28/01/2026
Esta tarde he tenido la oportunidad de presentar a un gran profesional, un amigo entrañable y un grandísimo escritor de nuestra tierra.
José Manuel Zorrilla Barroso nació en Periana, y aunque la vida y la profesión lo llevaron lejos de aquí, nunca ha dejado de mirar atrás con la lucidez y la honestidad de quien sabe de dónde viene. Periodista de larga y reconocida trayectoria, doctor en Ciencias de la Información, escritor y ensayista, José Manuel Zorrilla pertenece a esa generación que vivió y contó —con rigor y con compromiso— uno de los periodos más decisivos de nuestra historia reciente.
Durante más de cuatro décadas ha ejercido el periodismo en prensa escrita, radio y comunicación institucional, siempre con una profunda reflexión sobre el lenguaje, la información y la responsabilidad de quien comunica. Fruto de esa reflexión nacen también sus libros, que abarcan desde el ensayo académico hasta la narrativa, siempre con la palabra como herramienta de análisis, memoria y conciencia.
Hoy nos presenta su última novela, Dejaron sus huellas, una obra que no solo recrea una época, sino que indaga en las marcas que el tiempo, la política, la amistad y las decisiones personales dejan en quienes las viven. Es una novela que habla de juventud, de ideales, de aprendizaje y de memoria; una historia que, sin nostalgia gratuita, nos invita a comprender mejor quiénes fuimos para entender quiénes somos.
Que esta presentación tenga lugar en Periana no es casual. Es, en cierto modo, un acto de regreso, de diálogo entre el autor y sus raíces, entre la experiencia acumulada y el lugar donde todo comenzó. Para nuestro municipio es un orgullo acoger hoy a un escritor que ha sabido unir periodismo, literatura e historia con una mirada crítica y profundamente humana.
Les invito a escuchar a José Manuel Zorrilla Barroso, a dejarse llevar por sus palabras y, sobre todo, a leer Dejaron sus huellas con la atención que merece una obra escrita desde la memoria, la reflexión y el compromiso con la verdad de lo vivido.
Muchas gracias, José Manuel, por volver a Periana y por compartir con nosotros tu trabajo.
COLOQUIO SOBRE LA TRANSICIÓN
El miércoles 28 de enero, en el salón de plenos del ayuntamiento de Periana, tuvo lugar un coloquio cultural sobre la Transición donde intervinieron nuestro paisano, el escritor y periodista, José Manuel Zorrilla Barroso con su nueva obra, el psiquíatra y escritor, Favio Rivas, la concejala de Cultura, Gema Frías, y parte del público asistente.
Con la novela “Dejaron sus huellas” como fondo, se habló del cambio de régimen que llevó a nuestro país de la dictadura a la democracia al final de los años setenta. Un tiempo muy revuelto donde las bandas terroristas asesinaban casi a diario y los militares acariciaban las tentaciones golpistas. Sin embargo, triunfó la democracia que hizo posible la reconciliación, la amnistía y el regreso de los exiliados, y abrió un periodo de paz y prosperidad cuyas huellas llegan hasta nuestros días.
Cuando asisto a la presentación de algún libro, suelo pedirle al autor que me dé alguna razón por la que merezca la pena emplear mi tiempo para leerlo.
En este caso, una de las razones es que esta novela revela algo que el lector no va a encontrar en los libros de historia, con todos mis respetos a los historiadores. Porque ha nacido de la experiencia personal y ha sido recreada por la imaginación de la narrativa. Trato de mostrar las intimidades, aspiraciones y deseos de los que nacimos en un régimen fascista y nos sumamos al clamor popular en favor de la democracia. Con el agravante de que estábamos condicionados por la pesada herencia de la guerra de nuestros abuelos, nos habían educado bajo el ideario franquista y el terrorismo sembraba de muertos las calles de nuestro país.
He venido hoy aquí a hablar por primera vez mi novela porque Periana es mi pueblo. Aquí nací y viví mi niñez y mi juventud. De la memoria de esos años he extraído recuerdos que me llenan de nostalgia y me han servido para ilustrar algunos pasajes de esta obra. Por eso, veréis que aparecen lugares como la plaza de la Fuente, la Peña del Sombrero, el arroyo Cantarranas, el Carrascal, el Alambique y el terremoto de 1884. Y personajes tan reales como el cabrero Antonio Ponce, Rafael Pallares el Chao, Carmen la Veinticuatro, el carpintero Paco Camacho, el sacristán Juan Salazar, el inspector Arrebola, el profesor Ignacio Moreno, el alcalde Rafel Elnene, los curas don Justo y don Juan, Antonio Perfeto, el tabernero Rafael Concepción, el veterinario don Carmelo, el apellido Ruiz de Mansilla y algunos apodos muy conocidos. No sé si me he olvidado de alguien. A los demás actores no les busquéis parecido porque son inventados. El don Francisco García de mi novela, aunque se llame igual, no tiene nada que ver con el que fue mi querido maestro, don Francisco García, Paquito la Rafaela, para más señas.
