muertos. Véase, en la mesita que hay en el lado de la cama en el que roncaba él.
Y allí había estado, claro, hasta que a la vieja le dio por cambiarla de sitio.
Y, ¿saben dónde me la coloca?. Pues, justo en el centro de la mesa del comedor. Y, para más señas, orientada hacia la puerta de mi dormitorio. De tal forma que era
salir y, catapúm, encontrármelo de cara.
Tardé en acostumbrarme. Yo, cada vez que pasaba por su lado y me acordaba, pro-curaba desviar un poco la foto. Un poco hacia la puerta de la habitación de
matrimonio. Pero a la mañana siguiente me levantaba y allí estaba mirándome.
Y, por si fuera poco, en esa foto, como en casi todas, a mi difunto padre le sacaron cara de víctima. Y yo, claro, salía al váter nada más despertarme y me lo veía ahí,
a mi padre, mirándome con esos ojos tan tristes, y como diciéndome: “Nene, mátala”.
Que no se me olvide, antes de que cuente cómo fue destronado el Emperador del Autobús, que no deje de contarles la lucha que tenía cada vez que intentaba entrar
al váter.
Cada vez que intentaba entrar en el váter. Tachán. Estaba él. Encerrado con pestillo. Toc toc. Está ocupao. Decía. ¿Va a tardar mucho? Preguntaba yo. Y él me respondía. Un poco, pero no me tutees. Yo lo escuchaba pasar las hojas del periódico que había comprado yo el día anterior. Yo olía el humo de alguno de mis Ducados. Y su mierda.
Más de dos y tres veces tuve que mear en una botella de agua mineral por no poderme aguantar más.
Menos mal que el autobusero era igual de jeta tanto dentro como fuera de mi casa. Como vino se fue. Después de tres meses de mal vivencia. El tío no tendría que ser muy listo, no. Y lo digo porque al fulano no se lo ocurrió otra cosa que ponérselos a mi madre con dos o tres amigas suyas con las que suele jugar al parchís.
Dios. La vieja que se entera y no lo dejó ni volver a disculparse. Le tiró la media docena de calzoncillos, que ella misma le había comprado, por el hueco de la
escalera. Y le gritó que era un sinvergonzón, un sapalastra. Y ¡mira si me lo habían dicho!
Sabía lo que me esperaba. Porque siempre pasaba lo mismo. Igual que siempre. Cada vez que dejaba a algún novio o amigo acababa pasándome a mí la factura.
De repente empezaban a aparecer pelos míos en el desagüe de la bañera. Me hacía mal la cama. Comía haciendo ruido. Bebía demasiada cerveza. Hablaba mucho tiempo por teléfono. O me vestía malamente. Según ella.
Cualquier estupidez. Cualquier nadería era suficiente para que la tuviéramos.
Ahora, eso cambiaba radicalmente cada vez que llegaba el día diez. Los días diez cobraba las veintiséis mil del paro y le daba a ella diez.
Casi siempre, los días diez de cada mes, casi siempre me preguntaba lo que quería para comer. Siempre comía lo que había. Sin más. Pero los días diez tocaban macarrones. Mi comida favorita.
El día después de que me pasara lo de las llaves. Un lunes. Me llegó la contestación a la carta que mandé a Londres. ¡Bienvenido Abordo!. Ponía. Para empezar.
Después te recordaba las ventajas de viajar cobrando dinero. Desde 1.500 dólares al mes. Libres de impuestos. Necesitaban camareros, médicos, actores, plomeros y mucamas. El inglés era recomendable, pero no necesario.
Había que rellenar un cuestionario personal y remitirlo de nuevo a Londres, pero esta vez junto con el resguardo de un giro postal de cuatro mil quinientas. Con ese dinero tú tenias derecho a que te enviaran distintas direcciones de oficinas en las que se solía con-tratar a gente para trabajar en los cruceros. Pero no te prometían trabajo.
Ni mucho menos. Simplemente te mandaban direcciones.
No me pregunten porqué. Pero mandé las cuatro mil quinientas.
Puede que lo hiciera por estar ofuscado. Y es que justo la noche anterior fue cuando me pasó lo de las llaves.
Serían cosa de las cinco de la mañana cuando sonó el timbre insistentemente. Quién coño será a estas horas. Algún mal rollo. Mal rollo. Pensé mientras me dirigía torpemente a abrir la puerta.
Era, cómo no, ella.
Nene, me he dejao las llaves olvidas. Al parecer, según me contaba mientras que yo volvía a mi cama, al parecer había vuelto a salir con el vendedor de alfombras.
Y, por lo que se ve, venía de retozar con él en el coche o algo. Yo, en el fondo, asustado como estaba de que hubiera sido algo peor, en el fondo me alegré de que sólo fuera que se olvidara las llaves.
Me, bebí un poco de agua y volví a acostarme. Aunque antes, justo al pasar por delante de la mesa del comedor, vi la foto de mi padre. “Nene, hazme caso, mátala, mátala o te acabará matando ella a ti”.
Pero me contuve. Preferí pensar que simplemente había sido un accidente. Que incluso me podía haber pasado a mi. Tampoco era tan grave olvidarse de coger las llaves.
Al final, ya ves, volvieron a contestarme de Londres. Y, para que vean, con la relación de direcciones útiles venía una especialmente recomendada. Preparé una petición de empleo siguiendo las indicaciones que allí me daban. Y, creánselo o no, al mes y pico me contestaron positivamente.
Me iba a embarcar. Como en las películas. Acabaría de marinero. Quién me lo iba a decir a mi. Quizá con el cuerpo lleno de tatuajes y mil amores portuarios. Y hasta acabaría aficionándome al ron puro y duro.
Mucho más de lo que podía esperar de mi mismo.
Mamá, me voy en un crucero, de camarero.
Pero, ¿no decías que eso era un engaño?. Ya, mamá, pero me han contestao y me voy. ¿Van a pagarte mucho?
No sé. Dicen que unas ciento cincuenta. Más o menos.
¿Y me vas a ir mandando algo, que te lo vaya guardando en una cuenta? Queee... conociéndote a ti. ¡Capaz de volver sin un duro! Óyeme bien lo que te digo. ¡Aquí sin un duro no vuelvas, eh! ¡Que bastante he hecho ya con mantenerte hasta ahora!
No, mamá, no te preocupes.
No, ¡si no me preocupo! ¡Si el que se tiene que preocupar eres tú...!
Ya.
Las siete de la mañana. Un frío que pela. Me ducho con agua ardiendo. El autobús sale a las siete y media. De la capital cojo otro. Y después el avión. Estoy acojonao de ver que tengo que coger un avión a estas alturas de mi vida. Pero bueno.
Todavía ando dando vueltas por mi habitación. La reviso una y otra vez. Pues tengo la sensación de que me olvido algo indispensable. A ver, me llevo la ropa que más me gusta, la que necesito, de abrigo, el poco dinero que he podido juntar, un buen par de libros, creo. La Romana de Moravia y La Soledad del Portero ante el Penalty de Handke para el viaje. Ah, y un diccionario. Y nada más... A ver que mire, no sea que se me olvide algo...
Me pienso muy bien lo de entrar en su habitación para despedirme. Está dormida. Y sola. Ahora no está cohabitando con ninguno de sus novios o amigos. Me lo vuelvo a pensar. Ya he salido de mi habitación. Entonces es cuando vuelvo a ver la foto de mi difunto padre. Sus ojos. Esos ojos parecen quererme decir algo. Algo muy importante. Que la mate. Ahora es mi oportunidad. Después te irías a Londres. Y te embarcarías a dios sabe dónde. Que te busquen.
Ella es la culpable. Por culpa de ella tienes que irte. Dejar tu pueblo y a tu gente. Por culpa de ella. Si le tapas la cara con un almohadón no dejas huellas. Pueden interpretarlo como un paro cardiovascular. Ya son sesenta y pico los años que tiene. Mátala, nene. Total...
Pero cuenta que te quedas sin herencia. Bueno, qué herencia. Nada. Una casa medio hipoteca, cuatro duros en la caja de ahorros y un juego de albornoz sin estrenar que le regaló el guardia de Franco. Venga, anímate, quítate ese peso de la conciencia.
Me acerqué por fin a la puerta de su dormitorio. La abrí. Despacio. Temiendo despertarla. Aunque todavía era muy temprano. El poco resplandor que entraba por los huecos de la ventana me dejaban ver perfectamente el bulto de su cuerpo. Sus ronquidos me pusieron la piel de gallina. Estaba al lado de su cama y todavía no sabía lo que le iba a hacer. Me incliné sobre ella. Gemió. Pero muy bajo. En sueños. No, no puedo. Es más fuerte que yo. Además, yo no soy un asesino. Seguro que lo haría fatal.
Me incliné y la besé.
¿¡Nene!? ¿¡Se puede saber qué horas son estas de despertarme!? Son las siete y veinte. Mamá, me voy a Londres.
Ale. ¡Qué te vas ¿con al abrigo ese tan feo que te para tan mal...?!
Ya, mamá. Me voy. Adiós.
¡Y que güevos te se quedarán! ¡Irte con esas pintas de vagabundo! Anda, hazme el favor de quitarte eso ahora mismo.
Ya...
FIN

