lunes, 24 de agosto de 2026

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BAILES DE ABRAHAM ORTÍZ




















La historia de Monsalud y José: una vida construida con amor

Hay historias de amor que comienzan con grandes promesas y otras que nacen de algo mucho más sencillo: una mirada, un paseo, una feria y dos corazones que, sin saberlo, estaban a punto de encontrarse para compartir toda una vida.

Esta es la historia de Monsalud Solórzano Rodríguez, nacida en Periana el 24 de marzo de 1954, una niña de familia humilde y trabajadora, obediente, aplicada y acostumbrada desde muy pequeña a ayudar en casa. Aprendió pronto las labores del hogar y acompañaba a su madre en todo aquello que hacía falta. Su infancia, aunque sencilla, fue feliz. No le faltó lo verdaderamente importante: una familia, cariño y un hogar donde crecer.

Y entonces llegó aquel día de feria.

Con apenas 18 años, durante uno de esos largos paseos que parecían no tener otro propósito que disfrutar del día, apareció José Parra Benítez, nacido el 3 de junio de 1949. Quizá ninguno de los dos imaginaba que aquel encuentro iba a cambiar para siempre sus vidas. Se enamoraron profundamente y comenzaron un noviazgo que no siempre fue fácil. Las dificultades para verse, las distancias y las circunstancias de aquellos años hicieron que cada encuentro fuera todavía más especial.

Por aquel entonces, además, las cosas no eran como hoy. La mayoría de edad se alcanzaba a los 21 años y las decisiones de una pareja joven estaban rodeadas de permisos, esperas y muchas dificultades. Pero cuando dos personas tienen claro que quieren caminar juntas, a veces el corazón encuentra caminos que la vida intenta cerrar.

Y así fue como Monsalud y José decidieron escaparse juntos el 29 de octubre de 1972, después de un tiempo de noviazgo, para comenzar una nueva vida.

Fue el principio de una aventura compartida.

Por el camino no faltaron rumores ni comentarios. Las malas lenguas llegaron incluso a decir que aquella huida se debía a un embarazo. Pero el tiempo puso cada cosa en su sitio: Antonia, su primera hija, no llegaría hasta 1974. Después vendrían Eva, Raquel y Cecilia, cuatro hijas que acabarían convirtiéndose en el centro de sus vidas.

José fue siempre un hombre trabajador. Durante muchos años fue el principal sustento de la familia y hubo temporadas en las que tuvo que marcharse lejos para encontrar trabajo. No siempre podía volver cuando quería, y en aquellos tiempos ni siquiera disponer de un vehículo hacía fáciles las distancias. Pero regresaba cada vez que podía, porque sabía que al otro lado del camino estaba su casa, su mujer y sus cuatro hijas.

Monsalud, mientras tanto, hacía de aquel hogar mucho más que una casa.

Lo convertía en refugio.

En su hogar siempre había sitio para alguien más. Las puertas parecían estar hechas para permanecer abiertas y por allí entraban y salían familiares, amigos y, especialmente, las amigas de sus hijas. Siempre había movimiento, conversaciones, risas y personas alrededor de la mesa. Y a Monsalud le encantaba.

Disfrutaba cocinando para los demás, cuidando de todos y haciendo que quien cruzara aquella puerta se sintiera como en su propia casa. Era de esas personas capaces de hacer hogar con algo tan sencillo como un plato preparado con cariño, una conversación o una mano tendida.

Sus cuatro hijas crecieron rodeadas de ese amor.

Y Monsalud no quiso limitarse a ser solamente madre. Quiso estar presente en cada etapa de sus vidas. Fue compañera, confidente y amiga. Estuvo en sus fiestas, cumpleaños, viajes, estudios, preocupaciones y alegrías. Se implicó en sus vidas y les dio, junto a José, todo aquello que estuvo en sus manos.

Porque quizá ese sea uno de los mayores regalos que puede hacer una madre: estar.

Estar cuando todo va bien y, sobre todo, cuando las cosas se complican.

A lo largo de los años llegaron momentos buenos y momentos no tan buenos, como ocurre en cualquier vida. También hubo pérdidas familiares, ausencias y golpes que dejaron huella. Pero Monsalud y José permanecieron unidos. Aprendieron a caminar juntos también en los días difíciles, apoyándose el uno en el otro y construyendo una familia que se convirtió en su mayor orgullo.

Y después de tantos años, si la vida les hubiera dado la oportunidad de volver atrás y elegir de nuevo, Monsalud volvería a elegir a José.

Lo elegiría como marido.

Lo elegiría como compañero.

Y lo elegiría, una vez más, como el padre de mis cuatro hijas.

Porque después de más de cinco décadas compartiendo vida, hay amores que ya no necesitan grandes palabras. Se reconocen en una mirada, en una costumbre, en la manera de cuidarse, en todos esos pequeños gestos que solo entienden quienes han recorrido juntos tantos caminos.

Hoy, sus hijas pueden mirar atrás y descubrir que recibieron mucho más que una crianza: recibieron un ejemplo.

El ejemplo de dos personas que empezaron con muy poco, pero que supieron construir mucho. Una familia, un hogar, cuatro hijas y una vida llena de recuerdos.

Y quizá por eso estas palabras del reconocimiento a sus abuelos cobran un significado todavía mayor:

“No hagáis nunca lo que no quieres que te hagan; para que te respeten tienes que respetar tú primero.”

Porque Monsalud y José no solo han transmitido una familia. Han transmitido valores: respeto, humildad, esfuerzo, cariño y unión.

Han enseñado que las cosas importantes no siempre son las más grandes. Que una familia se construye día a día. Que estar al lado de los tuyos es una de las formas más bonitas de querer. Y que, incluso cuando la vida pone obstáculos, siempre merece la pena seguir caminando juntos.

Hoy sus hijas, sus nietos y todos aquellos que han tenido la suerte de compartir parte de su camino pueden decirles algo que quizá resume toda una vida:

Gracias.

Gracias por aquel hogar siempre abierto.

Gracias por las comidas compartidas, por las risas, por los viajes, por las celebraciones y por tantos momentos que con los años se han convertido en recuerdos imborrables.

Gracias por enseñar que querer también es cuidar, trabajar, sacrificarse, perdonar y permanecer.

Gracias por demostrar que una historia que comenzó una tarde de feria, con dos jóvenes que decidieron desafiar las dificultades para estar juntos, puede convertirse en una vida entera compartida.

Y gracias, sobre todo, por haber construido una familia en la que el amor no solo se dice: se demuestra.

Monsalud y José comenzaron su historia siendo dos jóvenes con sueños y muchas dificultades por delante. Hoy, tantos años después, pueden mirar a su alrededor y contemplar el fruto de aquella decisión.

Cuatro hijas. Una familia. Una vida entera de recuerdos.

Y un amor que, después de tantos años, sigue teniendo el mismo lugar donde empezó:

juntos.

Porque hay personas que pasan por nuestra vida.

Y hay personas que se convierten en nuestra vida.

Monsalud y José son, sin duda, de esas personas.

Abuelo, abuela, no dudéis nunca de que juntos podéis con todo. Sois unos luchadores y toda vuestra familia está profundamente orgullosa de vosotros.

Enhorabuena por este reconocimiento tan merecido y, sobre todo, gracias por una vida entera de amor.

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