PREGÓN DE SAN ISIDRO 2026
En primer lugar, quiero mostrar mi más profundo agradecimiento a la hermandad de San Isidro y al Ayuntamiento, por confiarme el pregón de estas fiestas aquí en mi pueblo.
No lo dudé ni un instante cuando José María y Loli me hicieron una video llamada proponiéndome ser el pregonero de este año. ¡Qué emoción tan grande la de estar aquí con vosotros y celebrar juntos nuestra feria!. Es un honor que llevaré siempre en el corazón.
Quisiera agradeceros a todos, familiares y amigos, el que hayáis querido compartir conmigo estos momentos de la lectura del pregón que da comienzo a las fiestas en honor de nuestro patrón, San Isidro Labrador.
Y también agradecerle a una persona en especial , haber hecho lo imposible para poder estar aquí esta tarde conmigo. Me refiero a Mati, mi mujer, que, aunque cordobesa, venía de vacaciones y, por supuesto a la feria, con sus padres y sus hermanos a casa de su tía Eugenia.
Periana le gusta tanto como a mí, o yo diría que incluso más, que ya es decir. Y esperamos disfrutar aquí juntos largas temporadas, que para eso está la jubilación.
Quisiera aprovechar para dar la bienvenida a estas fiestas a todos aquellos que, viniendo de otros lugares u otros países, han decidido que Periana sea su hogar.
Unos lo han hecho buscando un lugar de trabajo que les permita vivir con dignidad y construir un futuro. De la misma manera que, en un tiempo no muy lejano, coincidimos un grupo de paisanos de Periana haciendo la vendimia en el sur de Francia.
Sin embargo, para otros, ha sido nuestro clima o la belleza de nuestro paisaje de la Axarquía lo que les conquistó.
Porque la riqueza de un pueblo no está solo en sus tradiciones, sino en la capacidad de abrirse, de acoger y de sumar historias nuevas a las de siempre.
Ellos ahora también son perianenses. Estas fiestas son de todos.
Cuando empecé a preparar el pregón, lo primero que me vino a la mente fueron aquellos recuerdos de la infancia.
Yo nací muy cerca de aquí, en la Cruz. En un sitio tan castizo como en Madrid pueda ser Lavapiés. En una molina que había justo al lado del lavadero, donde hoy solo hay una tapia con un gran portón, mi madre, con ayuda de doña Margarita, me dio a luz con el ruido de fondo de las animadas charlas que, a voz en grito, tenían las mujeres que, aquella madrugada de abril, habían acudido a lavar, ya que aún habría que esperar a los años sesenta para que llegasen las primeras lavadoras al pueblo.
Pronto, cuando tenía un año, nos mudamos a la Lomilleja. Allí éramos muchos niños, y gran parte del día lo pasábamos jugando en la calle. Y en las noches de verano la cosa se alargaba hasta que los vecinos recogían las sillas y se metían para adentro. Eduardo, Pepe el retratista, Aranda, Salazar, el Gallo, Domingo y un largo etcétera que después seguíamos juntos en la escuela de mi padre.
Apenas necesitábamos salir del barrio. Incluso en verano llegaba a la esquina Ramón “el de las avellanas” con el carrito del helado, justo a las cinco en punto, dando por finalizada la obligatoria siesta de la época. A comprar los tebeos del Capitán Trueno y el Jabato íbamos a la tienda de la Veinticuatro, y para todo lo demás, la tienda de la Purita era lo que ahora Mercadona.
Yo creo que para atemorizarnos y evitar que nos alejáramos mucho circulaban ciertas historias, como las del “tío mantequero” o el personaje que llamaban Frascolanas.
A veces, la llegada de algún teatro o el circo venía a romper la apacible rutina del pueblo. Los montaban en el llano o junto a la casilla de la luz, al terminar la cuesta de don Ángel. Y para los niños venía a ser el descubrimiento de algo nuevo y diferente, en unas tardes que pronto quedarían atrás cuando llegaran los primeros televisores y el repetidor de Comares, para cambiarlo todo.
Pero lo que esperábamos con auténtica ilusión era la llegada de la feria. Corríamos para ver cómo montaban los cacharritos en el llano de la iglesia. La noria, las barquillas y al fondo, en la esquina del cine, las olas.
