Periana pone el broche final a su Semana Cultural 2025 con la entrega del XXVI Concurso Literario “Villa de Periana”
En la mañana de hoy, la Biblioteca Municipal de Periana ha acogido el acto de clausura de la Semana Cultural 2025 con la entrega del premio correspondiente a la XXVI edición del Concurso Literario “Villa de Periana”. El jurado, compuesto por Doña Belén López Danés —ganadora de la edición anterior—, Doña Rosa María Rodríguez Muñoz y Doña Inmaculada Díaz, ha fallado por unanimidad que el relato ganador sea “Un león en el ático”, obra de D. Luis Manuel García Méndez.
Según expresó el jurado, el relato destaca por “reflejar de manera magistral la realidad en la que vivimos, presentando una historia donde el autor evita juzgar a sus protagonistas, dejando en manos del lector la interpretación final”.
El ganador fue recibido por la alcaldesa de Periana, Meritxell Vizuete, la concejala de Cultura, Gema Frías, así como por miembros del Club de Lectura ‘Entrehojas’. Durante el encuentro, el autor mantuvo una charla cercana y enriquecedora con el público asistente, en la que subrayó la importancia de este tipo de iniciativas culturales, que —según señaló— “sitúan a Periana en un destacado nivel cultural y fomentan la creación literaria”.
El acto ha puesto fin a una intensa y diversa Semana Cultural, reafirmando el compromiso del municipio con la promoción de la cultura, la literatura y el talento creativo.
Un león en el ático
Seudónimo: Cemí
“Deja la ira y desecha el enojo; no te irrites,
pues ello solo conduce a hacer lo malo”.
Salmo 37
Ignorante de su destino, está a punto de alcanzar la estación Antón Martín, ascender las escaleras, desembocar a la noche cerrada (hoy llegaré tarde, amor, es el informe final de la auditoría a Gamesa-Siemens), caminar las tres calles que la separan de la entrada de su edificio, y ascender las cinco plantas hasta su ático duplex con unas vistas del antiguo Madrid que parecen arrancadas de un calendario turístico.
Aunque ella lo ignore, el espacioso ático es a esta hora una jaula que su marido recorre en todas direcciones como si intentara quebrar los muros y evadirse del que ha sido su confortable espacio durante los últimos doce años. En realidad, lo que necesitaría es salir de sí mismo, atravesar su propia piel y liberarse del dolor convertido en angustia, y de la angustia convertida en furia. Mientras se dirige a su casa, por la memoria de ella pasan fugazmente los abogados laboralistas asesinados en el 55 de la calle Atocha el 24 de enero de 1977, y el motín de Esquilache el 23 de marzo de 1766. Pero ella no cree en los malos augurios.
Ella ha alcanzado el envidiable status de alta ejecutiva en una de las Big Four, la mayor consultoría del planeta cuyo nombre omite por pudor cuando charla con desconocidos, para evitar los riesgos de la arrogancia. Contra eso la previnieron sus padres al otorgarle una educación impecable. Como también le inculcaron las sagradas virtudes del trabajo duro y la perseverancia.
Quizá por esa razón sería incapaz de evaluar en su justo nivel de peligrosidad los paseos de su marido por el ático a zancadas de tigre enjaulado. Por eso, o porque él es un hombre amable y servicial, profesor de Química en la Universidad Carlos III, que adora a sus alumnos casi tanto como a su hijo adolescente. Un hombre elegante y discreto, tan confortable como la vieja butaca amaestrada por el culo de su padre durante treinta años.
Cuando ella desemboca en su calle, tropieza con una bandada de jovencitas sobre tacones tan altos como cortas son sus faldas, y pintadas para la guerra. La noche del viernes no termina hasta bien entrado el sábado o, con suerte, resbala hacia el domingo, le decían sus compañeras de la Universidad. Pero ella nunca experimentó esas noches en vela como no fuera para garantizar la mejor nota en un examen. Mientras los chicos perseguían a sus amigas hasta que ellas los alcanzaban, ella estudiaba inglés, gramática francesa y alemán hasta alcanzar un acento casi casi nativo. Incluso en la era de Google Translator y DeepL, o las aplicaciones de traducción instantánea para el móvil, manejarse con soltura en cuatro idiomas le ha reportado ventajas competitivas que sus amigas inmolaron en su día a la verbena de las hormonas.