martes, 22 de abril de 2025

Se abre el plazo para la XXVI edición del Concurso Literario "Villa de Periana"





El presidente de la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Axarquía, Jorge Martín; la alcaldesa de Periana, Meritxel Vizuete; la concejal de Cultura del Ayuntamiento de Periana, Gema Frías y el edil de Turismo, Juan Peñas han presentado esta mañana el XXVI Certamen Literario Nacional Villa de Periana de relato corto.

“Periana apuesta por la cultura como lo hace por el turismo y el deporte. Este municipio de la Alta Axarquía contribuye a la dinamización tur´sitica de la comarca. Y con ello al apoyo de los artistas, en este caso de los escritores y escritoras, que tengan inquietudes por dar a conocer su obra”, ha destacado Martín quien ha resaltado que estos certámenes de relatos cortos “permiten a los profesionales y aficionados a la escritura despertar su creatividad, iniciarse en este trabajo y animarlos a hacer públicos sus trabajos”.

La alcaldesa de Periana, Meritxel Vizuete, ha destacado la solidez de este certamen que “nació con el objetivo de fomentar la creación literaria y ofrecer un espacio donde las palabras cobren vida desde cualquier rincón del país, con Periana como punto de encuentro cultural”.

“Desde el Ayuntamiento, seguimos apostando firmemente por la cultura como motor de desarrollo, identidad y cohesión social. La literatura nos permite compartir miradas, emociones y realidades; y este certamen está para ello”, ha comentado la regidora quien “ ha invitado a todas las personas amantes de la escritura a participar y a hacer de la palabra un vehículo de creatividad y encuentro”.

Por su parte, la edil de Cultura, Gema Frías, ha destacado de este certamen que lleva ya veintiséis ediciones que se ha convertido “en un evento que, año tras año, se consolida como una cita imprescindible con las letras, la creatividad y la emoción”. “Se ha consolidado como una de las iniciativas culturales más importantes del municipio, promoviendo la creación literaria ofreciendo un espacio de participación para jóvenes escritores y escritoras”, ha añadido

El Ayuntamiento de Periana ha publicado las bases de este certamen en el que podrán participar todas las personas residentes en territorio nacional. Casa participante puede presentar una obra, que debe ser original o inédita sin que haya podido ser galardonada en otro concurso.

“Desde el Ayuntamiento y en especial desde el área de Cultura, se mantiene una apuesta firme por la difusión de la literatura como herramienta de expresión, reflexión y enriquecimiento personal y colectivo. Este certamen representa el compromiso de nuestra administración con la cultura y con el impulso de las actividades que fomenta la participación ciudadana y el talento creativo”, ha resaltado Frías recordando que “es un referente en el territorio nacional, sumando el año pasado más de 600 relatos”. “Su continuidad demuestra que la cultura sigue teniendo un lugar prioritario en nuestra agenda”, ha agregado felicitando a los participantes que “muestran su sensibilidad, imaginación y tienen capacidad de emocionar a través de la palabra”.

La edil de Cultura ha explicado que tema será libre con una extensión de entre 1.000 y 5.000 caractres. Se entregarán en formato word y la fuente utilizada debe ser Time New Roman, del tamaño 14, a doble espacio.

Los trabajos deben enviarse exclusivamente por correo electrónico con dos archivos adjuntos: uno con el relato o cuento, y otro con los datos personales (plica). La dirección es concursorelatosperiana@gmail.com

El plazo de admisión de originales es desde el 1 de mayo al 31 de junio a las 23:00 horas.

“La persona que gane el concurso se llevará un diploma y un premio en metálico de 1.000 euros. El fallo se hará público durante la Semana Cultural que tiene lugar en el mes de noviembre”, ha explicado Frías.