Hablamos de la Transición como de un acontecimiento trascendental que provocó cambios fundamentales en la estructura del Estado. Eso es cierto, pero es que hubo otras transiciones que transformaron nuestras conciencias y abrieron el camino para que las siguientes generaciones pudieran vivir en democracia. Esas transiciones de carácter sociológico y psicológico que protagonizaron los ciudadanos fueron las que realmente sentaron las bases de la modernidad. De ellas nació el ingente legado de libertad, paz y prosperidad que llega hasta nuestros días.
Hubo una serie de transiciones personales, familiares, económicas, religiosas e incluso sexuales que, entre otras cosas, acabaron con el patriarcado y abrieron el camino a la liberación de la mujer. La autarquía dio paso a la economía de mercado. Se consagró el Estado aconfesional, desapareció la intolerante moral del nacionalcatolicismo y aparecieron los curas sin sotana, y el destape en el cine, en las revistas y en las playas.
La juventud aletargada de aquellos años se despertó con la Movida y surgió la prensa libre de censura con nuevos periódicos como “El País” y “Diario-16”, y multitud de revistas como “Cuadernos para el diálogo”, “Tiempo” o “Interviú”.
La policía represora de los “grises” se cambió por agentes de la seguridad ciudadana que se vistieron de marrón y los llamábamos “maderos”. Los militares se recluyeron en los cuarteles y desapareció la tentación golpista.
Y así podríamos indagar en muchos más aspectos de la vida que se vieron superados por aquel cambio de régimen que nos volvió a situar en Europa, en el selecto club de las democracias y nos liberó del complejo de inferioridad frente a otros países de nuestro entorno. Podemos decir con orgullo que rompimos las cadenas y conquistamos la libertad gracias a un consenso general al que se sumaron ciudadanos de toda condición y distinta mentalidad.
Valga como ejemplo esta anécdota real. El 20 de noviembre de 1975, para celebrar la muerte de Franco, un grupo de estudiantes entramos en un mesón madrileño que estaba regentado por un miembro de los temidos antidisturbios y su hermano. Aquella especie de armario humano se nos acercó para preguntar el motivo de la celebración y cuando se lo dijimos, temerosos de recibir una reprimenda o algo peor, abrió el frigorífico, sacó una botella de cava, la descorchó, nos la regaló y brindó con nosotros.
Casi de la noche a la mañana, la gente aclamó al nuevo régimen, mostrando un entusiasmo general por la reconciliación, la amnistía y el regreso de los exiliados. Por fin, el abrazo de las dos Españas se hizo realidad. Rompimos las cadenas, conquistamos la libertad y despejamos el camino para que las siguientes generaciones pudieran seguir nuestras huellas y disfrutar de aquellos logros.
Yo tenía 22 años cuando murió el dictador. Estaba en el último curso de la carrera y el azar de la vida me colocó en un excelente observatorio de los acontecimientos que marcaron aquella época tan determinante.
En lo personal, he de decir, sin falsa modestia, que me siento testigo privilegiado de ese momento. Primero como estudiante y luego como periodista. Soy nieto de la guerra civil, hijo de la dictadura y notario de la Transición. Para escribir esta obra, he hilvanado hechos reales con personajes inventados para crear un relato de ficción, inspirándome la narrativa galdosiana.
Igual que otro de tantos estudiantes universitarios, corrí delante de los “grises” por la avenida Complutense. Participé en asambleas, manifestaciones y huelgas universitarias. Asistí a audaces conciertos y obras teatrales semiclandestinas, tomé cañas y vino de porrón en las tabernas de Argüelles, escuché música donde empezó la Movida y visité barrios marginales de chabolas por los que corría la droga y la miseria. Viví en un piso de estudiantes donde aprendí a cocinar y a lavarme la ropa. Y compartí con mis compañeros conversaciones, debates, aventuras, amores y todo lo que suponía vivir en un Madrid efervescente sin ningún tipo de control familiar. A veces, hasta sacaba algo de tiempo para estudiar.
Después, como periodista, me empeñé en contarle a mis lectores lo que estaba pasando con la mayor imparcialidad posible. He de recordar que estamos hablando de la época de mayor libertad de prensa de la historia de España, donde el periodista gozaba de la confianza de su empresa y escribía con responsabilidad siguiendo a rajatabla el código deontológico no escrito de la profesión. En aquella época, el bulo y la mentira eran impensables en cualquier medio informativo. No se trata de una visión idílica del pasado sino de un contexto real en el que las leyes franquistas dejaron de aplicarse y las nuevas normas democráticas aún no se habían elaborado. En esa tierra de nadie floreció el mejor periodismo y doy fe de ello. No tenéis más que visitar las hemerotecas.
Asistí a sesiones del Congreso y el Senado donde sus señorías, elegidas en las urnas, debatían el proyecto de texto constitucional y las primeras leyes democráticas. Recorrí los colegios electorales de las primeras votaciones libres. Fui testigo presencial de cómo depositaban su voto por primera vez los principales líderes. Asistí a sus ruedas de prensa, los entrevisté y escribí sobre el vertiginoso desarrollo de la vida política de esos años.
