25/02/2026 - www.diariosur.es
El molino de San Antón del siglo XVII en Periana restaurado gracias a una dedicación privada al patrimonio industrial malagueño.
A escasos metros de donde el río Guaro en Periana discurre con toda su fuerza tras la serie de temporales que han azotado la provincia de Málaga en lo que va de año, sigue en pie un edificio que estuvo a punto de desaparecer.
No se debió a una inundación ni al paso del tiempo, sino al abandono y la falta de interés por los edificios antiguos. Hoy se le conoce popularmente como «Molino de Frías», pero su nombre original, que aparece en los papeles encontrados entre antiguas transacciones y documentos casi destruidos por la humedad, es otro: «Molino de San Antón».
Sigue ahí gracias a décadas de trabajo paciente y minucioso, y sobre todo, a la determinación de dos hermanos, Paco y Dionisio Camacho, junto con sus esposas, Purificación y Remedios. En el verano de 1997 decidieron comprar lo que muchos consideraban una ruina sin futuro. Lo hicieron sin financiación pública, sin subvenciones, sin el apoyo de las autoridades. Solo con la convicción de que algo había que salvar.
Edificios históricos abandonados
Los hermanos presenciaban cómo antiguas posadas, estaciones, molinos de aceite y otros edificios históricos se derrumbaban en muchos pueblos, a medida que la modernidad y el desinterés por el pasado se imponía. Temían que el molino fuera el siguiente.
Lo que encontraron al abrir sus puertas fue un edificio ruinoso, con vigas podridas, techos dañados y paredes debilitadas. Pero bajo esa capa de abandono aún se alzaba una estructura sólida, con el barro original en sus paredes y piedra encalada, tal como se construyó originalmente. Los documentos sugieren que data del siglo XVII, aunque Paco está convencido de que podría ser incluso anterior, debido a algunas construcciones que él considera más antiguas. Decidieron respetar ese origen.
La restauración fue compleja. Un molino de agua no es un edificio cualquiera. Las muelas no se pueden mover ni tres centímetros, explica Paco. Deben estar perfectamente alineadas con el rodillo y el sistema hidráulico. Para ello, hubo que desmontar piezas, nivelarlas y volver a colocar las muelas exactamente en su posición original.
La operación de restauración del Molino de San Antón es una auténtica lección de ingeniería tradicional. El agua del río Guaro se canaliza a través de una acequia hasta una balsa elevada. Desde allí, cae a través de un cubo de ocho metros de altura. La presión generada por miles de litros de agua mueve el rodillo, que transmite la fuerza a las piedras del molino harinero. Todo depende de la gravedad, la altura y el cálculo preciso del caudal. Sin motores ni electricidad. Solo agua y precisión.
Piedras de Francia
Las piedras también cuentan su propia historia. No son la típica piedra caliza de la zona, sino sílex procedente de Francia. Se fabricaron en la prestigiosa fábrica de La Ferté, en la región del Marne, y llegaron en barco al puerto de Málaga. Desde allí, el tren y luego las carretas las transportaron hasta el yacimiento cercano al río, por donde viajaban los arrieros de Zafarraya cargados de trigo. Estas piedras duras, más resistentes que las locales, reducían el mantenimiento y aumentaban la eficiencia.
Hasta mediados del siglo XX, Periana contaba con una docena de molinos. El Guaro y otros ríos y arroyos alimentaban un sistema escalonado de molinos que convertían el agua en harina y sustento. El molino de San Antón fue uno de los últimos en operar y cerró en 1962.
En 1945, previendo el declive de los cereales, el molino incorporó también una almazara. Allí, con tracción animal, se trituraban las aceitunas y se prensaba el aceite en una prensa de capilla que aún se conserva. Esta doble vida —harina y aceite de oliva— es una de las singularidades que se conservan en este edificio, que bien podría ser un museo.
Pero el valor del molino no es solo técnico. También es simbólico. El pequeño nicho en su interior recuerda su advocación original: San Antón. Durante años estuvo vacío. La familia Camacho lo recuperó tras encontrar referencias entre viejos documentos sobre ventas de harina y cuentas del molino desde al menos 1915. Cada molino tenía su santo. Era su nombre y su identidad. Sin embargo, los anteriores propietarios de la familia Camacho lo llamaron por su apellido, el molino Frías.
Futuro
Hoy, además de los dos molinos, este edificio también conserva herramientas y utensilios con décadas o incluso siglos de historia. Desde herramientas y aperos para labrar la tierra hasta una caja de las primeras cervezas Victoria.
En 1929, un periodista de La Unión Mercantil, Francisco Pacheco Ruiz, pasó por la zona y escribió sobre ella en una crónica titulada «Málaga-Periana». Describió aquellos «molinos arcaicos de escaso rendimiento» alimentados por el Guaro. Ha tardado casi un siglo en aparecer otro reportaje en el mismo punto del mapa. Entre visitas, el molino sobrevivió gracias a la memoria de quienes lo trabajaron y, posteriormente, a la determinación de quienes decidieron no dejarlo caer.
Durante años, Paco abrió sus puertas sin cobrar entrada. Escolares, grupos culturales, visitantes extranjeros e incluso pasajeros de cruceros han pasado por allí. No lo hizo por negocios, sino por convicción: «Para que la gente vea que vale la pena preservar el patrimonio», resume. En 2024, problemas de salud lo obligaron a cerrar al público. El futuro inmediato es un asunto familiar. El objetivo es claro: preservarlo tal como está.
El molino de San Antón no es un Bien de Interés Cultural (BIC). No cuenta con protección especial ni respaldo administrativo, pero es una pieza esencial del patrimonio de la Axarquía. Es un testimonio de cómo el agua moldeó el territorio, organizó la economía y dio forma a los pueblos.
A su alrededor, el Guaro sigue su curso. El mismo río que ha movido estas piedras durante siglos. El mismo que nace casi al lado y que aún, al descender con fuerza, nos recuerda que todo empezó allí con el agua. Gracias a cuatro personas —dos hermanos y sus esposas—, ese sonido no es solo pasado. Es presente.

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