Recuerdo el sonido de la música en las calles, mezclándose con el repentino ruido de los cohetes. Algún que otro puesto de juguetes y turrón. Aquellos nubarrones que a veces venían a estropear la salida del Santo a las calles, adornadas con banderitas españolas de papel.
El repique incesante de las campanas. En la procesión, los pies descalzos de algunas mujeres, y los ojos mirando al cielo de aquel santo que, como a todos, con el tiempo, también le llegó la jubilación. Y, como siempre, antes de salir a la calle el “que no te manches” que me decía la Julia, porque llevaba la ropa estrenada para la feria, que después pasaba a ser la de los domingos.
Pero para muchos de nosotros, estas fechas pasaron a ser un recuerdo porque tuvimos que marcharnos pronto a estudiar fuera. En mi caso, a los nueve años: La Caleta, el Seminario de Málaga, los Carmelitas de Antequera, Granada, incluso un veraneo en Campillos.
Por otro lado, muchos paisanos del pueblo tuvieron que emigrar en busca de trabajo a Barcelona, Madrid, Durango o Alemania.
Todos, cuando llegaban estos días, teníamos, como diría Alejandro Sanz, el corazón partío.
Hubiera dado cualquier cosa por volver a correr por la Lomilleja, oír las campanas a la salida del Santo o tirar el trigo en la azotea de mis primos.
De alguna forma, a San Isidro lo seguí viviendo, aunque de otra manera. Cuando me fui a Madrid, lo seguí teniendo de patrón, y disfrutaba de la fiesta en la Pradera de San Isidro, visitaba la ermita del Santo o me iba a echar un baile en la verbena de las Vistillas. Pero siempre, sin dejar de acordarme que a tal hora estarían echando el trigo en el balate de la fuente.
Más tarde, al marcharme a trabajar a Azuqueca, en Guadalajara, el patrón y el nombre del instituto era, cómo no, San Isidro.
Como podéis ver, el Santo y yo siempre hemos tenido muy buena sintonía.
Para los que vivíamos fuera, siempre ha sido muy emocionante reencontrarnos con nuestros paisanos y participar en los diferentes actos que han tenido lugar en Madrid.
En 2014, en la Real Colegiata de San Isidro, con motivo de la bendición de la nueva imagen colocada aquí en la fuente.
En 2016, en Torrelaguna, un pueblo al norte de Madrid, nos reunimos en esta ocasión para la bendición de la imagen de Santa María de la Cabeza, que hoy también nos acompaña, pero que, como todos sabéis, se venera en la ermita de las Mayoralas. Aquel acto se celebró en Torrelaguna porque parte de la vida de la Santa transcurrió en esa zona.
La última vez fue en 2022, en la catedral de la Almudena, con ocasión de la celebración del cuarto centenario de la canonización de San Isidro, que, como sabéis, aunque vivió en el S. XII, lo hicieron santo en la primera mitad del siglo XVII, junto con San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, mi santo San Francisco Javier y San Felipe Neri.
De San Isidro, sabemos la vida y milagros, entre otras cosas, gracias a la encomiable labor de José María Camacho, tallando en piedra los milagros del Santo a lo largo del camino de las Mayoralas. Pero como de ella sabemos menos, me vais a permitir que vuelva a recordar el tiempo que disfruté como profe de Historia y os cuente algunos detalles de su biografía:
En realidad se llamaba María Toribia. No se sabe la fecha exacta de su nacimiento, pero pudo ser a finales del Siglo XI o principios del XII, en plena Edad Media, en Caraquiz, una pequeña aldea perteneciente a Uceda, en Guadalajara, donde vivían sus padres, de origen judeoconverso.
Esas tierras habían formado parte de Al-Andalus hasta que en el S. XI fueron conquistadas por Alfonso VI, pasando al reino de Castilla. Siendo joven, se trasladó a Torrelaguna, dedicándose posteriormente como santera al cuidado de una ermita de la zona: la ermita de la Virgen de la Piedad.