“El jurado estará integrado por tres personas vinculada al mundo de las Letras y la Cultura; y su identidad permanecerá secreta hasta el fallo. Si el jurado considera que ninguna obra reúne los requisitos valorados para obtener el premio, quedará desierto”, ha informado la concejal de Cultura.

BASES DEL XXVI CONCURSO LITERARIO VILLA DE PERIANA

1. Puede concurrir al Certamen cualquier persona residente en territorio nacional.

2. Cada participante puede presentar una sola obra.

3. Las obras deben ser originales e inéditas y no haber sido galardonadas en ningún otro certamen literario.

4. Los textos deben presentarse en archivo Word a doble espacio, fuente Times New Roman, tamaño 14 y la extensión estará comprendida entre las 1.000 y las 5.000 palabras.

5. Las obras se enviarán a la dirección: concursorelatosperiana@gmail.com.

Deben adjuntarse dos archivos en el mismo correo:

- un archivo conteniendo la obra concursante, cuyo título debe coincidir con el nombre del archivo adjuntado, y

- otro archivo con los datos de la persona concursante: nombre y apellidos, DNI, dirección y número de teléfono y título del relato que se presenta al certamen.

6. El plazo de admisión se abre el día 1 de mayo y finaliza el día 30 de junio de 2025 a las 23:00 horas.

7. El Certamen premiará al ganador con diploma y 1.000 euros (el premio estará sujeto a la correspondiente retención de acuerdo con lo establecido en la normativa reguladora del IRPF y el resto de las normas tributarias).

8. El jurado estará integrado por tres personas vinculadas con las letras y la cultura y su identidad permanecerá secreta hasta el día del fallo. Si el jurado considera que ninguna obra tiene calidad para obtener el premio, este quedará desierto.

9. El fallo se hará público durante la Semana Cultural, en el mes noviembre, donde se presentará la obra premiada, contando con la obligada presencia de la persona ganadora para recoger el premio.

10. La participación en el presente concurso literario implica la total aceptación de estas bases.

sábado, 8 de febrero de 2025

ÓSCAR MATEO RONCERO GANA EL VIII CERTAMEN LITERARIO NACIONAL VILLA DE PERIANA "ESCRITOR FRANCISCO DÍAZ GUERRA" AÑO 1999.


Miércoles 8 de septiembre de 1999 - Diario Sur

El jurado de la VIII Certamen Literario Nacional Villa de Periana "Escritor Francisco Díaz Guerra" ha concedido el primer premio de la modalidad "Nacional" a la obra titulada "Borges, Cábala, Cinco", del autor Óscar Mateo Roncero, residente en Aretxabaleta (Guipuzcoa), dotado con un diploma conmemorativo y 150.000 pesetas en metálico.

El premio "Axárquico" ha correspondido a la obra "Vaya por Dios", de María del Carmen Galindo González, residente en Rincón de la Victoria, que recibirá un diploma acreditativo y 50.000 pesetas. Por último, el premio "Local" de la convocatoria ha recaído en la obra "Despierta Baby", de Dolores Larrubia Díaz, natural de Periana, que también recibirá un diploma acreditativo y 25.000 pesetas en metálico. La entrega de los premios del VIII Certamen Literario ha sido convocada por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento para el próximo lunes 20, a las 19:00 horas en las dependencias del Consistorio.

JURADO

En esta edición, el jurado ha estado formado por el editor Andrés Sarriá Muñoz; el periodista Antonio Clavero Muñoz; la agente de dinamización laboral de la localidad de Periana, Susana Benítez Benítez, y el escritor Francisco Díaz Guerra. El jurado ha destacado la inventiva y calidad de la mayoría de los trabajos presentados al certamen, que han alcanzado los 102.

Información enviada por el escritor Francisco Díaz Guerra, al cual, agradezco su colaboración y contribución a esta página.

Ricardo Angosto García gana el IV Concurso Literario Nacional "Villa de Periana" con su relato titulado "Nunca volverás a Prijedor".




En la imagen vemos al director del IES Alta Axarquía Javier a varios profesores del departamento de Lengua y Literatura, Antonio López Concejal de Cultura de aquellos años, Francisco Díaz Guerra y la ganadora del premio Axarquía.

Ricardo Angosto García (1966, Salamanca) es sociólogo, analista internacional y periodista. También es diplomado en Defensa Nacional por el Centro de Estudios Superiores de la Defensa Nacional (CESEDEN) y Magister en Radio y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid (UCM/RNE). Ha escrito, trabajado y colaborado, en los últimos años, para El Independiente, Diario 16, El Mundo, Fax Press, Colpisa, La Aventura de la Historia, Safe Democracy, Infomedio, Atenea Digital, Cambio 16, Cuadernos para el Diálogo, Historia 16, Radio Francia Internacional, Radio Exterior de España, Ideas y Debate, NTN 24 HORAS, Raíces, Cable Noticias TV, Hispan TV e Historia y Vida.
Durante mucho tiempo, ha residido en el extranjero, siendo un buen conocedor de los Balcanes y habiendo pasado largas temporadas en Albania, Bosnia y Herzegovina, Hungría, Rumanía, Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía. Como observador electoral de la Organización para la Seguridad en Europa (OSCE), ha participado en numerosos procesos electorales en una decena de países. A su vez, ha sido profesor en la Universidad Nacional de Honduras y becario del Ministerio de Asuntos Exteriores español en Hungría, Rumania y Turquía.
También ha ganado varios premios literarios, entre los que destacan el Joven y Brillante, el Ciudad de Periana y el Ateneo de Jaén. En la actualidad, colabora en varios medios de comunicación y es corresponsal de Diario 16 en Bogotá, Colombia.
Libros publicados: Chávez perdió: Honduras se salvó; La paz en Colombia… ¿Una utopía?; Europa a Debate; Kosovo: la herida abierta de los Balcanes; Las próximas guerras europeas; Kosovo. Las semillas del odio; Europa 3.0; Transilvania y Rapsodia húngara sobre fondo rojo.

Fue el ganador del IV Certamen Literario Nacional "Villa de Periana" en el año 1995. Este título "Nunca volverás a Prijedor" fue publicado en una antología titulada "UN LUSTRO DE LITERATURA JOVEN EN PERIANA" impreso por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA), el prólogo fue realizado por Francisco Guerra Díaz y portada e ilustraciones por Antonio Hidalgo con el apoyo de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Periana siendo alcalde D. Rafael Zorrilla Moreno y siendo Concejal de Cultura D. José Antonio López Zorrilla.