En la residencia estudiantil, los domingos por la noche, alrededor de una botella de vino, ella escuchaba en silencio los relatos de sus aventuras y le venía a la memoria la costumbre de las mujeres huicholes de México cuando sus hombres partían a la recolección de cactus alucinógenos. Al cuarto día de su partida, las mujeres se reunían para confesar al abuelo fuego los nombres de los varones con quienes habían yacido desde la adolescencia. No podían omitir a ninguno porque en ese caso la recolección sería un fracaso. Como quien marca en el Far West la culata de su Colt, cada mujer hacía en una cuerda tantos nudos como amantes (en su residencia estudiantil había cuerdas que darían para amarrar un crucero al muelle). Luego, las mujeres huicholes pronunciaban en voz alta el nombre del amante correspondiente a cada nudo y arrojaban al fuego la cuerda pecadora. Ahorro neto de cura y de confesionario. Como el padre Santiesteban, quien la esperaba cada domingo para registrar sus secretos en el archivo de Dios, y ella pasaba en silencio el trance a instancia de sus padres. Aunque usted no lo crea, señor cura, no tengo nada que confesar, como no sea un pecado de soberbia cuando perdí un punto en el examen de Estadística. Algo es algo, hija, algo es algo. ¿Ni con el pensamiento? No, padre, para pecar no tengo tiempo ni con el pensamiento.
Su marido, en cambio, pasó más noches en vela estudiando anatomía que química analítica; se bebió indiscriminadamente todo tipo de compuestos orgánicos que tuvieran un grupo hidroxilo en sustitución de un átomo de hidrógeno: concentrados en el whisky y la ginebra, diluidos en la cerveza y el calimocho. Se graduó, como suele decir, en la parte media de la tabla. No iba camino del descenso, pero tampoco jugaría la Champions. Amansadas sus hormonas, lo deslumbró el master de Nanoquímica, una revelación que no había sentido en toda la carrera, y su doctorado cum laude en nanopartículas de cobalto. Se considera muy afortunado por haber descubierto su vocación y por haberla descubierto a ella, la mujer de su vida, aunque no siempre sea capaz de transmitirlo con la misma emoción que a sus alumnos la magia de las nanopartículas y los infinitos futuros que nos deparan los nuevos materiales.
Ignorante de su destino, ella taconea en dirección al portal de su edificio con el paso firme de quien terminó en tiempo récord un doble grado, un master de Gestión de Riesgos, otro de Ingeniería Financiera y un doctorado en Relaciones Mercantiles Internacionales antes de cumplir los veintinueve. Dos años después de su boda fue admitida, entre cincuenta aspirantes, por la mayor consultoría del planeta. En diez años ha ido escalando planta por planta la Torre de Cristal siempre hacia mejores vistas panorámicas. Como cualquier alpinista de élite, ha centrado su atención en la mejor ruta hacia la cima, sin miedo a los aludes, sin mirar abajo para evitar el vértigo, con talento y una perseverancia admirables y soportando en los peores momentos la escasez de oxígeno, el enrarecimiento de la atmósfera cerca de la cumbre. Hasta hace tres meses.
Mientras ella espera el ascensor que la conducirá hasta su ático duplex con las mejores vistas del viejo Madrid, su marido se detiene frente al paisaje sin verlo, absorto en repasar una y otra vez las fotos en la tablet que acaba de encontrar en el tercer cajón del armario, arropada por varias capas de pañuelos con olor a ella. Se siente como esos infelices martirizados en una película de mafiosos cuando el torturador introduce el dedo en la herida para que el otro confiese. Pero él no tiene nada que confesar.