Su milagro más conocido es el llamado popularmente “los celos de San Isidro”. Al Santo le llegaron rumores de que el cuidado de la ermita no era más que una excusa de su mujer para pasar el tiempo con unos pastores. Se decidió a espiarla, y lo que presenció fue que, para cruzar las turbulentas aguas del río Jarama y llegar a la ermita, echó su manto sobre el agua y, subida al mismo, llegó a la otra orilla.
Ahora comprenderemos mejor por qué aparece en su iconografía con una mecha encendida en la mano derecha y en la otra una alcuza con el aceite para alimentar la lámpara de la ermita.
El apelativo “de la Cabeza” le viene porque su cráneo, colocado en un relicario, fue venerado, primero en Torrelaguna y trasladado a Madrid, a mediados del siglo XVII por orden de Felipe IV.
No alcanzó la condición de Santa hasta mediados del siglo XVIII.
Si uno se pone a pensarlo, el hecho de perdernos tantos San Isidros tiene también su lado bueno o positivo.
Somos un pueblo que apostó por la educación, que no es poco, cuando eso suponía mandar a un hijo o a una hija a estudiar fuera. Gracias al esfuerzo de muchas familias y a unas becas que en ocasiones no llegaban a ser suficientes, salieron de aquí grandes profesionales: médicos, abogados, ingenieros, periodistas y tantos otros que sería injusto seguir sin nombrarlos a todos.
Me vais a permitir que hoy dedique un reconocimiento especial a lo que llamo yo “el gremio de la tiza”, que en Periana es muy numeroso y al que estoy muy orgulloso de pertenecer. Los maestros, recordando especialmente al mío, mi padre; los profesores de secundaria y los docentes universitarios. Gente de este pueblo que elegimos la tarea hermosa de enseñar, que no es un camino fácil, y que hicimos que muchos de nuestros alumnos supieran localizar Periana en el mapa.
No quiero pasar por alto el IES “Alta Axarquía”, porque el instituto representa algo que durante mucho tiempo no tuvimos: la posibilidad de que nuestros jóvenes sigan estudiando sin tener que abandonar su casa, su familia y el pueblo antes de tiempo.
Los de mi generación sabemos bien lo que es crecer lejos de los tuyos. La riqueza de tener el instituto, no tiene precio.
Y llegamos a ti, San Isidro, que hoy, desde lo alto de la fuente, y por unos días tan bien acompañado, estás viendo nuestras caras de satisfacción por ese agua que tan generosamente ha caído este invierno. ¡Qué alegría ver el pantano completamente lleno, el cerro de Capellanía convertido otra vez en una isla, o las Rozas como si fuese “un prao” asturiano!
Desde finales de enero, el reventón de Guaro ha hecho que el sonido del agua se convierta en un motivo de atracción para innumerables visitantes. Ha contribuido a mejorar de forma notable las reservas hídricas y el futuro del campo en una zona fuertemente castigada por la sequía en los últimos años.
La AEMET , la Agencia Estatal de Meteorología, nos dijo que el desplazamiento del anticiclón de las Azores más al norte de lo habitual había provocado que un tren de borrascas nos cruzara sin darnos apenas tregua. ¡Hay que ver, agua del Caribe regando nuestros olivos verdiales! Pero para algunos, no hay meteorología que valga: el Santo por fin ha oído las plegarias, y algo habrá tenido que ver en este milagro del agua. Años oyendo rogativas con el campo seco, y este invierno debió decidir ponerse al día de golpe.
Que conste que te lo agradecemos pero eran tantos los días de lluvia que hemos estado a punto de gritarte tu famoso refrán:” San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol”.
Recuerda que mañana, cuando salgas a nuestras calles y recibas el trigo desde los balcones, más que pidiéndote agua será para agradecerte la que ya nos has mandado.
Y antes de terminar, permitidme que, como en la entrega de los Goya, quiera recordar a los miembros de mi familia que no han podido venir y me hubiera gustado tener a mi lado, en particular a Pablo, porque un jueves en Madrid no entiende de pregones y, sobre todo, a los que sé que desde algún lugar especial están escuchando esto: la Julia y mis padres.
Y ahora sí, PERIALEÑOS, que para eso hemos venido y me habéis aguantado,
¡¡¡ QUE VIVA PERIANA !!!
¡¡¡ VIVA SAN ISIDRO !!!
Periana, 14 de mayo de 2026
Paco Guerrero García
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