NUNCA VOLVERÁS A PRIJEDOR
1
Prijedor no era una ciudad bella, pero sí tranquila y limpia, en donde se podía respirar el aire limpio de los Balcanes. Ni oriental ni occidental, sino todo lo contrario. Una sinagoga, una mezquita, varias iglesias ortodoxas y algún templo católico. No era un mundo perfecto, pero había una armonía que surcaba las diferencias haciendo de ellas un orden que bebía de una innata consubstancialidad. Un desorden predispuesto para la convivencia. La diferencia era precisamente la esencia, la identidad colectiva que mantenía la paz. Muy pocas veces hubo enfrentamientos religiosos o étnicos en Prijedor. Desconocíamos el significado de la palabra conflicto, ignorando que estos, como los perros de presa, siempre esperan al acecho de sus víctimas. Son incansables.
El día 22 de febrero todavía se podía beber en el bar de la estación una botella de rakia, el famoso aguardiente de ciruelas, con unos amigos, sin importarme su religión, identidad o posición social. Pero ya había algo en el ambiente que nos delataba. Que nos convertía en culpables ante los demás. El día 26, Miljenko, uno de mis mejores amigos, con quien incluso había estado en el ejército, no pasó a buscarme como solía hacer casi a diario. A mí me extrañó porque la jornada anterior me había asegurado que lo haría. Ese mismo día, la televisión de Belgrado aseguraba, en uno de sus informativos, que "los extremistas islámicos que Gobiernan en Sarajevo" pretendían impulsar un estado musulmán en donde las otras confesiones estarían proscritas. Mi mujer miró de soslayo la televisión, inconsciente del drama que se avecinaba, mientras que mi hija Dunja rebañaba la cuchara. Después la televisión pasó a informar del stand de Yugoslavia en la Exposición Universal de Sevilla.
Salía a la calle. No encontré a Miljenko por ningún sitio. Alguien me dijo que, al parecer, "los serbios" estaban reunidos, discutiendo que hacer. Algunos, incluso, ya portaban armas en una actitud provocadora. Asimismo la policía estaba nerviosa, como esperando una señal. No entendía nada. Al día siguiente, por la mañana, llamó mi madre desde Sarajevo, donde se encontraba para visitar a mi hermana. Estaba alarmada por lo que estaba ocurriendo. Fuerzas paramilitares serbias había disparado contra una manifestación pacifista el día anterior y durante toda la noche se habían escuchado tiroteos por toda la ciudad. Pero eso no era lo peor. Según algunos rumores que circulaban por toda la ciudad, grupos de serbios habían recibido importantes pertrechos militares y se preparaban para derrocar al Gobierno. "No puede ser", contesté lacónico. La aconsejé que no saliera de la ciudad, que era lo más seguro para ella y que procurara no salir a la calle. Asintió silenciosamente. Fue la última vez que hablé con mi madre. Nunca más volví a saber de ella. Sin saberlo, la había encerrado en una ratonera de la que, posiblemente, si es que vive, no saldrá nunca. Nunca volverá a pasear tranquilamente por sus estrechas, pero ahora ensangrentadas, calles de Prijedor.

