Una explotación familiar cultiva unos 700 árboles y vende casi toda la producción directamente a consumidores que buscan un sabor difícil de encontrar en los circuitos habituales-
07/08/2026 - www.diariosur.es
Apenas han pasado unos minutos desde que los melocotones abandonaron el árbol. Todavía conservan la fina pelusa que protege la piel cuando comienzan un nuevo viaje, esta vez de unas manos a otras. En un almacén familiar de Periana, cada pieza pasa por una revisión minuciosa. Se clasifican por tamaños, se limpian cuidadosamente y se apartan aquellas que presentan un golpe, una picadura o una pequeña marca. Los mejores acabarán ese mismo día en el maletero de clientes que han recorrido decenas de kilómetros para llevarse una caja directamente del agricultor.
La escena resume bien la singularidad del melocotón de Periana. Ya no mueve millones de kilos como en las décadas de mayor esplendor ni se cultiva aquella histórica variedad tardía que dio fama nacional al municipio. Sin embargo, sigue habiendo familias empeñadas en mantener viva esta tradición agrícola. Y, lo más llamativo, continúa existiendo un público fiel que espera cada verano para subir hasta este rincón de la Alta Axarquía en busca de una fruta difícil de encontrar en los canales habituales de distribución.
Antonio Ortiz y Ana Mari Villa forman parte de esa resistencia silenciosa. Bajo la marca familiar Noeda —un nombre formado con las primeras sílabas de sus hijos, Noelia y Daniel— cultivan unos 700 melocotoneros repartidos en dos parcelas. La cosecha dura apenas un mes, este año, aproximadamente entre el 10 de julio y el 10 de agosto. Después toca esperar otro año.
«Mi padre ya tenía melocotones y yo continué con la finca. También he ido replantando parcelas para mantener el cultivo», explica Antonio mientras avanza entre los árboles cargados de fruta.
Heredero de una tradición
Los árboles que hoy llenan las laderas de esta explotación no pertenecen a la antigua variedad tardía que hizo célebre al pueblo durante buena parte del siglo XX. Aquella desapareció tras años de sequía y enfermedades. La nueva apuesta es una variedad conocida como Brasileño, que ha permitido recuperar el cultivo.
«Tiene una acidez muy equilibrada con el dulzor y una pulpa muy jugosa, además de un color rojizo por dentro que no tienen otros melocotones», resume el agricultor.
El entorno también hace su parte. Las suaves pendientes de la Alta Axarquía, el clima y unos suelos que llevan décadas demostrando su afinidad con este cultivo explican, en buena medida, que el melocotón siga encontrando aquí uno de sus mejores refugios.
Antonio lo tiene claro cuando se le pregunta por otros cultivos de moda: «Aquí muchos probaron con el aguacate o el mango y terminaron arrancándolos. Esta tierra es para el melocotón».
Mermas
Uno de los aspectos menos conocidos del cultivo aparece cuando la fruta llega al almacén. Sobre las mesas empiezan a formarse montones muy diferentes. Los melocotones grandes, medianos y pequeños destinados a la venta. Los que servirán para hacer conservas. Y, finalmente, los que nunca llegarán al mercado.
«Hay una parte importante que hay que apartarla porque está dañada o no da el calibre», explica Ana Mari mientras va separando cuidadosamente cada pieza.
Detrás de esa merma hay muchas causas. El viento puede tirar media cosecha cuando la fruta ya está madura. El granizo deja marcas difíciles de salvar. También aparecen picaduras, pequeños golpes e incluso robos en plena campaña. «El año pasado se cayó muchísima fruta con el terral, y los robos también nos afectan; incluso hemos tenido que denunciarlos», comenta Antonio.
A ese trabajo hay que sumar otro mucho menos visible. Porque la campaña dura apenas unas semanas, pero el melocotonero exige cuidados prácticamente durante todo el año: poda, clareo, tratamientos, riego y renovación progresiva de los árboles más viejos. Además, un ejemplar no alcanza su mejor producción hasta los siete u ocho años. Y cuando cumple la veintena acaba su ciclo.
La fruta que busca al consumidor
Quizá el dato más sorprendente es que estos melocotones apenas necesitan publicidad. O, en cierto modo, sí, la más complicada, pero efectiva: la del boca a boca. La producción resulta tan limitada que prácticamente no sale a buscar compradores. Son los compradores quienes buscan el melocotón. De pueblos cercanos, pero también de Málaga u otros municipios alejados. «Incluso nos han pedido que los envíemos a Barcelona, pero no hacemos ese tipo de pedidos», detalla Ana Mari.
«La gente ya sabe a qué agricultor tiene que venir: nos llaman, reservan y vienen directamente a recoger las cajas; nosotros vendemos al consumidor, sin intermediarios», explica Antonio.
Algunos adquieren una caja para casa. Otros aprovechan para hacer un regalo. También hay vecinos que buscan expresamente las piezas con pequeños defectos porque son perfectas para elaborar conservas.
En la familia Ortiz Villa ese aprovechamiento tiene incluso nombre propio. El tío Domingo recoge parte de esos melocotones que ya no pueden venderse como fruta fresca y, siguiendo una costumbre heredada, prepara cada verano melocotón en almíbar. Lo hace al aire libre, sobre fuego de leña, con un viejo cubo que en lugar de ser reciclado es reutilizado como cacerola. Después llena frascos de cristal que permiten disfrutar de la cosecha muchos meses después de que termine la campaña. Es otra forma de entender un cultivo en el que nada se desperdicia y donde cada fruto tiene un destino.
Mientras tanto, en las laderas de Periana, los árboles siguen dando forma a una tradición que se resiste a desaparecer. Cada caja que sale de estas fincas lleva mucho más que melocotones: transporta el trabajo de todo un año y el empeño de varias generaciones por mantener vivo uno de los sabores más característicos del verano de la Alta Axarquía.





No hay comentarios:
Publicar un comentario