Mi madre, María Luque Moreno, tiene 72 años y es una de esas personas que dejan huella allá por donde pasan. Si tuviera que definirla con unas pocas palabras diría que es amor, generosidad, sensibilidad y entrega. Es una mujer cariñosa, trabajadora y siempre pendiente de los demás. Ha construido su vida desde la sencillez, el esfuerzo y un inmenso amor hacia su familia.
Quienes la conocen la describen como una persona entrañable, amable y generosa, pero para mí es mucho más que eso. Mi madre tiene un don especial para cuidar a los demás. Siempre ha sido capaz de anteponer las necesidades de quienes la rodean a las suyas propias, ofreciendo ayuda, cariño y consuelo sin esperar nada a cambio. Es, sin duda, una de las personas más generosas que he conocido.
Nació y creció en Moya, en una época en la que las dificultades económicas formaban parte de la vida cotidiana de muchas familias. Su padre trabajaba en el campo construyendo paredes de piedra seca y su madre se dedicaba al hogar, aunque también aprovechaba cualquier jornal que surgía limpiando casas, encalando o recogiendo aceitunas para ayudar a sacar adelante a la familia.
Mi madre es la segunda de cuatro hermanos y desde muy pequeña conoció el valor del trabajo y del sacrificio. Perdió a su hermana gemela, Josefa, cuando apenas tenían dos meses de vida, una ausencia que formó parte de la historia familiar desde siempre.
Su infancia fue muy diferente a la que hoy conocemos. Asistió poco a la escuela porque tenía que ayudar en casa y comenzó a trabajar con tan solo ocho años. Entre los recuerdos que conserva de aquella época están los baños en un barreño de lata y los largos caminos hasta el río para lavar la ropa al atardecer, después de una jornada de trabajo y de cumplir con las tareas domésticas.
A los doce años se trasladó a Málaga para trabajar en una casa cuidando a cinco niños pequeños. A una edad en la que otros aún jugaban, ella ya demostraba una capacidad extraordinaria para cuidar de los demás. Creo que fue entonces cuando comenzó a manifestarse una vocación que la ha acompañado durante toda su vida.
Si hubiera tenido la oportunidad de elegir una profesión o continuar sus estudios, estoy convencida de que habría sido una magnífica enfermera. Posee una sensibilidad especial para atender a las personas, para escuchar, acompañar y aliviar el sufrimiento ajeno. A lo largo de su vida ha cuidado de numerosos mayores, tanto dentro como fuera de la familia, siempre con una paciencia infinita, una enorme humanidad y una entrega admirable. Tiene un talento natural para hacer sentir bien a quienes están a su lado.
A los veinte años contrajo matrimonio con mi padre, Isidro Frías Luque, y juntos formaron una familia junto a mis hermanos y a mí. Cuando sus hijos crecimos y tuvimos algo más de independencia, siguió trabajando en todo aquello que podía. Pasó por cocinas de restaurantes y dedicó muchos años a la limpieza y pintura de viviendas, ganándose siempre el cariño y el respeto de quienes la contrataban gracias a su responsabilidad, honestidad y buen hacer.
Hoy vive junto a mi padre en una pequeña casa de campo en la Junta de los Ríos. Allí disfruta de una vida sencilla y tranquila, rodeada de naturaleza y de las cosas que le hacen feliz. Cuida su hogar con esmero, le encantan los animales, preparar conservas y recibir visitas. Su casa siempre tiene las puertas abiertas para familiares y amigos. Es imposible llegar y marcharse sin compartir un café, un dulce, un helado o una conversación. Porque mi madre tiene la extraordinaria capacidad de convertir cualquier lugar en un hogar.
En los últimos años ha descubierto una nueva ilusión: asistir a la escuela de adultos. Allí comparte experiencias y actividades con mujeres de su edad, aprende cosas nuevas, ejercita su memoria y demuestra que nunca es tarde para seguir creciendo. La veo feliz, ilusionada y con ganas de continuar aprendiendo cada día un poco más.
Mi madre pertenece a esa generación de mujeres que trabajaron duro, que sacrificaron mucho por sus familias y que rara vez pidieron algo para ellas mismas. Mujeres fuertes y valientes que construyeron el bienestar de los suyos desde el esfuerzo silencioso y el amor incondicional.
Para mí, María Luque Moreno no es solo mi madre. Es mi ejemplo de vida. Una mujer buena, noble, luchadora y extraordinariamente generosa. Una persona que ha dedicado su vida a cuidar de los demás y que nos ha enseñado, con su ejemplo diario, que la mayor riqueza que existe es tener un corazón capaz de amar sin medida.
Trabajo realizado por los alumnos del proyecto TU SÍ QUE VALES del I.E.S. Alta Axarquía. Lucía Elena Benítez Gallardo, Andrea Cuenca Larrubia, Edurne Héctor Castillo y Pablo Peña Martín, (1º de Bachillerato A)

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