2
El día 28 intenté hablar con Sarajevo. Imposible. Era normal. Es la anormal normalidad de un país socialista. La televisión y la radio de Belgrado informaban de que "los integristas musulmanes" preparaban el genocidio de todos los serbios. El presidente bosnio anunció que todas las armas habían sido puestas bajo la custodia de la armada yugoslava. Nadie entendió esa fatídica decisión en ese momento. Esa misma noche una patrulla armada compuesta por civiles me pidió mi tarjeta de identidad antes de franquear la puerta. Se la enseñé sin discutir. Rieron. Me la devolvieron. Y uno, creo recordar, susurró algo así como "buen musulmán, van aprendiendo". En lo que respecta a Miljenko, parecía que definitivamente lo había perdido para siempre.
No se lo conté a mi mujer. La radio emitía música "patriótica" serbia y ella estaba preocupada. "¿Qué está pasando en esta país?", preguntó con tono inquisidor "No me han querido atender en la tienda, observó miradas inquisidoras en la calle..." Coincidíamos en que no entendíamos nada. Apagué la radio y encendí la televisión. Hablaba Milosevic. Advertía a los dirigentes bosnios que la independencia significaría la guerra. Al día siguiente era el referéndum sobre la cuestión independentista. El miedo se había apoderado de toda Bosnia y el silencio, tan lejano de aquellas alegres veladas nocturnas en las calles, no era un buen presagio. Nuestra hija lloraba. Y la noche, tan eterna a su pesar, se abatía sobre la tensa calma balcánica.
Intentamos acercarnos a un colegio electoral a votar, pero la presencia de las patrullas serbias armadas a la puerta, portando amenazadoramente sus armas, influyó para que al final desistiésemos. Intenté hablar con Miljenko, que al parecer se había enrolado en las bandas armadas, y me acerqué hasta su casa. Su mujer, sin abrir la puerta y desde dentro, me informó de que no estaba, de que "nunca estaría" para mí. Y me pidió que me fuese. Así fue. Llamé también por teléfono a Slobodan, otro de mis viejos amigos serbios. No contestó. ¿Estaría también con las bandas serbias? Decidí, por la seguridad de mi mujer y mi hija, encerrarme provisionalmente en mi casa. La radio local no daba noticias con respecto a la consulta electoral, mientras que las emisoras de Belgrado informaban de que "los musulmanes habían comenzado la guerra santa en Bosnia". Era una pesadilla incalificable, sin fin.
Seguían sin funcionar las líneas telefónicas en Sarajevo. Y la televisión bosnia informó, al día siguiente de la consulta, que el sí había barrido literalmente llegando al 95% de los votos emitidos. La radio local ya hablaba de guerra. Viejos himnos serbios bombardeaban las arengas del iluminado Karadzic. Esa misma semana, después de consumir unos días libres encerrados en casa, me acerqué hasta el taller donde trabajaba. Mi jefe, un tipo hasta ese momento afable aunque nunca fue simpático, se acercó hasta mí nada más entrar. "Quiero hablar contigo un momento", explicó el viejo Tadlic, al tiempo que mis compañeros miraban no sé si con cobarde desprecio o con sincero odio. Taldic tenía malas noticias para mí: no podría seguir trabajando en su taller. "¿Hasta cuándo le pregunté?". "Hasta nunca", contestó "Los musulmanes habéis votado por comeros vuestra mierda". No contesté. Recogí mis bártulos y el dinero de mi liquidación y me marché: Las bandas serbias ya controlaban la ciudad y eran visibles en todos los rincones. En una de las cafeterías de la ciudad lucía un cartel que decía: "Prohibida la entrada a perros, musulmanes y croatas".
3
Llamé por teléfono al viejo Branko, un médico croata que nos había atendido en varias ocasiones, y me contestó su mujer. "Se lo han llevado hace unos días, estoy asustada, no sé qué hacer con mis hijos. Nos matarán a todos". Intenté calmarla, pero algo interno me decía que ella tenía razón, que nos iban a matar o al menos intentarlo. Ella estaba desesperada, pero yo empezaba a comulgar con la histeria colectiva que se había apoderado de todos nosotros. La radio informó ese mismo día que las tropas serbias ya combatían contra "el Gobierno integrista de Izebegovic", al que apoyaban los "fundamentalistas católicos croatas". El ritmo con que la situación se deterioraba era vertiginoso, sin apenas dejar espacios para una reducción racional de la situación.
Compré alimentos para resistir durante una temporada y si las cosas continuaban así nos dirigiríamos hacia Zagreb, donde Zana, mi mujer, tenía una amiga de la infancia que ya nos había ofrecido su casa "si las cosas empeoraban". Lo habían hecho dramáticamente. Prohibí expresamente a mi mujer que saliera a la calle. Creo que había comprendido mejor que yo la situación. Ya habían empezado a aparecer pintadas amenazadoras en las paredes de la ciudad y el ambiente era tenso, silencioso, con esa apagada violencia eslava.
Habían pasado quince días desde el referéndum y la situación había dado un vuelco tremendo. Vivíamos en otro país. Muchos musulmanes se habían marchado, habían habido, según me comentó algún vecino que vivía aterrorizado como nosotros, algunos linchamientos y todos habíamos perdido nuestros trabajos. Otros testimonios hablaban de matanzas masivas en otras ciudades, de miles de deportados, de campos de concentración..., pero nos resistíamos a creer que nuestros vecinos de ayer se hubiesen convertido en nuestros verdugos de hoy. Olvidamos lo que dijo un gran escritor croata al referirse a los Balcanes: cuando en la taberna balcánica se apagan las luces todos los que se encuentran en ella desenfundan sus navajas para clavarlas. Y la radio y la televisión de Belgrado seguían sin informar de nada; tan sólo hablaban de una "conspiración antiserbia", de un "complot islámico". "Nuestra" televisión, la bosnia, era más dramática y hablaba ya abiertamente de una guerra civil en Bosnia.
4
Pero las cosas seguían empeorando. Nuestras reservas alimenticias se habían terminado y resistíamos de lo que nos proporcionaba un pequeño huerto que teníamos en la parte trasera de la casa. Nuestras tentativas por comprar comida habían fracasado y en todas las tiendas se negaban a atendernos. Además, comenzaba a resultar peligroso el intentar atravesar la ciudad ante la presencia, cada vez más numerosa, de las bandas chetniks. Una noche desde la ventana de casa, mientras escuchábamos las aterradoras noticias que llegaban desde Sarajevo, un fuerte resplandor llegó hasta nuestra casa. Se oían ruidos, disparos, gritos, voces, todo ello entremezclado con cantos, golpes, y una algarabía inimaginable para esas horas en Prijedor. El origen del fuego era inconfundible: se trataba de la gran mezquita de Prijedor. Estuvo ardiendo toda la noche al son de una vieja melodía chetniks de antes de la guerra. No pudimos conciliar el sueño en toda la noche.
Las primeras noticias de la mañana eran francamente alarmantes. Las nuevas autoridades serbias de Pale, dirigidas por Radovan Karadzic, un personaje siniestramente familiar para todos nosotros, anunciaban que se interrumpía en toda la "república de los serbios e Bosnia" el tráfico por carretera bajo control militar serbio, el servicio de ferrocarriles y los autobuses interurbanos. También quedaba prohibido el tráfico por carretera en coches particulares, extensible a todos los ciudadanos de su "república". Para los musulmanes también quedaba restringida la circulación en las áreas urbanas y en los núcleos rurales, debiendo respetar el toque de queda impuesto desde el mediodía hasta primeras horas de la mañana. Daba igual. Ya no podíamos salir de casa a nada. No teníamos a quién llamar por teléfono. Y nuestros vecinos, con tanto miedo o más que nosotros, ni siquiera habrían la puerta si llamabas. Las bandas serbias controlaban el barrio, te exigían la documentación, a veces a golpes, insultaban a los viejos y a las mujeres.
Nuestro estado de excitación, entremezclado con el hambre, la incomunicación y la soledad, iba en aumento. La radio seguía emitiendo música "patriótica" serbia y las noticias procedentes de Sarajevo nos devolvían una brutalidad que nos hubiera parecido inconcebible tres meses antes. Algunos días salía a la calle en busca de algún alimento, que excepcionalmente podía comprar en alguna tienda vacía a precios desorbitados, mientras que el tendero me pedía que me marchara rápido. "Tengo prohibido vender a los musulmanes y croatas", me decía.