Todo aquello ocurría en una situación insoportable donde las bandas terroristas ETA, FRAP y GRAPO sembraban de muertos las calles de nuestro país y en los cuarteles se agitaban las tentaciones golpistas.
A pesar de todo, la amnistía, el regreso de los exiliados y la vuelta del Guernica de Picasso, como símbolo, abrieron las puertas a la reconciliación y, por fin, el abrazo de las dos Españas se hizo realidad.
La trama de esta obra se representa en el escenario de la Transición, pero abarca mucho más porque recupera los orígenes y los recuerdos de los personajes para entender el marco en que se mueven, el peso de su pasado, la envenenada herencia que reciben y los motivos que les empujan a actuar como lo hicieron en un momento tan determinante. Dejaron sus huellas en un camino sembrado de espinas y contribuyeron a alumbrar la democracia, a la vez que se enriquecían personalmente. Sus huellas han trazado una senda de libertad que llega hasta nuestros días.
Espero y deseo que los jóvenes actuales sigan el mismo camino porque veo con preocupación que algunos han torcido el rumbo. Me gustaría que cuando estos jóvenes desnortados tengan descendencia, sus hijos no se vean obligados a echarles en cara su irresponsabilidad porque estoy seguro de que tendrán que verse obligados a volver a luchar por lo que ya habíamos conquistado sus abuelos con sangre, sudor y lágrimas, y ellos se lo están dejando arrebatar.
Mi más sincero agradecimiento al ayuntamiento, a Meritxel, a Gema, que han tenido la cordialidad de acoger este acto; a Fabio por sus amables y reflexivas palabras y a todos vosotros por haber venido a compartirlo en una tarde tan desapacible.
Nosotros habíamos heredado de nuestros abuelos la tragedia de una guerra civil con un montón de muertos, una carga de rencor y odio y el desprecio del resto del mundo. Vivimos rodeados de los asesinatos de las bandas terroristas ETA, FRAP y GRAPO y con el temor un golpe de estado militar. Supimos reconciliarnos, levantar el país y vivir en paz durante cuarenta y siete años y ganarnos el respeto internacional.
Ellos, nuestros jóvenes, han heredado de nosotros, sus abuelos, una democracia consolidada y un país en progreso, paz y libertad. Y muchos de ellos, espero que una minoría, parece que añoran los tiempos del brazo en alto, la represión, la ausencia de derechos y libertades y la liquidación de la democracia y las libertades.
Espero que se arrepientan pronto porque si no sus hijos se lo censurarán porque se verán obligados a volver a luchar por lo que habíamos conquistado sus abuelos y se lo están dejado arrebatar con mentiras y patrañas.
Pero no todo era negativo, en aquella época éramos más jóvenes y contra Franco vivíamos mejor porque era el enemigo común.
Por un lado, esta obra que estamos presentando camina por la reciente historia de España para mostrar unos acontecimientos que fueron determinantes para el cambio. Por otro, crea unos personajes imaginarios que se instalan en el corazón esos hechos y revela el impacto en sus vidas, condicionadas por una educación de ideario franquista y por la pesada herencia de la guerra civil. Todo ello está envuelto en la magia de la narración, de la palabra escrita y de la imaginación.
Aunque la punta de lanza del cambio fueron los movimientos estudiantiles y la lucha obrera, se trataba de una aspiración coral a la que se sumó la inmensa mayoría de los ciudadanos ansiosos por vivir en democracia.
Técnicamente, desde el punto de vista jurídico y según expertos juristas, la Transición empezó el 5 de enero de 1977, cuando BOE publicó y entró el vigor la Ley de Reforma Política que anuló las Leyes Fundamentales. ¿Qué mejor regalo de los Reyes Magos? Y, para que no coincidiera con el día de los Inocentes, acabó el 29 de diciembre de 1978, cuando se publicó el texto de la Constitución. Toda una intensísima época de solo dos años menos siete días, cuyas huellas llegan hasta hoy, después de 47 años de vigencia.
La Transición es, sin lugar a dudas, la época de mayor libertad de la historia de España, a pesar de la espada de Damocles del terrorismo y el golpismo militar que amenazaban el cambio. Con ella se empezó el período de prosperidad, paz y convivencia más fecundo de nuestro país.
En esta novela, por un lado, subyace un deseo didáctico. Como periodista, ofrezco información sobre unos hechos reales que a veces tergiversan los que no los vivieron, por eso he tratado de ser muy riguroso con la historia. Por otro lado, he desplegado toda mi imaginación parta crear unos personajes ficticios que le dan vida, emoción y sentido a la obra.
De todas formas, a pesar de la intención del escritor, cuando una novela sale de la imprenta, abandona a su progenitor y adquiere vida propia en cada lector. Cada cual la interpreta, la vive a su manera y extrae las más variopintas interpretaciones. Esto mismo lo dicen otros escritores de renombre y no es un tópico. De algunos amigos, que ya la han leído, he recibido comentarios, conclusiones y enseñanza que nunca estuvieron en mi mente cuando la estaba escribiendo. Porque la narrativa tiene la curiosa virtud de ser polisémica en sí misma. Esa es su magia y para mí resulta enormemente instructiva y gratificante.
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