Ignorante de su destino (a regañadientes porque tengo muchísimo trabajo y esto me hará perder tiempo, de ninguna manera, quitan más de lo que aportan), ella aceptó tres meses atrás tomar bajo su tutela a un becario recién graduado. Ismael Zamorano entró por recomendación de un gran cliente, mide un metro ochenta y dos centímetros coronados por una cabellera negra y encrespada como un mar de tormenta; no tiene ni idea de auditorías; sabe más de polo acuático que de finanzas; su ignorancia de algunos conceptos básicos le hace dudar si realmente se sacó el título de Empresariales, o si lo ganó en una tómbola; el primer viernes que vino con ropa informal, traía una camiseta ceñida bajo la americana que permitía contar uno por uno los abdominales, un dibujo anatómico de DaVinci en la Galería de los Uffizi; sus ojos se abren de asombro cuando ella le revela procedimientos de análisis empresarial propios del tercer curso, pero ella continúa sin un reproche porque Ismael Zamorano aprende a toda velocidad, correlaciona, saca conclusiones, y podría ser un activo valioso para la empresa, y también porque esos ojos color miel son tan hipnóticos como los de Bambi cuando se encuentra con el conejo.
En el ascensor hacia su ático dúplex ella recuerda cuando conoció a su marido: los encuentros, las conversaciones, las coincidencias, y el modo en que se fueron deslizando suavemente hacia una intimidad más íntima. Sin sobresaltos. Sin emociones encontradas. Sin taquicardias. Y cómo desde entonces el matrimonio ha sido un refugio cálido y seguro contra las inclemencias de la intemperie. Aunque para él no ocurriera de la misma manera. Ya había pasado por demasiadas relaciones efímeras, temporales, traumáticas, compartidas, insulsas, malsanas, para descubrir a la primera que esto era diferente, que había encontrado a la mujer de su vida. Pero no podía abrumarla con una riada de emociones. Temía asustarla. Y aunque querría salir por ahí gritando que era el hombre más feliz de la Tierra, se contuvo. Quizá si le hubiera revelado todo lo que sentía, lo que siento, piensa mientras mete de nuevo el dedo en la llaga ojeando las fotos en la tablet, pero no, eso no tiene nada que ver con esto.
Ignorante de su destino, ella está a punto de teclear su código personal en la cerradura electrónica de la entrada. Los últimos meses han sido un oleaje de sentimientos encontrados. El descubrimiento. La fascinación. La fiesta del cuerpo. El miedo. La clandestinidad. Las precauciones no siempre bajo estricto control, como descubrió su secretaria. La simulación. El desenfreno. Los escondites. La rara sensación de que si se le hubiera revelado esto veinte años atrás quizás su vida habría sido diferente. Descubrir que Ana Karenina y Madame Bovary no son meras ficciones de unos señores muy imaginativos. La culpa sin culpa. Una especie de remordimiento gozoso que no sabe hacia dónde la conduce. No es adulterio. Es amor. Fuegos artificiales. Ansiedad. Desconcierto. Revelaciones que otros descubren entre los quince y los veinticinco años. Pero ella estaba demasiado ocupada. Por eso no ha tomado las precauciones de las mujeres serbias y búlgaras que birlaban las monedas de cobre colocadas sobre los párpados de los cadáveres, las sumergían en vino y se lo daban a beber a los hombres, quienes quedaban desde entonces ciegos como cadáveres frente a los pecados de sus mujeres. Ella se arrepiente y no se arrepiente en días alternos. Tengo que detener esta locura que me puede costar el puesto, el respeto, la paz, el matrimonio, sin que ninguna conjunción de los astros vaticine un final promisorio. Tengo que lanzarme al mar abierto, nadar aunque no sepa si encontraré una isla o me despeñaré por una catarata cósmica en el borde de la Mar Océana. Es imposible descubrir América desde el sofá, arrebujada bajo una manta de cachemir. Sabe que nada será igual, aunque ignora cuánto cambiará su vida desde el momento en que traspase esa puerta. Al teclear el código en la pantalla recuerda que si un cazador wagogo de África era atacado por un león durante la cacería, atribuía el suceso a la mala conducta de su mujer en la aldea y no a la mala conducta del león. Por suerte, a él nunca le ha gustado la caza, piensa, ignorante de que el león de la ira se ha abalanzado hacia él y tiene su mansedumbre entre las fauces, y que el cazador wagogo no penalizaba jamás al león sino a la culpable que lo había invocado. Cuando traspone la entrada, ignora que está cerrando mucho más que una puerta a sus espaldas.