Una noche de un abril claro una banda serbia fuertemente pertrechada empezó a disparar contra las viviendas del barro musulmán. Nadie contestó ni gritó. A los musulmanes nos estaba prohibido lamentarnos. Estaban borrachos y furiosos. Varias casas fueron quemadas y cuando sus moradores intentaron salir fueron ametrallados. Un niño, de menos de diez años, vino a agonizar muy cerca de la valla de mi casa. Un gesto innecesario, un serbio lo remató. El fuego de las casas incendiadas iluminaba toda la calle. Se escuchaban algunos gritos desde dentro de algunas casas; preferían abrasarse a soportar la placentera crueldad de los chetniks. Mi mujer se encerró en nuestra habitación sujetando fuertemente a nuestro hijo. Yo contemplaba el paisaje como esperando ser el siguiente en el turno, sin temor alguno. Hacía tiempo que habíamos dejado de vivir como seres humanos. Inconscientemente casi preferíamos la muerte.
5
La guerra desatada contra los musulmanes ya había dejado mella en la ciudad y varias decenas de casas, tiendas y templos religiosos habían sido incendiados. Los coches, ante la falta de gasolina, escaseaban y la bicicleta se había convertido en el principal medio de transporte. Muchos serbios portaban armas y una parte del comercio, que antes estaba en manos musulmanas, estaba cerrado. Las miradas eran de odio, de desprecio, de recelo, de desconfianza, de histérica búsqueda de un enemigo inexistente. Nadie estaba libre de pecado. Todos éramos musulmanes, serbios o croatas. Nuestra identidad era nuestro delito. Unos tenían la fuerza, los serbios, y la utilizaban contra quienes no la tenían. El arma era la única razón válida en esa meca de odio en que se había convertido Prijedor.
Lo peor eran las noches. Una de ellas nuestro destino quedó sellado. Un grupo muy numeroso de serbios, como nunca habíamos visto, llegó a nuestro barrio con varios camiones. Desde un megáfono un serbio nos conminó a abandonar nuestras casas y colocarnos con nuestras mujeres e hijos en el centro de una pequeña placita. Nadie respondió, aunque seguro que todos habíamos escuchado el mensaje. Comenzaron a aporrear las puertas, disparaban al aire, otros bebían aguardiente, el megáfono se hizo más amenazante y comenzaron a salir los primeros musulmanes, algunos a culatazos, de las casas situadas más cerca de las hordas serbias. Se encendían las luces de las casas, la gente salía corriendo para evitar la ocupación de sus casas y la violencia de los paramilitares y ya había un pequeño grupo de personas en la placita. Aporrearon la puerta de al lado y nuestros atemorizados vecinos, en pijama, fueron empujados a golpes hacia la plaza. Agarré a mi asustada mujer con mi hijo y corrimos hacia la placita. Un serbio me escupió en la cara. Varias casas fueron incendiadas y algunos cadáveres yacían en el suelo. Uno de ellos era de un anciano, muerto a culatazos, por negarse a abandonar su casa. Miljenko, mi viejo amigo, era el jefe de una de las bandas serbias.
Una vez que nos reunieron en el centro de la placita, apartaron a las mujeres y niños de los hombres y entre estos sacaron al pobre Mustafa, mi asustado vecino. Tenía 24 años. Acababa de casarse. Le ataron las manos a la espalda, le descalzaron y le pisaron los dedos con las botas ante nuestras atemorizadas miradas. Gritaba y gritaba y nosotros allí, sin poder hacer nada. Luego uno de ellos, que había trabajado conmigo, tumbó a Mustafa y le cortó el cuello con un cuchillo de carnicero. Después, en los camiones que habían llevado, nos montaron a todos los hombres con rumbo desconocido. Las mujeres y los niños gritaban. Los serbios la emprendieron a golpes con ellos. Miljenko dijo algo así como que no debíamos preocuparnos, que pronto nos reuniríamos todos en un "lugar seguro". Mi mujer miraba aterrada el espectáculo. Nunca más volví a verla. Allí quedó, quizá para acabar en algún burdel donde los serbios violaban repetidamente a las mujeres, tirada para siempre. Nadie la volvió a ver. 
Estuvimos más de doce horas de viaje en aquel camión, sin comer y sin beber nada. El final del viaje se llamaba Trno Polje. Todos habíamos oído alguna vez hablar de Trno Polje, de sus torturas, de las increíbles historias que contaban sobre los crímenes cometidos allí por los serbios. Se trataba de una vieja mina habilitada como campo de concentración, en donde se encontraban miles de detenidos por el simple hecho de ser musulmanes o croatas. Nuevamente más golpes. Nos enceraron en una sala, una vez que fuimos desnudados y privados de todas nuestras pertenencias, en donde estaba prohibido hablar. Por la noche, los gritos de los torturados, los disparos, los fusilamientos, los cánticos de nuestros guardianes, a veces hasta el amanecer, no nos dejaban dormir. Una noche fui sacado, junto con otros presos, por uno de los guardianes más salvajes, el sádico Zeljko Meakic, un ex oficial del ejército yugoslavo que después de torturar a indefensos musulmanes y dejarlos postrados en el suelo los orinaba en la cara.
Nos llevaban atados de manos ante el gran jefe de ceremonias, el gran torturador. Y terror y sorpresa, ante mí se encontraba Miljenko, con una tubería cortada que empleaba como porra para golpear a los presos. Se quedó estupefacto cuando me vio e inmediatamente ordenó que fuera encerrado en una habitación contigua. Lo que tuve que escuchar después no lo olvidaré en toda mi vida. Un "concierto" de golpes y gritos inhumanos, insultos, vejaciones indecibles, patadas, más golpes y al fin lo que parecía la consumación de la orgía sangrienta terminaba con algunos disparos en partes no vitales para alargar el dolor de las víctimas. La agonía a veces duraba horas. Los gritos de los prisioneros agonizantes se mezclaban con las risas y los cantos de nuestros torturadores serbios. Era dantesco.
Pese a todo, conseguí dormir un poco, quizá unas horas, con las manos atadas a la espalda. Desperté y ante mí el gran Miljenko, mi amigo metido a criminal, me contemplaba con compasión. "Tienes que intentar comprendernos. Estamos en guerra. No lo hacemos por crueldad. Los musulmanes ya son parte beligerante de esta guerra y solo ejercemos nuestro derecho a la defensa", aseguró con una mirada infantil, casi inocente. "No quiero morir aquí", le contesté. "Difícil me lo pones. Sólo hay una posibilidad. Mañana intercambiamos a unos prisioneros croatas por civiles serbios en las afueras de Dubica. Tienes que decir que eres católico, que pertenecías a la comunidad católica de Prijedor. Es lo único que puedo hacer. Tienes que tener cuidado porque te entregaremos a una banda ustasa muy fanática y si te descubriesen te matarían y seguramente también a algunos serbios por haberte enviado por un católico. Saldrás esta noche y el canje se efectuará de madrugada. No debes hablar con los demás prisioneros durante el viaje y hasta que no te encuentres en algún centro de refugiados neutral, de la Cruz Roja si es posible, no debes de dar tu verdadera identidad ni confesar tus creencias religiosas". Tampoco volví a ver a Miljenko.
Tal como había prometido, al atardecer, un grupo de serbios fue a buscarme. Nos cargaron en un camión, como si fuéramos ganado, y salimos rumbo a Dubica. Una vez allí el intercambio se produjo sin problemas. Los croatas no eran tan fanáticos como Miljenko había dicho y simplemente se limitaron a trasladarnos a un campo de refugiados en la frontera entre Croacia y Eslovenia. La vida allí era aburrida, la comida escasa y el tiempo era eterno, pero por lo menos estábamos vivos. ¿Qué más se podía pedir? Había perdido todo, madre, mujer, hijo y amigos, pero por encima de esta realidad tan miserable, cruel y maldita todavía me quedaba Dios. Era lo único que tenía. Un Dios que no distinguía entre musulmanes, serbios y croatas. Algún día, cuando llegue el inevitable tiempo de los perdones sin olvido y las reconstrucciones, quizá pueda volver a Prijedor. Pero todo será inevitablemente distinto.

