domingo, 17 de mayo de 2026

Fiesta de la tercera edad, homenaje a nuestros mayores.

 




En el corazón de Periana, entre calles blancas, campos de olivos y el esfuerzo silencioso de toda una generación, nacieron José Oviedo Silva y Encarnación Moreno Moreno, dos personas sencillas cuya historia representa la de tantas familias que levantaron su vida a base de sacrificio, trabajo y amor incondicional.

José nació el 18 de octubre de 1948 y Encarnación el 29 de junio de 1949, ambos en una época difícil, marcada por las carencias de la posguerra y por una vida en la que nada se regalaba. Desde pequeños aprendieron el valor del trabajo, de ayudar en casa y de luchar cada día para salir adelante. Aquellos años en los pueblos de la Axarquía estaban llenos de humildad, pero también de vecindad, de puertas abiertas y de familias unidas que encontraban felicidad en las cosas más sencillas.

José creció siendo un hombre trabajador y valiente. Muy joven tuvo que marcharse a Bilbao para buscar oportunidades, como hicieron tantos hombres de su generación. Dejó atrás su tierra, su familia y sus raíces con la esperanza de construir un futuro mejor para los suyos. Pero además del trabajo, siempre llevó en el alma otra de sus grandes pasiones: el mundo del toro. Le gustaban los toros desde niño y llegó incluso a ser novillero, dejando entre quienes lo conocían el cariño y el recuerdo de aquel apodo que todavía hoy despierta sonrisas: “Pepe el Torero”.

La vida continuó poniéndole retos. A comienzos de los años ochenta emigró a Francia para trabajar cuidando una finca, y poco después llevó allí a toda la familia. Fueron años duros, de jornadas interminables y de nostalgia por su tierra, pero también años de unión familiar y de mucho esfuerzo. Durante nueve años trabajó sin descanso para que a sus hijos nunca les faltara lo necesario. En 1991 regresaron a España y José siguió entregando su vida al trabajo, entre las aceitunas y las labores en Zafarraya, siempre con la misma humildad y fortaleza.

Junto a él, Encarnación ha sido el gran pilar de la familia. Una mujer luchadora, generosa y constante, que dedicó su vida al campo, al cuidado del hogar y, sobre todo, a sus hijos: Antonio, Carlos, Guadalupe y Germán. Como tantas mujeres de su tiempo, sostuvo a la familia desde el silencio, pendiente siempre de todos antes que de ella misma. Su amor, su paciencia y su capacidad para afrontar las dificultades con entereza han dejado una huella imborrable en quienes la rodean.

José y Encarnación pertenecen a esa generación que conoció el sacrificio desde la infancia y que supo salir adelante con dignidad. Una generación que quizá no tuvo grandes comodidades, pero que transmitió a sus hijos valores que hoy siguen siendo un tesoro: el respeto, la honestidad, la cultura del esfuerzo y el amor profundo por la familia.

Su historia no es solo la historia de un matrimonio; es también la memoria viva de un pueblo y de una época. La historia de quienes trabajaron lejos de casa, de quienes levantaron a sus familias con las manos curtidas y el corazón lleno de esperanza. Personas sencillas que nunca buscaron reconocimiento, pero que merecen todos los homenajes porque son ejemplo de vida, entrega y humanidad.

Hoy, sus hijos y quienes los quieren miran hacia atrás con orgullo y emoción, agradeciendo todo lo que José y Encarnación han hecho por los suyos. Porque hay vidas que no necesitan grandes titulares para ser extraordinarias, y la de ellos, construida con amor, sacrificio y humildad, es una de ellas.


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