Karlovac, septiembre de 1994

martes, 28 de enero de 2025

Josefa Solano Maldonado gana el III Concurso Literario Nacional "Villa de Periana" con su relato titulado "Horcas caudinas".



Josefa Solano Maldonado, nació en Alhaurín el Grande (Málaga) en 1970, es Licenciada en Filología Clásica y Filología Hispánica, y realizó los cursos de Doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Málaga.
En palabras de Francisco Díaz Guerra "Horcas Caudinas" es epístola que una madre romana, en los tiempos del emperador Cayo Calígula, dirige a modo de legado a su hijo, soldado ocupado en las guerras de un imperio que se cuestiona: son falsos los dioses de Roma, desdeñables la guerra y la codicia de los hombres, necesaria la paz a la que se canta con dominio de la ambientación y exquisita sensibilidad femenina.

Fue la ganadora del III Certamen Literario Nacional "Villa de Periana" en el año 1994. Este título "Horcas Caudinas" fue publicado en una antología titulada "UN LUSTRO DE LITERATURA JOVEN EN PERIANA" impreso por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA), el prólogo fue realizado por Francisco Guerra Díaz y portada e ilustraciones por Antonio Hidalgo con el apoyo de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Periana siendo alcalde Rafael Zorrilla Moreno.

HORCAS CAUDINAS
Roma, siendo emperador Cayo Calígula
Nonas de Noviembre

Hijo querido, desde mi soledad te escribo éstas letras para que sepas, si alguna vez las lees, cuán grande es el dolor que siento desde que te marchaste a esa absurda guerra. Sé que una mujer no puede empeñarse en ésta tarea, pues las labores del telar han de ser su quehacer diario, pero mi viejo maestro Porfirio Rufo siempre me decía, cuando me enseñaba a leer, que el expresar sentimientos con el estilete alivia el corazón enfermo.
Sólo la escritura me libera del peso de una máscara de resignación, como cuando el actor trágico, que cubre su rosto con la corteza de un árbol, manifiesta por la pequeña concavidad abierta a la altura de los labios, alguna gravísima acusación. Me abrazo a tu recuerdo y derramo copiosas lágrimas mientras te voy escribiendo; no temo que alguien me diga que soy demasiado atrevida y piense que yo inicio una controversia del ingenio, me conozco bien y reconozco mi incapacidad. Yo, torpe de palabra, no me atrevería a provocar los dardos de tamaña elocuencia. Pero mi dolor, después de haber andado por un camino dividido en multitud de sendas, y mi razón a través de mil calles interminables, sólo pueden ofrecerme el consuelo de la dicción.
Hubiera sido dichosa si me hubiesen preparado desde niña para ser vestal, llevaría el pudor y el rostro oculto con el velo sagrado, el honor privado, una hermosura ignorada y pública, un ánimo sobrio y el voto de pureza ostentando sin quiebra hasta la muerte; quizá también podría comprender la existencia de los dioses, y la de un destino hilado por las Parcas. No creo que sea Marte el causante de la guerra que se fragua en las lejanas Galias, y en la que tú, hijo mío, participas, sino que son los hombres los que por voluntad propia desean experimentar los peligros del combate. No puedo creer que Venus sea la diosa del amor, porque el amor es un sentimiento que pertenece a los humanos, ni pienso que el sol corresponda a Apolo y los árboles a las Hamadríades; todo lo que hay sobre el orbe se nos ofrece para que saciemos nuestros estómagos y cubramos nuestros cuerpos. Sin embargo los gobernantes de Roma se empeñan en traspasar éstas fronteras para acumular hasta el cielo riquezas y poder infinitos, mientras la ignorancia indócil del vulgo necio cree que la conquista de tierras extranjeras es la mayor gloria para el pueblo romano. También tú, hijo amado, ciegas la razón cuando consideras que lo más digno para un joven es llevar dardos en la diestra, batir murallas con los arietes, rodear con fosos los campamentos y manchar las manos con sangrientas devastaciones. La violencia del cruento mar de la batalla ha vejado la barquilla de la sabiduría en la que llevabas, cuando eras niño, la hermosa flor de la inocencia; ahora marchas en un ejercito presidido por el águila de la ambición. Yo entretanto cuento desesperadamente los días que pasan; cien mil meses, dos mil años más cinco mil días me parecen que faltan para volver a verte, mis ojos están apagados igual que la noche que diluye los colores y borra los contornos de las cosas.
Me resisto a aceptar que el César, que ha introducido males en las entrañas de las madres y que ha infeccionado con sus estúpidas campañas militares los sueños de muchos jóvenes, sea tenido por un ser superior. Esa fama o mejor éste error induce a los necios romanos a celebrar fiestas marcias en el campo de Rómulo, y a sacrificar cientos de novillas en los templos del Capitolio.
Quisiera que las lluvias de saetas como las que tú ves en cada enfrentamiento surcar el aire, rompieran al chocar, la acerada lóriga que cubre de tristeza mi corazón. Dime tú, hijo mío, cuál es la mejor defensa para salvaguardar la libertad de mi ánimo, qué línea de combate es la más eficaz contra las furias esparcidas por las entrañas, y que armas pueden mitigar mi dolor cada vez que dirijo mis pensamientos al ayer y te veo correr, todavía niño, por las verdes campiñas de nuestra villa de Tarento, cada vez que recuerdo tus manitas enredadas en mi peplo de seda. Explícame por qué el César se niega a disfrutar de los frutos del campo y del premio del cultivo, por qué abandona el dulce fruto de Baco para caer entre zarzas espinosas, por qué siembra semillas en montes llenos de piedra en vez de en llanuras fértiles, por qué se afana en prohibir al mar, no marcado con caminos, el ir formando sus olas con rápidas corrientes, y en hacer estallar las áridas rocas del desierto para convertirlo todo en dominio de Roma.
Me siento como una paloma que cruza el aire puro y se posa en el campo de espigas doradas donde un astuto cazador ha untado los juncos con perezoso besque, ella engañada por los atractivos del grano, es atrapada por la blanda goma que va ligando sus alas pegadas, y cuando quiere volver volando al éter queda cautiva y herida por sus entorpecidas plumas; me siento como los frutos, que ya maduros y dispuestos para la cosecha, son picoteados por los negros cuervos, como el agua que saliendo cristalina de la fuente se mezcla inevitablemente con el barro y se vuelve turbia. No puedo hacer nada por evitar la guerra y mi impotencia me corroe cada día más. Te imagino atravesado por el hierro, soportando horribles sufrimientos entre las angustias de la agonía, imagino tu rostro dorado cubierto ahora de un color blanquísimo, tus miembros devastados por los picos de las aves, tus huesos reducidos a polvo que las ciegas ráfagas del viento arrastran a un eterno vacío, donde no existe la sepultura del mármol ni la abundante fronda.
¡Oh Júpiter! si existes, ¿por qué permites esto?, ¿por qué engendraste a un príncipe romano que desea ardientemente poseer cielo y tierra, mares y ríos, montes y llanuras, y todo cuanto aparece ante sus ojos?; ¿por qué Roma quiere engrandecerse con sangrientas batallas y no con el arte de vivir pacíficamente? Si estas cosas penetraran en los oídos de la plebe de forma que pudiesen tocar sus corazones aletargados, al instante llevaría como insignia la paz, y despreciaría hasta el fin de los tiempos las crueles hazañas bélicas; pero el pueblo considera todo lo que procede de los sentimientos como algo rodeado de perdición, presto a caer en el abismo del caos. Sólo la sangre derramada de los débiles provoca el júbilo popular. Yo siempre le pediré, hijo mío, que rechaces el deseo voraz de matar, y que distingas aquella lumbre de esperanza que no se percibe blandiendo saetas voladoras, ni amenazadoras espadas, sino que brilla dentro de aquellos que sienten compasión hacía los hombres sin importarles su lengua, sus dioses o sus costumbres.
Sueño con que algún día el príncipe, los ejércitos y toda roma despedacen los estandartes de guerra, hagan añicos lanzas y jabalinas, y depositen las armas en las inmundas cloacas de insoportable hedor; ansío que desaparezcan para siempre los cuerpos ulcerados por las heridas del combate y la podredumbre de las entrañas; sea testigo entonces el mundo de que fue vencida la idea que vagaba en sueños de innumerables conquistas, mientras tenía aprisionados los ánimos de los Quirites; evapórese el furor, liquídese la rabia, desvanézcase el sufrimiento, todo el daño que causó la lucha lléveselo el viento, dispérsenlo las tenues auras, sea una ficción las contiendas futuras. Cuando llegue este momento toda la tierra emitirá un suavísimo perfume de rosas, de tiernas violetas y de finísimo azafrán; destilarán los bálsamos de frágiles retoños, y los juguetones riachuelos, que se deslizan desde una fuente oculta lamiendo en sus riveras los nardos, filtrarán sus aromas hasta agotarse. Cantaremos tú y yo, hijo amado, dulces sones modulando himnos de voces unísonas, y recostados sobre los lirios al anochecer, contemplaremos la amplitud del cielo adornado con sus dos Osas, y veremos la estrella vespertina que esparce sus purpúreos colores por la parte en que la Osa Mayor rige el yugo del Bósforo. Ese día el orbe gritará que fue derrocada la guerra de los hombres, que dejaron de existir las contusiones provocadas por el filo de la espada, y que fue sojuzgado el apetito implacable de masacrar por la blanca toga de la callada Paz.
Pero presiento, hijo mío, que nunca llegará ese tiempo de inmensa alegría y sosiego. Roma seguirá colgando en los hacinamientos, los despojos ganados con las armas y la sangre, no rechazará a los dioses inexistentes y seguirá hasta la eternidad entablando combates con pueblos extranjeros y con los propios romanos.
¡Oh hombres del Tíber!, ¿no os dais cuenta de que os asemejáis a los peces que confían su boca al engañoso cebo, para ser heridos por el anzuelo?; perseguís el triunfo que se nutre de los lamentos desgarradores de los vencidos, deseáis la muerte de quienes no conocéis, buscáis gloriosas condecoraciones en el dolor de los demás; ¿pensáis que es cosa indigna el estrechar las manos de la concordia?; ¿por qué os dejáis arrastrar por la codicia? Desterrad de una vez la ambición que solo os trae calamidades.
Desprecio las joyas cinceladas, las crateras de oro, las pesadas vajillas de plata y los muebles de marfil, no me regocijan los objetos más hermosos comprados al más elevado precio, solo quiero tenerte a ti a mi lado, hijo mío, rodear tu cuerpo con mis brazos, cubrir de besos tu rostro y sentir tus dedos acariciando mi cabellera, como hacías antes de partir. Siempre que veo la bolita de oro, que llevaste al cuello hasta los diecisiete años, colgada en el altar de los lares, recuerdo los dulces momentos que pasamos juntos, cuando llevabas todavía la pretexta. Jugábamos a los dados cada tarde en el jardín y tú, siempre vencedor, cortabas ramas de laurel con las que entretejías torpemente con tus manecitas una corona que siempre me regalabas para verme sonreír. Todas las mañanas, a la hora segunda, venías a mi lecho y me tirabas del pelo intentando despertarme, luego te subías a mi espalda e imaginabas que ibas cabalgando junto a los jinetes del ejercito romano; sin darme cuenta tu sueño infantil se hizo realidad y te alejó de mí dejándome destrozado el corazón. Ya se han agotado mis fuerzas, y mi amargura solo se alivia con el punzón que va trazando en las tablillas enceradas todo lo que siento.
Hijo amado, si he muerto ya el día en que vuelvas, y por ventura encuentras esta carta, no creas que tu madre estaba dominada por la locura; lo que aquí lees es el testimonio de mis verdaderos pensamientos, que ha buscado en los recovecos del cuerpo sensaciones prohibidas para una mujer y en contra de la costumbre romana. Has de saber que los sentimientos luchan en el fondo del corazón en numerosos combates que me arrastran siempre a la esclavitud de una vida detestable, a someterme a indignas torpezas y a sobrellevar el quebranto de la propia salvación, tal y como yo misma hubiera pasado millones de veces por las horcas caudinas. Te quiero mucho.